Es lo que debía decir la Macarena estos días con todo el revuelo que se ha generado con su nueva imagen rememorando la célebre canción de Mecano. Mas allá de la importancia que cualquier intervención en el patrimonio histórico artístico debe estar supervisada y controlada por los organismos competentes y seguir unos protocolos comunes, la problemática con piezas donde la devoción popular o su significado histórico supera su propia materialidad, es que está directamente vinculada con los sentimientos que despierta en el fiel o en el espectador. Es en palabras de Javier Solana, refrescando las palabras del entonces presidente del gobierno con motivo de los cuarenta años de la restauración de Las Meninas: "un gobierno puede caer por varias razones, pero si la restauración de Las Meninas sale mal, nos mandan a casa" [1]. Buena cuenta de esto último se vivió en Sevilla por parte de la hermandad de la Macarena, cuyo rechazo por la intervención de su Virgen, ha costado el puesto a los hermanos mayores, además de un rechazo unánime por parte de la sociedad que no ha tolerado la más mínima alteración de su objeto de veneración.
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