“A veces, nos pasamos de democráticos”, asegura la psicóloga Elisa López en referencia a la tendencia familiar a negociar absolutamente todo con los hijos: desde qué desayuna hasta la hora de ir a la cama. Una consecuencia -otra más- de la mal llamada crianza positiva. Qué ropa se pone o si come pasta o arroz son debates sin importancia, pero la experta añade que hay aspectos de la vida cotidiana y familiar que no son negociables. Por ejemplo, comer fruta en lugar de dulces o apagar las pantallas a una determinada hora. El verano multiplica los momentos de convivencia en familia y también las situaciones en las que surgen desacuerdos. ¿Cómo mejorar la convivencia durante las vacaciones? Los especialistas lo dejan muy claro: con normas. Pero no bajo el latiguillo de “porque yo lo digo”, sino con límites bien explicados. Y esto no solo sirve para los niños más pequeños, sino para los adolescentes.
«Las normas no son castigos y tampoco sirven para demostrar autoridad, sino que son, sencillamente, una herramienta básica de convivencia»
Fad Juventud y BBVA han lanzado un nuevo videotutorial ‘¿Hablas en casa de quién pone las normas y para qué sirven?’, dentro del proyecto Educación Conectada, una iniciativa que busca acompañar a familias y agentes educativos en los retos que plantea el entorno digital y social de adolescentes y jóvenes. La campaña recuerda la inutilidad del mantra de “porque lo digo yo”, seguido de un portazo, una práctica habitual en los años 80 y 90 del siglo pasado. “Las normas no son castigos y tampoco sirven para demostrar autoridad. Son, sencillamente, una herramienta básica de convivencia, igual que sucede en el mundo laboral, el deportivo o el colegio. Una casa sin normas no es una casa más libre, sino una casa con caos donde aumentan la discusiones y las injusticias”, resalta el videotutorial.
«Muchas veces ponemos el foco en que hijos e hijas cumplan una norma, cuando el verdadero aprendizaje está en comprender por qué existe. Las normas son una de las primeras formas de aprender a convivir, asumir responsabilidades y entender que nuestras decisiones también afectan a quienes nos rodean», señala Beatriz Martín Padura, directora general de Fad Juventud.
El uso de pantallas, ayudar en las tareas domésticas o hablar sin gritos son tres asuntos familiares que deben ir acompañados de límites claros. El objetivo, recuerdan los especialistas, no es fastidiar a los hijos. Sin embargo, lo más probable es que se enfaden. En ese caso, hay que explicarles que entendemos su emoción, pero mantenernos firmes en la decisión. «Nos resulta incómodo sostener el enfado de los hijos y huimos del conflicto. Pero no deberíamos”, aseguraba en una reciente entrevista con este diario la educadora Diana Al Azem, autora de ‘Madres quemadas, cómo cuidar sin arder en silencio’.
Al igual que los niños más pequeños, los adolescentes tampoco son personas maduras, así que también necesitan límites. La explicación está en su cerebro, en la corteza prefrontal. “Hay que esperar hasta los 20 o 25 años para tener capacidad para desarrollar el autocontrol, regular la impulsividad y tomar decisiones más maduras», explica Mercedes Bermejo, psicóloga experta en terapia familiar con niños y jóvenes.
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