¿Y tú con quién vas? ¿Con el Real Campechano o con el Atlético de Cantabria?

Meterle una demanda a Miguel Ángel Revilla es como lanzar una vaca rubia gallega a las aguas del Golfo de América: los tiburones de la prensa amarilla, que hoy es ya casi toda, van a entrar en estado de frenesí carnívoro.

Porque esto sí es un crossover y no lo de Supermán contra el Capitán América.

Ahí es nada, el Real Campechano contra el Atlético de Cantabria. Pocas finales hay como esta.  

Sólo por eso, la reclamación de Juan Carlos I es un tiro en el pie con tirabuzón y orquesta sinfónica. Y eso sin tener en cuenta los daños colaterales de los que hablamos en el editorial de EL ESPAÑOL. Ningún otro rey europeo, salvo quizá Carlos III, se lo ha puesto tan fácil a los republicanos como el emérito. 

Pero son daños colaterales que palidecen al lado de la perspectiva de volver a ver otra vez a los opinadores habituales, y eso incluye por supuesto a Ione Belarra e Irene Montero, en docenas de tertulias de La Sexta pontificando sobre la Corona, el 78 y el franquismo, pero también sobre el conflicto palestino, los aranceles de Donald Trump o lo que sea que les vuelquen los presentadores en el abrevadero mediático.

«Tomen, señoritas, opinen».

«Pues mire, es que me resulta imposible desligar a Juan Carlos I de la vergonzosa sentencia sobre Dani Alves«.

A Juan Carlos I alguien debería haberle explicado que no se alimentan las polémicas en las que no tienes nada que ganar. Que el Efecto Streisand es casi siempre peor que dejarlo correr y fingir que no has oído nada. Y que no hay nada que haga más feliz a un republicano que un rey que se presta, con una torpeza indigna de un ex jefe de Estado, a que sus trapos sucios sean expuestos en el escaparate de la exceptio veritatis judicial. 

Si quiere, majestad, le pago yo los 50.000 euros. Pero, por favor, retire la demanda. Una sola dosis más de republicanismo de salón y este país implosiona

Además, yo sé que Revilla cae bien entre los españoles, como caía bien José Antonio Labordeta. Como caía bien el propio Juan Carlos I antes de que se convirtiera en material radioactivo al que sólo cabía, literalmente, desterrar. 

Pero ahora sólo cae bien Revilla. No Juan Carlos I. Y por eso la demanda es una mala idea. No se lleva a juicio a la reina de la cosecha

Yo tengo una teoría además sobre el campechanismo, que aprovecho para colar en este artículo.

Al español medio le cae bien cualquiera que no amenace su dulce languidecer en el cálido útero de la modorra. Un español es un vegetal que apenas espera un poco de agua, la justa para no picar billete antes de tiempo, del señor feudal de su elección.

Y por eso gustan los campechanos como Juan Carlos I o Labordeta: porque prometen el lado bueno del asistencialismo, que es el salario mínimo y la renta vital, sin la parte negativa, que es la de exigirte como si fueras un adulto responsable. 

Un campechano, además, no parece amenazador, sobre todo intelectualmente. Los campechanos son los de las tautologías rurales, las verdades del Capitán Obvio y las anécdotas a ojo de buen cubero. Un campechano no te hace pensar. 

Los campechanos, además, han acabado generando su propia raza de ciudadanos afectos: los españoles lactónicos.

Un español lactónico es un cerebro en barbecho, todo él zona de bajas emisiones. Un carril bici infinito que sus neuronas recorren en patinete ecológico mientras se parten de la risa con LalachúsWyoming y Buenafuente

El español lactónico huele atalcado, a lavanda y colonia de barbería, y se ríe con Rajoy porque en sus pleonasmos cree intuir la sabiduría ancestral y rupestre del hombre común. El español lactónico se siente inteligente cuando pilla los juegos de palabras de Pilar Alegría y vive atrapado en contradicciones infantiles: quiere los beneficios del europeísmo, pero sólo cuando le sale a deber; quiere rearme, pero sin tocar el gasto social; quiere ayudas hasta por cepillarse los dientes, pero también que crujan a los empresarios para que se vayan de España, y luego insultarlos por irse. 

El hombre lactónico también puede ser mujer, y en ese caso suele ser una empoderada al uso, activista de causas sin riesgo y agente Charo Charo Siete de su Majestad Agravio Perpetuo. O sea, de Podemos, Más Madrid o Sumar. También consta como inempleable en el Libro de la Vida, aunque sestea colocada en algún chiringuito público por algún mesías con guitarrita y cátedra pública.

La mujer lactónica almacena cero puntos de experiencia vital, pero riñe al personal a diario desde las redes sociales como si hubiera vivido treinta y ocho vidas, enfurruñada como esas hijas únicas con síndrome del emperador y Sonny Angel en el móvil.

Es, por supuesto, republicana, progresista y muy de Viva Suecia. Llegará a los cincuenta sin haber dado un palo al agua, pero con los dientes triturados por el bruxismo que genera el rencor social. 

Pero lo importante es que el español lactónico es siempre de la current thing, que es cualquier cosa que digan La 1 o el Gobierno, que a fin de cuentas son lo mismo. 

Si mañana la current thing es el Betis, pues del Betis. Lo que sea para no significarse y que siga pasando la vida como una maleta, que es como la ve un non-player character. Si mañana el PSOE le dice que ha de bautizar a su perro con Coca-Cola y pagar la correspondiente tasa, pues él lo bautiza con Coca-Cola y paga la tasa porque ha oído en la SER que las bebidas azucaradas son mano de santo para el pelaje de las mascotas domésticas y negarles ese derecho es de fachas

Non-player characters (NPC) apoyando fuerte la 'current thing' del PSOE.


Non-player characters (NPC) apoyando fuerte la ‘current thing’ del PSOE.

Y la forma política del Estado, pues que la decida el Broncano, que es un crack. 

Ay, majestad emérita, ¿pero quién le asesora, por Dios? ¿Quién?

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