Su nombre, Péter Magyar —»Pedro el húngaro», en su traducción en español—, podría ser el de un emperador. Es, sin embargo, el de uno de los protagonistas de la batalla electoral que se decidirá este domingo en Hungría: unos comicios que pueden cambiar el futuro del país y su relación con la Unión Europea tras 16 años bajo el mando del mismo hombre, el ultranacionalista Viktor Orbán.
Magyar, abogado de 43 años y líder del partido Tisza (Respeto y Libertad), se ha convertido en el rival más serio que ha tenido jamás Orbán. De hecho, todos los sondeos independientes le otorgan una amplia ventaja —de entre 10 y 20 puntos— sobre el partido gobernante, Fidesz. Una señal de que ha logrado capear los continuos intentos del primer ministro húngaro por desacreditarlo.
A través de los medios de comunicación controlados por el Gobierno, se le ha tachado de maltratador, traidor, estafador y acosador sexual. En internet incluso se difundió un vídeo de contenido sexual suyo. «Sí, soy un hombre de 45 años, tengo vida sexual», se defendió entonces.
El propio Orbán, consciente de su debilidad, ha ido escalando su retórica contra Ucrania y la Unión Europea, y ha llegado a calificar a Magyar de «marioneta» de los burócratas europeos.
Magyar, en cambio, no ha querido entrar en ese juego. Se presenta como un político renovador, el «anti-Orbán» que promete combatir la corrupción y desbloquear los miles de millones de euros en fondos que la Unión Europea tiene congelados por la degradación del Estado de derecho en Hungría. Sin embargo, Magyar no es un liberal clásico, sino un dirigente de centroderecha que intenta disputarle a Fidesz el monopolio del voto conservador desde dentro de ese mismo espacio político y con el mismo lenguaje. Es decir, el del patriotismo y el pueblo.
Magyar ha construido su perfil proyectando una imagen moderna y atlética, hasta el punto de que muchos lo ven como una suerte de «mesías político». Se le ha llegado incluso a conocer popularmente como «Slim Fit Jesus», apodo que alude a sus trajes entallados y a esa apariencia estilizada con la que pretende distanciarse de la vieja guardia y presentarse como alguien que viene a «limpiar» el sistema.
Egy hét múlva ilyenkor választ az ország. Mi készen állunk. Te is?
Amit tehetsz az előttünk álló 7 napban a rendszerváltásért:
– beszélsz minél több emberrel a sorsdöntő választásról;
– segítesz szórólapozni, Tiszta Hangot kihordani, pultozni, kopogtatni, mozgósítani;
-… pic.twitter.com/C5x4lo2vaS— Magyar Péter (Ne féljetek) (@magyarpeterMP) April 5, 2026
Pero Magyar no es un outsider, sino un antiguo aliado de Orbán. Formó parte de la familia Fidesz durante más de una década, hasta que la abandonó en 2024, harto, según explicó, de la corrupción y el autoritarismo del sistema construido por Orbán, un entramado que llegó a describir como un «régimen mafioso».
«Péter Magyar irrumpió en la política húngara en un momento único: a una crisis económica muy grave se añadió una grave crisis moral. Este fue el momento en que el descontento social se volvió muy palpable», explica Gábor Polyák, profesor de la Universidad Eötvös Loránd.
Se refiere al escándalo por encubrimiento gubernamental de abusos sexuales a menores que abrió grietas profundas en el relato moral del Gobierno. Entre otras cosas porque se ha autoerigido como el defensor de los valores de la familia tradicional y ha llegado incluso a prohibir por ley que en las escuelas se hable de homosexualidad porque lo vincula con la pedofilia.

El primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, junto a su homólogo ruso, Vladimir Putin.
Reuters
«En cuanto identificó el momento histórico, dedicó de inmediato una enorme cantidad de trabajo político a la construcción de su proyecto conservador», añade Polyák.
Sin embargo, la popularidad de Magyar se disparó después de publicar una grabación con la que entonces era su mujer y ministra de Justicia del Gobierno de Orbán, Judit Varga, en la que ella relataba presuntas interferencias del Ejecutivo en un sonado caso de corrupción. En paralelo, Varga se vio obligada a dimitir después de que saliera a la luz el indulto concedido a un condenado por encubrir abusos sexuales a menores, que también acabó costándole el cargo a la presidenta Katalin Novák.
