Si tuviera un partido político, algo no solo improbable sino imposible, impondría este decálogo. Se trataría de corregir la cantidad de actos deplorables que nuestros políticos realizan excusándose en que sus rivales también lo hacen. No se dan cuenta de que, comportándose de ese modo, se convierten en iguales, sino peores, que aquellos a quienes critican.
No me sirven excusas tipo «él empezó primero» –argumento de las peleas de patio de colegio–, porque el acto reprobable sigue siendo reprobable lo ejecute quien lo ejecute. Tampoco me sirve el recurso a la defensa propia de las películas del Oeste, porque eso nos lleva al ojo por ojo y tendríamos que justificar las venganzas y las represalias, tan frecuentes en las guerras. Y, por supuesto, tampoco me sirve el fin justifica los medios, porque no hay un solo fin tan encomiable como para justificar medios torticeros para llegar a él. Sé que estos puntos son de perogrullo, pero la actualidad nos dice que tales obviedades parecen olvidadas en nuestra vida pública.
1. Que el adversario recurra al juego sucio no justifica que tú lo hagas. Porque se supone que tú no eres como él. Tú eres mejor o, por lo menos, te consideras mejor. Que Sánchez recurra una y otra vez a la foto de Feijóo en el yate de Marcial Dorado, de hace treinta años, no justifica que Feijóo recurra ahora a los remotos negocios de presunta prostitución del suegro de Sánchez, muerto hace un año. Salvo prueba fehaciente de delito, claro.
2. Que algunos –muchos o pocos, tres o trescientos– miembros del partido adversario roben o mientan no justifica que los de tu formación también puedan hacerlo. No se puede ser tan cínico como para defenderse argumentando que tú robas o mientes menos. Robar o mentir, poco o mucho, siempre es reprobable. El «y tú más» de los escolares sólo contribuye a infantilizar la vida política.
3. Las generalizaciones suelen llevar a la mentira. Resulta impropio hablar de «un partido de puteros», «una banda de corruptos», «los de las mariscadas», «los cayetanos de Génova», «los amigos de los narcos», o «los asesinos de las residencias». A propósito de esto último, nada menos que doce comunidades tuvieron peores datos que Madrid de mortalidad en residencias durante la covid.
4. El hecho de que, según dice Rufián, en los últimos 46 años entraran en Soto del Real 88 políticos del PP y solo uno del PSOE no puede llevar a disculpar la presencia de ese uno, el último. Los demás se supone que ya han pagado su deuda con la sociedad. Se pueden hacer las cuentas de mil maneras –todas las cárceles, los amnistiados, la gravedad de los delitos– para dar la vuelta al argumento.
5. Que el adversario recurra a todos los medios para permanecer en el poder no justifica que tú hagas lo mismo. Si pactar con independentistas, ex terroristas o extrema izquierda es reprochable, pactar con Vox, extrema derecha, para llegar al poder debe ser igualmente perjudicial. Suponiendo, claro, que seamos centristas. Así que, queridos militantes, vamos espabilando para buscar otro medio de alcanzar el Gobierno.
6. Al adversario no se le puede descalificar ni por sistema, ni en su totalidad. El PSOE, en sus años de Gobierno ha hecho cosas buenas y cosas malas. El PP, también. Tanto en el PSOE como en el PP hay políticos eficaces y honrados. Lo que no impide que ambas formaciones tengan manchas en su pasado.
7. La oposición, como su nombre indica, se opone y propone. El poder lleva a cabo lo que un día fueron sus propuestas electorales. El ejecutivo no debe oponerse a la oposición, porque no es su función y porque la oposición no son solo unos políticos enfurruñados, sino los representantes de todos los ciudadanos que no han votado por el actual ejecutivo.
8. Un Gobierno no puede aspirar a gobernar sin controles. Ya sean de la propia oposición, del poder judicial, de sus propios votantes o de los medios de comunicación. Cualquier gobierno que se dedique a eludir, cuando no dinamitar esos controles, estará haciendo trampa al infringir las mínimas normas democráticas.
9. Gobierno y oposición tienen la obligación de aspirar a entenderse, como mínimo de escucharse. Ambos tienen que compartir, al menos, las normas del juego, porque sin normas comunes no hay democracia. Han de comprender que llegar a acuerdos –cediendo por ambas partes– siempre irá en beneficio de los ciudadanos. Eso lleva a que cuestiones de Estado, o que heredará el sucesor –como la financiación autonómica– deben ser pactadas y no impuestas.
10. Los partidos, al llegar al poder, suelen olvidar que su obligación es gobernar para todos los ciudadanos y no solo los que les han votado. Una vez que el líder de un partido se convierte en primer ministro, debería anteponer los intereses de su país a los de su partido.
Hay normas básicas que se van olvidando con el tiempo y prácticas inmorales que, a base de repetirlas, las convertimos en normales. Estos puntos son más fáciles de enumerar que de cumplir y son válidos para los políticos y para los propios ciudadanos. Si todos nos aplicamos el cuento, tendremos una sociedad mucho mejor.
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