Rocío Rosa, doctora en Biología por la Universidad de Oviedo, es investigadora del Servicio Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario (Serida), entidad pública del Principado de Asturias. Es autora de estudios relacionados con el impacto de las actividades agrarias en la biodiversidad y sostiene que la despoblación en zonas rurales tiene un impacto directo en la oleada de incendios que afectó a Asturias este verano. Advierte que estamos ante la «tormenta perfecta».
¿Tenemos que acostumbrarnos a que habrá incendios forestales de esta envergadura con asiduidad?
Muy probablemente sí, pero no solamente aquí. Hay una gran cantidad de trabajos científicos que indican que este problema no es solo de Asturias, ni de España, ni de Europa, sino que es un problema global porque algunas de las causas son globales, como el cambio climático.
¿Se puede hablar entonces de un nuevo paradigma de los incendios forestales?
Sí, porque se están dando, y no se espera que cesen, ingredientes clave para que aumente la probabilidad de un gran incendio: periodos secos y calurosos acompañados de vientos en zonas que contienen masas continuas de biomasa inflamable. A esto se suma el incremento de las fuentes de ignición como puede ser una mayor recurrencia de tormentas eléctricas, y una relación específica del propio incendio con el medio circundante.
De todos esos factores, ¿qué porcentaje de explicación corresponde al cambio climático en este nuevo fenómeno de los incendios?
No lo sé. Poner una cifra me parece arriesgado porque depende de muchísimos factores: el contexto geográfico, el socioeconómico, el cultural… Y estos otros factores tendrán un peso concreto en diferentes lugares. No sería correcto culpar sólo al cambio climático o darle mayor importancia que a otros factores.
De lo que estamos viendo en Asturias, ¿qué es lo que más le ha llamado la atención en estos días?
A mí me sorprendió tristemente poco, ya en nuestros estudios que arrancaron en 2012 detectamos, y cuantificamos cómo estaba cambiando el paisaje de en zonas tanto de montaña como costeras. Pudimos seguir a lo largo del tiempo la evolución de las zonas de bosque, de los matorrales, los prados, los cultivos, etc. Así que tristemente te lo esperas. Y, además, este verano se fueron dando un buen número de los ingredientes para que la probabilidad de que saltara un incendio importante fuera muy alta.
Un estudio suyo demuestra que el paisaje ha cambiado mucho, con más bosques y matorrales, y eso es más apto para los incendios, ¿por qué?
Nosotros empezamos analizando cómo y porqué cambiaba el paisaje y su relación con la biodiversidad, no estábamos centrados directamente en los incendios. Comprobamos cómo aumentaban ciertas superficies en las que dominaban los árboles o ciertos tipos de matorrales, mientras se reducían otras como los prados o las superficies dedicadas a la agricultura en torno a los pueblos. Con todos esos cambios, la probabilidad de que las zonas en expansión se acabaran fusionando era muy alta, y entre esas masas vegetales en expansión se incluía vegetación inflamable. A partir de ahí va aumentando el riesgo de que se genere un incendio a gran escala.
También se centra en el cambio en el estilo de vida de los pueblos y la despoblación, ¿influyen también en los incendios?
Si, en parte. Asturias comparte con tantos otros lugares un vaciamiento de los pueblos y la concentración de la población en las ciudades. Y centrándose en los pueblos debemos fijarnos no solo en el número de personas, sino quienes son y qué actividades están desarrollando. Las actividades agrícolas y ganaderas, que están estrechamente relacionadas con el uso de los recursos naturales, han cambiado y la población que las realiza también es distinta; todo eso se refleja en el paisaje. Y esos cambios en el paisaje son un ingrediente muy importante para tener en cuenta con respecto a los incendios.
Hablando en plata: antes había más personas en los pueblos, trabajaban la tierra de otra manera y eso quizá protegía más el paisaje frente a los incendios. ¿Era así?
Sí, también porque no solo la población era diferente, el contexto socioeconómico, político y cultural eran también muy diferentes. En los años 50 predominaban economías de subsistencia, con un uso de los recursos naturales muy distinto al actual. La desaparición de ciertas actividades y la especialización productiva de otras tiene profundas implicaciones en el uso de los recursos disponibles. La pérdida de diversidad productiva en ese sentido ha colaborado a generar condiciones favorables para los incendios en diferentes partes de nuestro territorio.
El fuego ha sido una herramienta del campo durante siglos. ¿Qué ha cambiado realmente?
