Las históricas medallas de plata que consiguió Gemma Mengual (Barcelona, 1977) en dúo y equipos en los Juegos de Pekín 2008 pusieron de moda un deporte hasta entonces desconocido por el público general como era la natación sincronizada. Sin embargo, su brillante trayectoria se paralizó prematuramente con su primera maternidad a unos meses de los juegos de Londres 2012 en una época en la que la conciliación no era fácil en la piscina. Años más tarde, volvió a competir en Río 2016 y a pesar de retirarse por completo después, jamás ha llegado a alejarse del todo de la piscina, aunque compagina los entrenamientos con la gestión de su restaurante y su papel como embajadora de la marca de suplementos Vitae.
-Nunca ha dejado del todo la piscina. ¿Qué significa para usted?
-Es mi lugar de paz. Mi válvula de escape. Incluso embarazada de Nil [su hijo mayor] nadaba cada día. Tras retirarme tuve una época dura en la que no lo pasé bien, pero el agua siempre me llamaba y seguía teniendo ganas de meterme en la piscina. Dentro del agua soy yo, estoy cómoda. Cuando estoy estresada, el agua me ayuda a quitarme los problemas. No es magia, claro está, pero me ayuda a verlo de otra forma.
-¿Cuando competía sentía lo mismo?
-No, era distinto. Tener que estar 8 o 9 horas diarias en el agua con máxima exigencia a veces te hacía aborrecerlo. Los días en que Anna Tarrés [exseleccionadora española y actual entrenadora del equipo nacional chino] llegaba tarde, apurábamos hasta el último minuto para saltar a la piscina fingiendo que calentábamos. Todavía nos reímos todas cuando lo recordamos.
-Vivían bajo una exigencia altísima. ¿Cómo les afectó?
-Un deportista se exige porque, al final, el que más quiere llegar a su objetivo es él. Aun así, he de reconocer que me tomaba con la misma exigencia una final olímpica que un campeonato nacional. Siempre fui muy exigente con mi rendimiento, aunque había momentos en que perdí la motivación y todo se me hizo muy cuesta arriba. Yo siempre lo daba todo y terminaba las competiciones que no me sostenía. Perdía tres o cuatro kilos porque no tenía ganas de comer con los nervios. Se me caía hasta el pelo del estrés. A veces alaban con aquello de ‘todo lo que has sacrificado…’; pero yo nunca lo vi como un sacrificio. Yo lo elegí y no siento que me perdiera nada que no pudiera hacer más tarde.
Yo siempre lo daba todo y terminaba las competiciones que no me sostenía. Perdía tres o cuatro kilos porque no tenía ganas de comer con los nervios y se me caía hasta el pelo del estrés.
Gemma Mengual en el CAR de Sant Cugat. / Jordi Otix / EPC
-¿Es la natación artística un deporte muy mental?
-Cuando estás nadando en equipo sabes que tus compañeras están sufriendo lo mismo que tú y que se van a esforzar, por lo que tú no vas a dejarlas tiradas. El grupo da mucha fuerza aunque bajo el agua estés tú sola con tu cabeza porque sabes que absolutamente todo lo que ocurra depende de ti. Eso te empodera mucho. Es distinto al baloncesto, por ejemplo, porque no está bajo lupa lo que hace todo el mundo en todo momento. Además es súper exigente porque todo se decide en un máximo de cuatro minutos, no existe el margen de error.
-La natación artística de hoy ha cambiado mucho con respecto a cuando usted competía. ¿Considera que para bien?
-Sí. El cambio de reglamento es un poco ‘putada’ en algunos aspectos porque nos merma la creatividad. Todo está estipulado de antemano. Cuando montamos las ‘coreos’ ahora buscamos el máximo de dificultad que creamos que las nadadoras van a ser capaces de representar, y eso limita mucho, porque quizás al tener que hacer tantas figuras en tan poco tiempo casi no se pueden enlazar los movimientos. Sin embargo, a la hora de recibir las puntuaciones es mucho más transparente. Si tu presentas una puntuación de 40 y lo haces bien, recibirás el 40. Antes, tú salías a competir y por ejemplo, cuando yo ya estaba arriba, salía tranquila porque sabía que por muy mal que me fuera, del podium no bajaba. Tenía que ser una catástrofe para que eso ocurriera. Ahora puede pasar cualquier cosa, un simple error en un híbrido puede hacer que caigas de los primeros puestos al 8º de golpe. Antes se podía hacer más la vista gorda si quedaba integrado en la coreografía. Era más subjetivo.
Antes, tú salías a competir y por ejemplo, cuando yo ya estaba arriba, salía tranquila porque sabía que por muy mal que me fuera, del podio no bajaba. Tenía que ser una catástrofe para que eso ocurriera. Ahora puede pasar cualquier cosa
-¿Cómo fue ganarse ese privilegio hasta que aseguró su sitio en el podio?
-En los últimos años, solo con tener un nombre ya asegurabas algo, pero para llegar hasta ahí pasamos un proceso muy duro. Nosotras sabíamos que merecíamos estar en lo más alto y no se nos daba y eso jode mucho. Hicimos mucha autocrítica y a base de machacar termina llegando. De hecho, dos o tres años antes de las medallas de Pekín ya teníamos el foco encima, pero a los jueces les costaba un poco. Teníamos nuestras limitaciones claras, por ejemplo las chinas o las rusas eran todas de fisionomías súper parecidas y eso para la ‘sincro’ es genial, nosotras teníamos de todo, chicas de 1,80 y de 1,50… eso complicaba más las cosas y nos obligaba a esforzarnos para camuflar ciertas carencias y potenciar nuestra fortaleza que era la creatividad.

