Se acurrucó en la penumbra desvencijada del campanario, entre vigas carcomidas y polvo antiguo, como un animal que eligiera la altura para espantar a los depredadores. La Navidad ascendía desde el pueblo en forma de luces temblorosas, pero para él, el francotirador más laureado de su ejército, no suponía más que un eco remoto. Había sido cazador antes que soldado, y en algún punto del camino —quizá cuando el frío helador de la guerra congeló su juicio moral— dejó de distinguir un enemigo de un trofeo. Apretar el gatillo se había convertido en un mero ejercicio de precisión. Cada víctima era una raya más en la pared del viejo campanario.
Aquella noche, sin embargo, un alacrán le deambulaba, incómodo, por las tripas. Tal vez fuera el recuerdo, diminuto pero obstinado, de un villancico que su madre cantaba al encender la chimenea de su niñez. O quizá el presentimiento de que los pasos que se asomaban sobre la nieve no eran los de una patrulla amiga. Un comando había sido enviado para acabar con él; lo sabía por la exactitud con que avanzaban las sombras, cada vez más próximas.
Cuando irrumpió la ráfaga de metralla, no sintió miedo, sino una suerte de reconocimiento tardío. Las balas chocaron contra la campana con un repique metálico, irregular pero sorprendentemente familiar. En aquel instante suspendido, mientras el bronce vibraba como una garganta antigua, el francotirador, herido de muerte, creyó oír de nuevo el villancico de su infancia, torpe, roto, pero limpio de amargura. Y ese repique de munición sonó a réquiem.
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