El fuego se ha usado como herramienta desde tiempos inmemoriales y en todas partes del mundo. La idea de que es peligroso y se debe manejar con suma precisión es también muy antigua. No son pocos los documentos históricos en Asturias en los que este aspecto se destaca, así como las normas para determinar por qué, cuándo, dónde, quién y cómo se debe hacer. Asimismo, se reflejaba la responsabilidad de la población sobre el espacio propio o los que comparten con otros y cómo el fuego tiene su papel pero también su riesgo. Con el paso del tiempo el rol que la población local tenía sobre la gestión de muchos espacios o del manejo del fuego se fue disipando a medida que era asumido por la administración a diferentes niveles. Para la mayor parte de los que estamos lejos de la realidad rural, y con frecuencia de nuestra propia historia, el manejo del fuego y tantas otras cuestiones relacionadas con las actividades que se desarrollan en las zonas rurales nos resultan algo muy distante, desconocemos cómo se relacionan entre sí o qué consecuencias tienen. Con respecto al fuego, intuimos que es peligroso y puede causar daños a las personas, a sus bienes y a la biodiversidad.
¿Vivimos en un entorno demasiado urbanita?
Exacto. Quienes no nos hemos criado en ese entorno, tenemos más dificultad para entender cómo funciona. La comunidad rural que debía autoabastecerse conocía con precisión los ciclos de la flora y fauna de su entorno. Hoy parte de ese conocimiento de los procesos agroecológicos se ha perdido en gran medida y el restante está disperso entre especialistas de diferentes ámbitos (forestal, agrario, ambiental, etc), frecuentemente desconectados, y la población lo desconoce en general. En definitiva, la mayoría vivimos lejos del mundo rural y dependemos de la información que nos llega o la qué podemos acceder, sin tener una experiencia directa de lo que ocurre.
Los ganaderos se quejan del trato al campo y dicen que no pueden trabajar en la zona como antes.
Es una cuestión histórica. Perciben que las decisiones se toman desde lejos, sin contar con su opinión y que no se ajustan a su realidad. Sienten que sus conocimientos no son valorados, que no «valen» bajo unas nuevas normas que no han mejorado las condiciones en el medio rural, que no han sido capaces de resolver problemas enquistados como los usos del suelo, la falta de infraestructuras, precios que no reconocen la calidad de sus producciones, lo que aportan además de alimentos, etc. Lo cierto es que el escenario de hoy no es el mismo de hace cincuenta o sesenta años: el territorio ha cambiado, como muestran nuestros estudios y muchos otros. Ahora hacen falta estrategias de gestión y uso de los recursos naturales adaptadas a la realidad ambiental, social, cultural o económica actuales.
Habla de nuevas estrategias y de la necesidad de mantener la biodiversidad. ¿En qué podría consistir esa hoja de ruta que propone?
Nosotros no somos especialistas en incendios, pero debe ser un plan integrado en el que aporten todos los agentes relacionados, y que son muchos: la población local, las administraciones, especialistas en múltiples ramas (ecólogos, bomberos, ingenieros, geógrafos, etc.). Es necesario evaluar la situación de partida: en qué situación se encuentran los recursos naturales (masas forestales y no forestales, fauna, la flora, suelos, etc.), las infraestructuras, la orografía. Determinar las zonas con mayores riesgos de incendio y las dinámicas que siguen: no sólo dónde puede quemar hoy sino dónde se están gestando nuevos puntos de riesgo. El papel de las zonas no quemadas circundantes de hecho debe ser tenido en cuenta también. También incorporar la dimensión social: cuánta población hay, qué características tiene y dónde está. No es lo mismo tener cuatro personas jóvenes que cuatro de setenta años. Importan también las vías de comunicación, el estado de los cortafuegos… Así se puede identificar dónde se está generando la «tormenta perfecta» y priorizar recursos. No soy experta en fuegos, pero estas nuevas realidades de los incendios nos indican que debemos repensar cómo debemos anticiparnos, qué hacer cuando ya es una realidad y muy importante, después. No solo la recuperación de la vegetación y el resto de componentes de la biodiversidad, sino también de las actividades económicas y sociales que se ven afectadas. La estrategia integral tiene que ser una versión mejorada, repensada y que abarque el territorio en su conjunto. Este desafío no lo puede afrontar una única disciplina ni un único punto de vista, es necesario un enfoque integral.
¿La vegetación se recupera de un incendio?
