En enero, una streamer, o sea, una creadora de contenido digital que transmite vídeos en directo, murió en China ante su audiencia a consecuencia de un reto viral, el mukbang, que consiste en ingerir sin descanso cantidades de comida hasta el vómito o el colapso. Hace unos días, en Francia, Raphaël Graven, alias Jean Pormanove, falleció después de someterse a sesiones vejatorias a cambio de dinero. En el momento en que murió, más de diez mil personas estaban contemplando sus directos. Sin censuras. Sin filtros.
En España, también sabemos de retos virales. En las fiestas de Málaga, cientos de jóvenes hacen cola en los controles de alcoholemia, no por ética ciudadana ni por prevención, sino para ver quién supera el límite más ampliamente y así ganar un reto de TitTok.
También tenemos a un hombre cuyo nombre no pienso citar que se bebe su propia orina o sus vómitos o come lasaña con moho a petición de sus seguidores y por supuesto, a cambio de dinero. Parece ficción, un capítulo de Black Mirror, pero no lo es. Existe el reto de estar desaparecido 48 horas, o el reto de la cáscara, que consiste en comer todo tipo de alimentos con su envoltorio. El riesgo de asfixia o la preocupación de tu familia es lo de menos si consigues que tus seguidores te jaleen y te aplaudan. Un paso más. Otro. Y cada reto te acerca al abismo porque la audiencia quiere más, y si no se lo das tú, siempre habrá otro streamer descerebrado que contribuya a la causa. Más de diez mil personas veían a Graven. Los mensajes de auxilio que mandó a su madre fueron leídos y criticados en directo.
Esa es la clave. Que suceda aquí y ahora. Como si la realidad no fuera bastante. Como si no bastara con levantarse del sillón y asomarse al mundo para que cualquier reto se quedara corto. Los amantes de las emociones extremas tienen un campo enorme para experimentar, no deberían ceñirse solo a la pantalla.
Podrían visitar los campos donde se hacinan los refugiados, repartir comida en Gaza, tratar de ayudar en los hospitales de campaña donde la gente muere también en directo, y sin ayuda. Pero no. Es mucho mejor contemplar el dolor de los otros, incluso provocarlo. Como si no hubiera ya suficiente dolor. No comprendo cómo no interviene el gobierno, el de cada país, cómo no paramos esto entre todos. Nunca he sido partidaria de la censura, pero eliminar y prohibir estos contenidos no es censura, es higiene y prevención. Igual que lavarse las manos, desinfectar heridas, eliminar plagas o curar a esta sociedad enferma que vive de cara a las pantallas, pero de espaldas a la realidad.
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