Uno de los problemas endémicos de la política española no es otro sino el hecho de que sus protagonistas no se retiren jamás. Constantemente vemos a Felipe, Aznar, Zapatero o Rajoy interviniendo en programas, manifestaciones, incidiendo, corrigiendo a alguien, criticando a todos… En lugar, en fin, de disfrutar de un plácido descanso, no dejar descansar a los demás.
Tampoco, para borrón de nuestra vida pública, se ha conseguido retirar de la escena política a Carles Puigdemont. Ahí sigue, en el exilio, prófugo de la justicia española, con varios delitos sin amnistiar sobre su cabeza pero dispuesto a seguir dando guerra y mal, privando a los españoles de sus presupuestos generales y de la aprobación de leyes importantes, inficionando a sus seguidores con la teoría de la «republiqueta», presentándose como el mártir de un estado, el español, que limita las libertades individuales y cercena la voluntad de los pueblos, manteniendo «a salvo» al presidente Sánchez de una moción de censura por parte de la derecha y, al mismo tiempo, condenando al PSOE por no estar ejecutando los acuerdos con los independentistas (independencia financiera para Cataluña, condonación de su deuda, aprobación de partidas milmillonarias para la Comunidad que hoy preside Illa pero que Puigdemont ambiciona volver a gestionar, negativa a devolver los bienes usurpados a Aragón, etc…).
En ese río revuelto, embarrado por la corrupción, enfangado por las medias tintas de medias verdades, un pícaro sin escrúpulos como el dirigente de Junts ha encontrado el óptimo caldo de cultivo para seguir viviendo a la sopa boba de la aritmética parlamentaria. Sopa de números, más que de letras, donde sus cuatro votos y su aforamiento lo mantienen a salvo de la acción policial y judicial.
A los muchos escándalos protagonizados por este impresentable sujeto hay que añadir sus pactos o acuerdos secretos con Santos Cerdán, el ex secretario socialista de Organización y hombre de la máxima confianza de Pedro Sánchez. Que un presunto corrupto y ladrón como Cerdán negociase en nombre del gobierno pone los pelos de punta, pero es que ahora el Partido Popular, tan crítico con tales contubernios, se dispone a abrir conversaciones con Junts para «negociar» sus votos.
Así, ¿cómo se va a abrir una nueva etapa?
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