El Barça casi sentenció la Liga, pero no nos engañemos, si pudo someter al Atlético en el primer capítulo de la trilogía fue solo porque la telaraña que fue tejiendo artesanalmente Lamine Yamal en la banda derecha terminó por ahogar fatalmente a su rival. Cuando los de Simeone se dieron cuenta de lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde: Lamine ya les había enredado con varias asistencias en vertical, un palo, algunos ‘slaloms’ memorables y la merecidísima expulsión que decantó el encuentro. Fue una actuación insólita tratándose de un jugador apenas mayor de edad, propia más bien de uno de estos sabios veteranos que saben que a los rivales duros como una roca solo se les tumba a través de la paciencia y de la percusión continua.
La euforia que Lamine provocó en todos los culés, que ya se relamen con el primer gran título ya a tiro, contrasta con el visible cabreo con el que la estrella blaugrana abandonó el césped del Metropolitano. Flick tuvo que surfear con el asunto en la rueda de prensa, que como siempre salvó impecablemente, refiriéndose a Lamine como un jugador «muy emocional», un hábil eufemismo para no decir que todavía tiene que aprender a contener las emociones. Puede que Yamal estuviera decepcionado porque no pudo marcar en una de sus mejores actuaciones, o simplemente puede que también empiece a descubrir que esto del fútbol a veces, solo a veces, también puede ser injusto, duro y desagradecido.
Hasta puede que arrastre todavía la frustración que le causó comprobar hasta dónde puede llegar la idiotez de su propia afición en la selección, coreando en contra de su religión. A menudo olvidamos, también los periodistas, que a Lamine le están sucediendo muchas cosas en muy poco tiempo. Vive en unas montañas rusas futbolísticas, sociales, económicas y hasta culturales que, si ya serían difíciles de digerir para una persona en su edad madura, imagínense para un chaval con apenas 18 años recién cumplidos.
Alguien dirá que forma parte del sueldo tener que aguantar críticas, oleadas de clickbaits y todo tipo de comentarios solo por abandonar con el semblante serio un terreno de juego. Pero a todos los que nos dedicamos a informar, opinar o comentar la actualidad del Barça nos toca también la responsabilidad de no actuar con Lamine como si ya tuviera 30 años. Estaría bien que nos hiciéramos cargo de todo lo que está viviendo y ayudar a que sea lo más feliz posible dentro de los límites de la deportividad y el civismo, valores que, por cierto, él siempre respeta.
Y estaría bien recordarnos entre todos que si Lamine es feliz, también lo será el Barça y, de paso, todo el planeta fútbol.