Sí, pero depende mucho de la gravedad del incendio, de las características de los suelos y de muchos otros factores como las actividades que se realicen en la zona, las condiciones ambientales, etc. Piense, por ejemplo en un fuego y tras él fuertes lluvias torrenciales en una ladera: el estado de los suelos puede empeorar muy notablemente así como la recuperación de la vegetación (y la fauna en muchos casos).
¿Y de qué depende el tiempo de recuperación?
De muchos factores. No es lo mismo un terreno donde ya ha habido sucesivos incendios y apenas queda suelo, que una zona llana o una pendiente fuerte. El contexto condiciona muchísimo la recuperación. Lo importante es que hoy tenemos herramientas para cuantificar esos parámetros: en Asturias disponemos de buena cartografía y datos sobre orografía, pendientes, distribución de masas vegetales… Todo eso permite generar indicadores que ayuden a evaluar la probabilidad de gravedad del incendio y también las posibilidades de recuperación.
¿Entonces, a mayor gravedad, peor recuperación?
Exactamente. Cuanto más severo haya sido el incendio, más difícil y lenta será la regeneración posterior.
En Asturias no ha habido que desalojar muchas casas —salvo ahora en Ibias—, pero sí ha habido ganaderos que tuvieron que mover miles de cabezas de ganado a otras zonas. Eso implica más costes y más dificultades para seguir con su actividad. ¿Es preocupante para el sector ganadero?
Exactamente. En algunos lugares la vegetación se recupera mejor que en otros, pero los grandes incendios siempre dejan consecuencias y su recuperación depende de las condiciones de la zona. Por eso insisto tanto en la biodiversidad: la vegetación solo se regenera en la medida en que se recupera la biodiversidad, que es su base. Tras un gran incendio, el suelo y la zona quedan prácticamente a cero, y deben volver hongos, insectos, semillas… todo lo que hace posible que el ecosistema funcione de nuevo. Y la recuperación no depende solo de la «zona cero», sino también de lo que ocurre alrededor. Si está rodeada de áreas sanas, funcionan como reservorios de diversidad; si está rodeada de otras zonas arrasadas, la regeneración será mucho más difícil.
Más allá de las consecuencias, hay debate sobre el origen de los incendios. ¿Qué opina?
Creo que va a ser difícil ponerse de acuerdo, y por otra parte lo urgente es actuar de forma consensuada. En los megaincendios también influyen cuestiones sociales y culturales. Los expertos deben evaluar qué ha pasado en cada caso: causas, motivaciones, características de los incendios… y a partir de ahí, trabajar. Avanzar en esa parte social y cultural es también clave. Pero recordemos que una parte creciente de los grandes incendios no serán provocados por la acción humana directa y sobre esos también hay que trabajar.
En su estudios menciona el término «cortafuegos productivos». ¿Qué significa exactamente?
Se refiere a zonas que, además de cumplir su función de frenar el fuego, generan un beneficio productivo. Por ejemplo, implantar praderías mejoradas en cortafuegos, aprovecharse de zonas productivas menos inflamables (por ejemplo ciertos tipos de cultivos). La idea es pensar estratégicamente cómo esas zonas productivas pueden ayudar en la lucha contra los incendios.
¿Es preocupante el esperado daño a los animales en estos incendios en Asturias?
Muy probablemente sí, con efectos importantes. Además de grandes herbívoros o carnívoros, también pueden afectar a multitud de especies como polinizadores, especies que ayudan a mejorar la calidad del suelo, etc. Y además, especies únicas de flora y fauna. Todo un gran ejército silencioso que nos cuida, que construye y aporta a los ecosistemas en los que vivimos. Necesitamos que recolonicen los desiertos que quedan tras los incendios severos para volver a verlos llenos de vida y de posibilidades.
¿Cree que dentro de un año o dos estaremos igual que ahora o tendremos herramientas para evitar estas oleadas de incendios?
Los primeros trabajos que publicamos fueron en 2015, y desde entonces hemos dado muchas vueltas a estas cuestiones. Es cierto que ya entonces había incendios grandes, pero ahora tenemos una «tormenta perfecta»: cambio climático, acumulación de biomasa, condiciones extremas… Y muchos otros problemas no se han resuelto. Todo eso aumenta la probabilidad de megaincendios. Por eso creo que lo deseable es ponernos manos a la obra cuanto antes. Espero que no volvamos al «día de la marmota».
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