Andrea Fuentes y Gemma Mengual, con sus medallas de plata de los JJOO de Pekín en 2008. / Jordi Cotrina
-¿Cree que con la normativa actual sus resultados hubieran sido distintos?
-No, porque eramos un equipo tan ambicioso que nos hubiéramos adaptado a lo que nos hubiera tocado. Anna Tarrés para esas cosas era una entrenadora muy exigente. Todas creíamos en el proyecto y hubiéramos ido a saco igualmente. Nosotras fuimos conejillos de iIndias e hicimos cosas que ahora no se harían ni de coña. Las hacíamos sin dudar y pasábamos por ahí voluntariamente. Hubiéramos hecho lo que hubiera hecho falta.
-La relación con Anna tampoco fue fácil entonces…
-Bueno, yo me llevé bien con ella siempre, aunque es una persona con mucho carácter. Tiene una manera de ser y hacer las cosas muy peculiar. Es una ‘genia loca’. Hubo momentos en los que nos llevamos peor, pero tengo una buena relación con ella.

Gemma Mengual en los pasillos del CAR de Sant Cugat. / Jordi Otix / EPC
-¿Usted como entrenadora ha intentado ser distinta?
-Ya no es intentar hacer un modelo distinto, es que somos personas distintas. Yo no soy Anna, ni soy Andrea [Fuentes, su excompañera en dúo y actual seleccionadora española]. Tengo claro cómo a mí me gustaría que me trataran dentro del agua y es lo que intento hacer yo con mis deportistas. Me hubiera gustado que me hubieran entrenado como las entreno yo.
-¿Fue muy traumática su primera retirada?
-La primera vez, cuando fui madre de Nil, quise volver pero no se me puso fácil. Viví un momento muy duro porque entonces no existía la conciencia suficiente para compaginar maternidad con deporte. Y menos en un deporte como el mío. Era muy difícil gestionar que una persona del equipo tenía una situación distinta y no podía estar al 100% disponible. No se supo encajar y lo pasé mal. Me veía capacitada para volver a competir pero no se me ponía fácil. La segunda vez, en cambio, tenía muy claro que se había terminado.
-¿Cuando dejó la competición de forma definitiva tuvo miedo?
-No, porque como fue en dos momentos, lo tenía más digerido. En la primera ocasión, me autoconvencí de que era lo que tenía que ser. Estaba tan quemada que fue un descanso. La segunda vez, aunque fue más corta la vuelta, fue divertido pero fue muy duro, por lo que cuando levanté la mano por última vez en los Juegos de Río, que además fuimos las últimas, lo celebré. Me fui en paz. Aunque a veces lo echo de menos en pequeñas dosis.
Cuando fui madre de Nil quise volver, pero no se me puso fácil. Viví un momento muy duro porque entonces no existía la conciencia suficiente para compaginar maternidad con deporte. Y menos en un deporte como el mío.
-¿Con el tiempo ha valorado más todos sus logros?
-No, al revés. Lo he relativizado más. Me tienen que preguntar a veces para que haga memoria de todo lo que conseguí. Creo que desde fuera las medallas y los títulos se ven más espectaculares que cuando uno mismo los ha vivido. Lo que yo viví, la intensidad y la dureza no se puede relativizar, porque lo llevas dentro, pero algunas medallas no sé ni dónde las tengo. A todos los deportistas nos gusta que nos alimenten el ego, pero realmente en el día a día no piensas en todo lo que has hecho.

Gemma Mengual, durante su entrenamiento en el CAR de Sant Cugat. / Jordi Otix
-Ustedes fueron las pioneras de este deporte en España
-Lo pusimos en el mapa. Había quizás 20 clubs cuando yo empecé en el 87 en toda España, hoy hay más de 300. El ‘boom’ que siguió al Mundial de Barcelona del 2003 fue espectacular. Todo el mundo sabía quién era Ona Carbonell o quién era yo.
Algunas medallas no sé ni dónde las tengo. Me tienen que preguntar para que haga memoria de todo lo que logré
-¿Si tuviera que elegir algún momento de su carrera cuál sería?
-La final de Río con mis dos hijos en la grada fue muy especial. Recuerdo que antes de salir, Ona (Carbonell) y yo estábamos ya con la pose de inicio segundos antes de que empezara la música, el público entero en silencio y mi hijo gritó ‘mamá’. Se me puso la piel de gallina. Ona todavía se acuerda. Las medallas de Pekín fueron otro de mis momentos favoritos. Fue histórico, eran las primeras medallas olímpicas de la ‘sincro’ española. Y no olvidaré nunca las vivencias con mis compañeras, desde competiciones al anuncio de Freixenet, fue una época maravillosa.
-¿Quedan cosas por cambiar en la natación artística?
-A mí hay cosas que me dan pereza de este deporte. La gelatina, los bañadores de lentejuelas… me parecen un poco pasadas de moda. Y el proceso de las puntuaciones cada vez lo entiendo más, pero falta hacerlo más comprensible.
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