Bahar se ha abierto como pocas veces. Ha recordado que creció sentada en una mesa triste y solitaria, en la que ella y su madre apenas hablaban por miedo a que su padre se levantara y se fuera en cualquier momento. De niña, se hizo una promesa: cuando tuviera su propia casa, su mesa sería feliz, llena de risas, de hijos, de seres queridos. Y con su madre sentada en la cabecera.
Con los años, Bahar lo consiguió. Y alrededor de esa mesa ha habido momentos muy bonitos. Pero también ha habido tensión, comparaciones dolorosas y palabras que han hecho daño.
Aun así, ella lo tiene claro: aunque hubo días en los que perdió el apetito, aunque a veces hubo peleas, ruido y lágrimas cayendo sobre el plato, ella siempre volvía a poner la mesa. Porque para ella la mesa no es solo comida: es el lugar donde una familia se reúne.
Bahar cree que las familias se construyen compartiendo comida, amor, dolor, alegría, penas… En definitiva, compartiendo la vida. Y por eso, pase lo que pase, ella sigue poniendo la mesa y sentándose con los suyos.













