En el fútbol, como en la vida, casi nunca sobreviene el guion original. Decide la voluntad. Decide la suerte. Decide la realidad. Uno imagina una temporada a partir de los nombres ilustres. Los que salen en el neón. Los que parecen llamados a ganar el Balón de Oro. Luego empieza la película de verdad. Se lesionan dos. Desaparece otro. Y de repente entra en escena alguien que no estaba previsto para un papel relevante. Y resulta que sostiene la historia. Pasa en todos lados. Pasa, sobre todo, en los equipos que aspiran a todo. No basta con tener estrellas. Hay que sobrevivir a los capítulos en que no están.
Ahí aparecen los actores secundarios. El caso de Gerard Martín lo ejemplifica. Parecía, simplemente, un lateral izquierdo descartable. Y, sin embargo, ha encontrado su acomodo de titular. De aquel jugador que parecía de tránsito, a un central zurdo que transmite orden, fiabilidad y seguridad hay más que una mejora. Una revelación. A veces un futbolista no fracasa por ser malo. Fracasa por estar mal colocado. Hasta que alguien lo mueve. Y entonces encaja.
Cancelo
Cuando el equipo necesitaba un central zurdo, el casting trajo a un lateral con espíritu de extremo. Ese es Cancelo. Otro secundario. Su vuelta no se entendió. Aunque las lesiones de Balde y Kounde le otorgaron un sentido, convirtiéndolo en una solución de urgencia. Por esa ley no escrita del fútbol que obliga a improvisar cuando el plan inicial se agrieta. Y ahí asume relevancia, de forma súbita, un tipo que vive obsesionado en el lado inverso del campo en el que debería focalizarse.
Es la historia de un regreso inesperado, y no siempre deseado, con destellos que nos han venido muy bien. Sin olvidar sus constantes lagunas en defensa. Le basta un gesto técnico. Un desborde. Un pase tenso o un chut para cambiar la orientación del partido. Hasta Marcus Rashford, enclaustrado en un contexto difícil de entender para alguien tan talentoso como privilegiado físicamente, aporta algo igual de preciado cuando todo aprieta: el gol oportuno. Siempre a medio gas, sin continuidad, sin presión sostenida. Lo suyo es transitar por el partido de una forma insulsa hasta su impacto puntual. No es lo mismo. Pero también cuenta.
Mención especial
Por eso conviene realzar a los secundarios. Porque no son un adorno. Son una prueba de equipo. De carácter. De estructura. De verdad competitiva. Un gran equipo no es solo el que tiene figuras. Es el que convierte a los demás en piezas útiles. En recursos fiables. En soluciones reales. Y, aun así, toda gran historia necesita una estrella. Uno de esos que entiende el peso del foco y no se esconde. En el Barça, ese ya es Lamine. No por marketing. No por edad. No por promesa. Hoy ya por jerarquía.
Porque ha entendido antes que nadie algo esencial: que ya no le toca insinuar, sino decidir. Los secundarios han empujado al Barça hasta aquí. En la Champions, la diferencia la marcan los protagonistas principales. Y el nuestro se llama Lamine Yamal. En el teatro del fútbol y la vida, los secundarios tienen su función. Pero el espectáculo lo sostiene quien nació para ocupar el centro del escenario.