Apenas cuatro meses después de irrumpir en la escena pública con una aparición viral en una entrevista en Youtube, el partido Tisza obtuvo en las elecciones europeas de junio de 2024 cerca del 30% de los votos, se situó en segunda posición por detrás de Fidesz y dejó a la oposición tradicional reducida a la irrelevancia.
¿Pero qué tiene Magyar que no han tenido los otros rivales de Orbán?
Para Zoltán Balázs, presidente del Consejo de Doctorado de la Universidad Corvinus de Budapest y jefe de su Departamento de Ciencia Política, Magyar posee cualidades esenciales que los anteriores no tenían: «carisma, capacidad retórica, un sentido fenomenal del ritmo político, tenacidad».
Para el experto, una de las claves de su éxito es que ha logrado atraer apoyos que hasta ahora parecían reservados al oficialismo. Muchos votantes lo perciben como lo que en el fondo es: un antiguo simpatizante de Fidesz, pero joven e incorruptible. Ven en él a alguien conservador, patriota, de derechas y capaz de hablar en los pueblos, pero sin el desgaste del régimen.
«Tiene un conocimiento íntimo de quienes hoy detentan el poder, lo que lo ha hecho más temible a sus ojos y, de rebote, le ha beneficiado ante la opinión pública. Sus seguidores entienden que el Gobierno teme a Magyar, y eso les complace», sostiene Balázs.
La confianza que denota en sí mismo se ha traducido en una notable capacidad de movilización, con actos que han reunido a centenares de miles de personas en Budapest bajo el lema Ahora o nunca. «Recorre el país y celebra mítines sin descanso, algo que ningún político húngaro había hecho ni había sido capaz de hacer hasta ahora», subraya el experto.

Péter Magyar, exmiembro del gobierno y líder del partido Tisza, descorcha una botella de champán en Budapest.
En las últimas semanas, Magyar ha multiplicado los actos de campaña en ciudades pequeñas y zonas rurales, tradicionalmente bastiones de Fidesz, consciente de que la movilización en esos territorios será decisiva.
De hecho, algunos de los sondeos más recientes, como la proyección del instituto Medián —que se basa en sus cinco últimos estudios—, apuntan a que Tisza podría lograr una mayoría de dos tercios en el Parlamento. «Gracias a las dinámicas de las últimas semanas de campaña», sostienen. Esa mayoría le permitiría aprobar en solitario leyes clave, incluso de rango constitucional, y deshacer buena parte del andamiaje legal levantado por Orbán en la última década.
Regreso a la UE
En la recta final de la campaña, Magyar ha condensado su mensaje en tres promesas: poner fin al «Estado mafioso» y a la corrupción, restaurar las instituciones democráticas y recomponer la relación con Bruselas para desbloquear los fondos europeos congelados. Ni más ni menos que 17.000 millones de distintas partidas. En realidad, más allá de ser un euroentusiasta, el partido Tisza busca defender los intereses de Hungría pero, a diferencia de Fidesz, sin oponerse frontalmente a la UE.
En esta línea, Magyar tampoco se opone de plano a la adhesión de Ucrania a la UE. Pero sí rechaza acelerar el proceso y propone supeditar la posición final de Hungría a un referéndum vinculante. Y es que, aunque forma parte del Partido Popular Europeo, sus eurodiputados se han abstenido en algunas votaciones clave sobre Ucrania y se oponen al envío de armas o soldados húngaros al frente.
En todo caso, Magyar ha señalado abiertamente a Rusia como agresor, en contraste con la retórica complaciente hacia el Kremlin que ha caracterizado a Orbán. Su partido defiende una Hungría anclada en la UE y en la OTAN, que recupere el alineamiento occidental tradicional sin renunciar a un discurso de defensa de los intereses nacionales.
Según explica la analista Zsuzsanna Végh en una publicación del European Council on Foreign Relations, la visión de política exterior que propone Tisza resulta disruptiva si se compara con el statu quo de los últimos años en Budapest. «Pero sus principios —lealtad a la UE y a la OTAN, buenas relaciones de vecindad y responsabilidad hacia las minorías húngaras en el extranjero— no son revolucionarios», subraya. Son, en realidad, simple ortodoxia europea. Y es que lo que los vuelve casi revolucionarios es hasta qué punto Hungría, bajo Orbán, se ha alejado de ellos.










