Este artículo lo mismo te incomoda, pero está escrito para intentar agitar tu mente, porque hay frases que repetimos tanto que han perdido su filo. «La paz sea con vosotros» es una de ellas.
La decimos —o la escuchamos— como una fórmula litúrgica, casi automática, como quien firma un correo sin leerlo. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué implica realmente desear la paz. No la paz como ausencia de ruido, sino la paz como compromiso activo con el otro. Con el que es distinto. Con el que incomoda. Con el que llega. Especialmente con el que llega.
Porque si algo define el mensaje cristiano —no su estética, no su tradición cultural, no su utilización política— es una idea radical: el otro importa. Y no importa si es de los tuyos. Importa precisamente cuando no lo es.
Sin embargo, vivimos un momento en el que muchos de los que se reconocen como cristianos han sustituido esa incomodidad moral por una comodidad ideológica. Una fe sin conflicto. Una fe sin coste. Una fe perfectamente compatible con mirar hacia otro lado. Y eso sí que es nuevo, o no tanto.
Se habla de defensa de valores, pero se señala al diferente. Se invoca la identidad, pero se niega la acogida. Se apela a la seguridad, pero se recorta la protección. Se habla de familia, pero se olvidan los menores cuando no encajan en el relato. Y aquí es donde surge la contradicción. Porque no estamos ante un debate técnico. No es una discusión sobre modelos de gestión o sobre capacidad de acogida. Es algo mucho más profundo: es una cuestión de coherencia. ¿Qué significa hoy decir «soy cristiano»?
¿Es una etiqueta cultural? ¿Un posicionamiento político? ¿O es una forma de estar en el mundo? Porque si es lo tercero, entonces hay preguntas que no se pueden esquivar.
¿Qué haces con el inmigrante que llega? ¿Qué haces con el menor que no tiene red? ¿Qué haces cuando ayudar tiene coste?
No qué opinas. Qué haces. El cristianismo no se mide en declaraciones. Se mide en decisiones incómodas. Y aquí aparece otra de las grandes trampas de nuestro tiempo: la estética de la paz. Decir «No a la guerra» queda bien. Es limpio. Es compartible. Es cómodo. Pero la paz de verdad nunca ha sido cómoda. La paz exige decisiones. Exige asumir costes. Exige liderazgo.
Porque la paz no es solo la ausencia de conflicto: es la construcción activa de condiciones para que la vida sea digna, segura y posible. Y eso implica proteger, implica intervenir, implica tomar decisiones difíciles cuando toca. No basta con un «No a la guerra» si luego no hay una apuesta clara por la seguridad, por la estabilidad y por la defensa de quienes no pueden defenderse.
No basta con el gesto simbólico si no hay una acción de responsabilidad. Necesitamos dirigentes valientes, sí. Pero también ciudadanos coherentes. Personas que entiendan que la paz no es una pancarta: es una responsabilidad compartida. Sin seguridad no hay paz.
Y sin responsabilidad, tampoco. Pero aquí es donde el argumento vuelve a tensionarse.
Porque no se puede exigir firmeza en lo global y practicar la indiferencia en lo cercano. No se puede reclamar protección frente a amenazas externas y, al mismo tiempo, desentenderse del menor vulnerable que tienes delante. No se puede hablar de dignidad humana en conflictos internacionales y negarla en la puerta de casa. La coherencia no es selectiva.
En el Evangelio no hay demasiadas zonas grises en esto. No hay matices estratégicos ni marcos narrativos. Hay una línea bastante clara: estuve fuera y me acogiste. Estuve desprotegido y me cuidaste. No dice: estuve fuera y analizaste el impacto. No dice: estuve desprotegido y lo debatimos. Dice: me acogiste.
Y esto es incómodo. Mucho. Porque obliga a mirar de frente ciertas posturas que hoy se defienden con absoluta normalidad desde posiciones que, al mismo tiempo, se reivindican como defensoras de la tradición cristiana. No es una crítica ideológica. Es una pregunta moral. ¿De verdad todo encaja?
¿Encaja la dureza del discurso hacia quien llega con el mandato de acoger?, ¿encaja el recorte en protección a menores con la idea de cuidar al más vulnerable?, ¿encaja la construcción del miedo con el mensaje de paz?
Porque la paz no se construye desde el rechazo. La paz no se construye desde la exclusión. La paz no se construye desde el miedo. Pero tampoco desde la ingenuidad. La paz se construye desde la responsabilidad hacia el otro. Desde la protección. Desde la capacidad de tomar decisiones difíciles cuando es necesario.Y eso tiene consecuencias.
Quizá por eso es más fácil quedarse en la superficie. En la tradición, en la estética, en la procesión. En lo visible. En lo que no compromete. Pero la fe, cuando es de verdad, no es cómoda.
La fe te obliga a posicionarte cuando nadie te mira. Te obliga a actuar cuando no te aplauden. Te obliga a elegir entre lo que te beneficia y lo que es correcto. No se trata de señalar a nadie. Se trata de hacerse una pregunta sencilla, casi incómoda, justo en estos días en los que tanto se habla de fe: Si hoy tuvieras delante a aquel al que temes, al que rechazas o al que consideras ajeno… ¿lo reconocerías como prójimo?
Porque quizá la cuestión no es a quién votas. Ni siquiera lo que dices creer. La cuestión es si lo que haces se parece, siquiera un poco, a aquello que dices seguir.
«La paz sea con vosotros», pero que no se quede en la frase.
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