Cuando supo que estaba embarazada, Hassana Aharoud hizo las maletas y huyó de Marruecos. «No fui a la escuela, ni siquiera sabía escribir; no quería condenar a mis hijas a la vida que había tenido yo», asegura. Primero aterrizó en Holanda, donde tenía una hermana, pero solo le hizo falta una semana para darse cuenta de que «sin papeles, no tenía ninguna opción de sobrevivir allí«.
En Girona tenía una amiga, que le hizo un hueco en una habitación de realquiler de un piso donde vivían cuatro personas más (llegó a Girona en febrero de 2020 y tuvo que pasar el confinamiento entre aquellas cuatro paredes). «No tenía dinero y no podía pagar nada, y eso hacía que no tuviera derecho a quejarme, pero no podía ir al baño ni poner una lavadora cuando quería», recuerda. Y es que ese tampoco era el futuro que quería dar a sus hijas (de hecho, llegó pensando que esperaba una y, una vez aquí, en una ecografía de control, supo que eran gemelas): «No podíamos vivir cuatro personas en una misma habitación; además, no tenía trabajo, no entendía el idioma, no conocía nada ni sabía cómo era la gente de aquí; me pasaba el día llorando porque no sabía cómo podría salir adelante», rememora.
Al llamar a la puerta del área de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Girona, le facilitaron una tarjeta monedero con la que podía acceder a alimentos y pañales. «Aquí empecé a respirar; como mínimo podía poner un plato en la mesa», sostiene. Los Servicios Sociales la derivaron a Cáritas Diocesana de Girona, donde entró en el proyecto Pisos de Acompañamiento Temporal a la Inclusión (PATI), a través del cual le facilitaron una de las tres viviendas de acogida para mujeres solas con menores a cargo que la entidad tiene en Girona (también cuentan con dos en Salt y una en Figueres). Este fue un punto de inflexión: «Tenía agua caliente, una cocina para mí y una habitación para mis hijas», recuerda, y añade que «si no tienes un techo, es imposible poder tener ningún sueño».
Aquel techo fue «básico» para empezar a construir su proyecto de vida. Por las mañanas dejaba a sus hijas en la escuela infantil y se iba a trabajar —cobraba en negro porque todavía no tenía papeles— cuidando de una persona mayor. Por las tardes iba a estudiar catalán en el Taller de Acogida Lingüística y Cultural de Cáritas (TALC), en el barrio de Sant Narcís.
Después de cuatro años esperando y ganándose la vida como podía haciendo trabajos de limpieza, el año pasado consiguió los papeles y un contrato fijo en el servicio de limpieza de un hotel. Dentro de una semana saldrá del recurso y se trasladará a vivir, por su cuenta, a un piso de alquiler. Aun así, lamenta que «me ha costado mucho»: «Hay pocos pisos disponibles, son muy caros y, si te llamas Hassana, llamas para pedir información y los propietarios no quieren alquilarte su piso«.
Un servicio «colapsado»
La responsable del programa Sin Hogar y Vivienda de Cáritas Diocesana de Girona, Laura Madruga, señala que el servicio está «colapsado» porque «las salidas están bloqueadas»: «Hay mucho racismo inmobiliario; aunque las mujeres acogidas tengan un contrato fijo, los propietarios no quieren alquilarles su piso porque son de origen migrante». Con todo, indica que «el proyecto pretendía que permanecieran dos años en los pisos de acogida pero, si son personas en situación administrativa irregular, hay que tener en cuenta que empiezan de cero cuando obtienen la documentación». Por su parte, la técnica de la entidad que acompaña a las mujeres usuarias, Eva Roselló, destaca que «tienen ganas de salir adelante, vienen de otros países solas con menores y eso ya demuestra que son mujeres empoderadas y que tienen una gran valentía».
Combatir el aislamiento social
En un contexto en el que el Observatorio de la Realidad Social de Cáritas alerta de que tres de cada cuatro gerundenses atendidos por la entidad se sienten solos, Aharoud también procura buscar tiempo para cuidar su salud mental: «De vez en cuando intento salir a cenar con las amigas que he hecho aquí; creo que también es saludable poder tener espacios para relajarse y disfrutar porque, al fin y al cabo, tengo 31 años». Aun así, tiene claro que Cáritas ha sido su salvavidas: «Han sido mi familia, me han ayudado a sentirme fuerte y capaz de todo», asegura.
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