Festejo de triunfalismo desbordante en la tercera del abono de la feria de San Atilano de Tarazona que, bajo el epígrafe genérico de «desafío de ganaderías», oponía dos modelos de criar el toro de lidia: los de Santiago Domecq, cuyos tres animales lucieron escuetas anatomías coronadas con encornaduras digamos… humanizadas a simple golpe de vista y los tres que aportó Ricardo Gallardo a nombre de su inacabable factoría Fuente Ymbro con tres señores toros con lámina de plaza de segunda categoría, así calibrados, de pitón a rabo.
Porque tuvieron romana bastante y más y lo suyo por delante manteniendo luego el interés por sus embestidas, su simple movilidad o por quedarse debajo, en ese rango de intensidad. Rebañando los tobillos como, un poner, ese quinto al que Luque retó –¡alabado sea Dios!– lanceándolo de salida con ese don que posee con lo rosa en la mano. Aunque el cierre con la media fuera de latigazo.
Luego, con la pañosa, Luque acotó el campo de batalla poco más allá de las rayas para darse la cara toro y torero, primero vaciando a la recta con el fin de ceder ante el bruto y luego ensayar una curva que no pudo ser. El toro, perfilando con el pitón la espiga de la media una y otra vez, se quedaba debajo y el de Gerena lo llevó muuuuy tapado, sin darle opción a pensar. Cuando el toro quiso darse cuenta Luque le había ganado la voluntad reduciendo sus ataques a tres arrancadas y el remate. KO con un rebose de 1,5 minutos sobre los diez primeros para el tararí.
El espadazo fue de aquellas maneras y con la inercia del lío cayeron dos orejas que nada tuvieron que ver con la otra que paseó tras el segundo, de Santiago Domecq, un moñaco con cinco años, dos pitoncillos y muy escasa fuerza al que Luque devolvió a la vida con una técnica impecable, lo justo para armar una faena de tente mientras cobro. Caza menor.
Antes, Miguel Ángel Perera fue la suficiencia (para no, con 20 años de alternativa) sobre presupuesto cerrado. Sucedió lo que de él se esperaba: con el que abrió la tarde la cosa fue de arranque de potro jerezano con frenazo de burro murciano y en el de Gallardo, otro furo serio tela, construyó un episodio denso en el mismo centro del inmenso, inabarcable ruedo, donde le achicó terrenos hasta acobardar al toro a base de un encimismo apabullante.
El aire fresco, la novedad para no pocos espectadores, más si fueron ocasionales ayer, lo aportó un Borja Jiménez muy ordenado, cabal, con fundamento. Con el torillo de Santiago Domecq se repitió el patrón para mal. Aunque el toro comenzó prometiendo se vino abajo muy pronto, no solo en comportamiento sino también físicamente. Un bluf que, no obstante, resultó asesinado más que muerto por ese espadazo bajo que malvalió dos orejas ¡Viva la tía Juana!
Nada que ver con su labor ante ese sexto fuenteymbro, un toro de verdad, bien comido, rematado desde la culata hasta el extremo más astifino del pitón. Sí, astifino, al que largó percal con galanura y cuya lidia lideró antes de ir a la batalla sin reservas. Más el toro, rendido de a poco, terminó en toreo de gran consumo y con Borja Jiménez entre los pitones. El espadazo redondeó las otras dos orejas y la vuelta al ruedo al toro. Qué palco, rediez.