Forman binomio desde hace cuatro años, a bordo siempre de un radiopatrulla de la Policía Nacional con base en La Isleta. En el Cuerpo llevan diecisiete. Llegar los primeros y atender los requerimientos ciudadanos, como si fuesen casi una suerte de terapeutas, es lo principal de la labor policial que desempeñan. No en vano, el 80% de sus servicios durante las ocho horas que cada día pasan a bordo del zeta –el coche de la Policía– son de auxilio humanitario. Pero en estas casi dos décadas que Adrián Oliva y Ezequiel Suárez portan el uniforme ninguno de los dos se había enfrentado a un servicio similar. Duró tres minutos y se convirtió, tal vez, en el más tenso, pero sin duda, y los dos coinciden, en el más gratificante de sus carreras por el desenlace que tuvo.
Oliva y Suárez realizaban la madrugada del miércoles labores de prevención de delitos en el entorno de Santa Catalina cuando una mujer con su hijo en brazos se les echó, prácticamente, encima del coche en la calle Luis Morote. Eran las tres de la mañana. Ella sollozaba, gesticulaba, gritaba… Les entregaba al menor, de 2 años, que no respondía a ningún estímulo y que convulsionaba. Natural de Mauritania, no tenía forma de comunicarse con los agentes; su estado, con una crisis de ansiedad ante la situación del niño, no se lo permitía. Ammy Ahmed, que así se llama el menor, se encontraba ya en estado cianótico, tornando su tez en un color azulado.
La respuesta de los agentes se dio en cuestión de segundos. «Nos bajamos de inmediato del coche. Ezequiel cogió al niño, tenía que hacerlo él porque gestiona mejor estas emociones, y yo intenté hablar con la madre. También contactamos con la emisora para que mandasen de forma urgente a una ambulancia», explica Oliva. Fueron segundos eternos aunque no había pasado ni un minuto.
Ante la falta de información por parte de la progenitora, debido a la barrera idiomática, Suárez comprobó que Ammy no respiraba, pero tenía pulso. Creyó que podría tratarse de un atragantamiento, así que lo puso bocabajo tumbado en su antebrazo y le realizó la maniobra de Heimlich. Nada, no hubo respuesta ni ninguna expulsión. «La madre no conseguía contarnos nada, y él seguía sin aire», dicen.
La tardanza
Por su experiencia en la Policía Nacional saben que una ambulancia de media puede tardar en llegar unos diez minutos a estos servicios. Y ellos no podían esperar ese tiempo. Ammy no tenía ese tiempo. Oliva se puso a los mandos del radiopatrulla, conoce la ciudad mejor que Suárez; él, seguía con el niño en posición de seguridad. Se metieron en el vehículo y, sin esperar a la ambulancia, arrancaron hacia el hospital.
El Perpetuo Socorro, a unos 600 metros y con urgencias pediátricas, fue su destino. Los dos policías y la madre se bajaron corriendo. «Adrián se fue corriendo al vigilante para que nos llevase directos a la zona de Pediatría. Se lo entregamos a la pediatra y a los enfermeros y nos quedamos con la madre», relata Suárez.
Los médicos se hicieron cargo de la situación y atendieron también a la progenitora por una la crisis de ansiedad. A los minutos, la pediatra salió. Ammy estaba estabilizado, pero desconocían todavía qué le pasaba. Tenía fiebre y había que hacerle pruebas, pero su vida ya no corría el riesgo de solo tres minutos antes. «Gracias, gracias, gracias» era lo único que la madre les repetía entonces, eso ya sí, en español.
«Desde el hospital llamaron a una ambulancia para trasladarlo al Materno Infantil para que allí continuasen con las pruebas», cuentan. Casi tres días más tarde, lo que saben es que el menor continúa ingresado y en observación, aunque esperan que pronto reciba el alta médica y regrese a casa.
Factor suerte
Ellos recuerdan ahora la intervención como una de las más duras a las que se han enfrentado, por la vida en riesgo de casi un bebé. «Sudamos más en dos minutos que en actuaciones de una hora», confiesan, tratando de quitarle importancia, y destacan también el factor suerte de que la madre bajase a la calle y se topase de inmediato con el radiopatrulla. «Si hubiese tenido que esperar, el desenlace podría haber sido fatal», afirman.
Lo que ambos tienen claro es que fue «un servicio más gratificante que coger a cuarenta ladrones». «Cada día tratamos con la delincuencia, lo más desfavorecido de la sociedad, aunque intentamos hacerlo con paciencia y diálogo. Eso fue diferente y más para los dos, que somos padres», subrayan.
Después de la actuación, Oliva y Suárez –como intentan hacer en todas sus jornadas– quieren que la sociedad no solo tenga una imagen represiva de la Policía sino la humanitaria y de ayuda al ciudadano que es, realmente, la función de todos los agentes del Cuerpo, aunque ellos definen su trabajo en el radiopatrulla como «vocacional». Destacan también los cursos que se imparten desde la División de Formación en defensa personal, violencia de género y, en este caso, primeros auxilios.
Solo tres minutos pasaron entre que los agentes se toparon con la madre y entregaron a Ammy a la pediatra del Perpetuo Socorro.Tres minutos, la inmediatez, que ha podido salvar la vida de Ammy y que ha convertido a Oliva y Suárez en sus ángeles custodios.