Si las primeras impresiones dejan huella, la de Adrià Altimira en el deportivismo será profunda. El lateral catalán se estrenó con la camiseta blanquiazul apenas unos días después de incorporarse a la plantilla para solucionar una carencia de la que su equipo ha adolecido tras la lesión de Ximo Navarro: tapar el lateral derecho. Con personalidad, osadía e intensidad, el exjugador del Villarreal demostró que llega para competir. Y, de paso, levantó a la grada en un par de ocasiones con acciones atrevidas, pero resueltas con calidad y claridad.
Antes de aterrizar en A Coruña, había disputado cuatro partidos este curso. No se le notó la falta de ritmo. Estiró al equipo en la salida de balón de Hidalgo, pegado a la línea de cal y con precisión para jugar por dentro, incluso al primer toque para imprimir velocidad a la sala de máquinas coruñesa. Aportó profundidad y generó peligro, sobre todo en las asociaciones con los otros dos jugones que cayeron a su costado: Luismi Cruz y David Mella. Además, dio muestras de una gran química con Mario Soriano, con quien se entendió limpiamente en el inicio de varias jugadas desde atrás. Alti hizo gala de un amplio despliegue técnico, con regates a sangre fría en campo propio y controles a un toque que hicieron entrar en calor a una grada helada por el termómetro. En defensa, complementó a Noubi y exhibió carácter para achicar los acercamientos del Cádiz. Temporizó, presionó y mordió, más exigido en la segunda mitad que en la primera, plácida.
No le temblaron las piernas, ni para subir ni para bajar, con la templanza propia de un veterano. Su carta de presentación ilusiona a un Riazor entregado que le despidió con una sonora ovación.










