Era primera hora de la mañana de este Lunes de Pascua y la estampa que se percibía en Elche era la de colas a las puertas de los hornos en busca de monas recién hechas mientras multitud de familias cargaban sombrillas, toallas y tuppers con tortilla para pasar una auténtica jornada de desconexión de las nuevas tecnologías en los parajes naturales.
El tiempo primaveral que se respiró durante toda la Semana Santa, haciendo relucir la multitud de pasos procesionales, volvió a repetirse este 6 de abril en un día que sabía a domingo, y con temperaturas que blincaron de los veinte grados.
Uno de los puntos que más afluencia registró fue Arenales del Sol y en concreto los merenderos del Clot de Galvany. El paraje natural ilicitano fue el enclave natural más solicitado, y para muestra un botón, ya que sólo había que observar la alta afluencia de visitantes que se desplazaron en coche.
Aunque a primeras horas de la mañana era relativamente fácil encontrar aparcamiento por la zona, conforme se fue acercando el mediodía la falta de plazas se hizo evidente, con lo que también se llegó a abarrotar la segunda línea costera, con un ambiente que, sin llegar al extremo de agosto, recordaba a los días de verano en los que puede llegar a resultar una odisea dejar el coche cerca del destino elegido.
Anécdotas del pasado
Ahora bien, lo importante era el trasfondo de la cita: pasar un día entre amigos y seres queridos, recordar anécdotas del pasado y dejar aparcadas las nuevas tecnologías por un día. El hecho de que haya poca cobertura en la zona también ayudó a conseguir una hermandad sin distracciones.
“Primero comemos tortilla y picoteo, y luego la mona con chocolate, ya después damos una vuelta y nos vamos a casa”. Así resumía Paqui Fernández el plan perfecto junto a sus amigas Ana Pagán y Mari Carmen Vidal, tres vecinas de Elche que cada año eligen una localización diferente entre el Pantano, la pinada de Guardamar o el faro de Santa Pola, otros de los puntos donde se veían también grupos en chándal y mochilas preparados para la magia que irradia este día.
“El día de la mona es algo de toda la vida”. Esta era la frase que, casi como un mantra, se repitió en la busca de muchos asistentes consultados por INFORMACIÓN. , casi como un mantra, en boca de muchos de los asistentes.
Eso sí, y entre bromas, también estaban los más reticentes: «A mí no me gusta especialmente, yo vendría cualquier otro fin de semana que está todo más tranquilo”, reconocía Antonio Sempere después de dar varias vueltas con el vehículo para encontrar sitio con tal de cumplir la tradición.
Juegos, bicis y comba
Había para quienes como Silvia González, natural de Alicante y residente en Arenales del Sol, el Lunes de Mona tiene un fuerte componente emocional ligado a la infancia. “Recuerdo venir al campo con la familia, llevarnos la comba, las bicis, hacer juegos… pasar el día entero juntos”, explicaba acompañada de sus hijos con tal de inculcarles esta costumbre para que no se pierda.
«Nos gusta juntarnos para que los niños vean otras cosas, no solo móviles o videojuegos. Que disfruten de otra manera”. Esta vecina reconocía que a lo largo de su vida ha probado distintos lugares, incluso casas de campo, pero veía que el Clot se ha consolidado como opción habitual porque le pilla cerca y es accesible, además de dar pie a estar en un lugar que simula el monte, con la pinada, y con la playa a escasos metros, el combo que para muchos era perfecto, ya que había quienes se llevaron libros o el parchís para pasar un rato entretenido.
Desde el barrio alicantino de San Gabriel había otro grupo numeroso que representaba la unión de generaciones, entre hijos, sobrinos y amigos “de toda la vida”.
Entre ellos María del Mar Jiménez, encargada de la panadería Calentito de su barrio, que además estaba especialmente contenta porque por primera vez en años podía librar un Lunes de Pascua. Aprovechó para explicar que el secreto de la mona está en la masa, que esté bien fermentada, «no hay más».
Otros expertos del sector coinciden, como desde la panadería La Magdalena de Torrellano, donde se experimentaron largas colas de residentes y visitantes en busca de la mona, un artículo que con el paso de los años ha ido evolucionando con multitud de variedades, formas y sabores.
Largas colas a las puertas de la panadería La Magdalena en Torrellano para recoger la mona este Lunes de Pascua / INFORMACIÓN
Desde este horno ilicitano se mostraban contentos de que tantas semanas de trabajo hayan dado sus frutos con la buena aceptación de las familias por este dulce típico, y más después de que el pasado octubre ganasen la III edición del Concurso de Monas y Toñas de la feria Alicante Gastronómica.
Ya desde los parajes este era el manjar más preciado, transportado cuidadosamente en neveras junto a las tabletas de chocolate, y no pudo faltar el ritual del huevo por el que los más pequeños de la casa hacían de las suyas para esclafárselo a primos, tíos o a los padres cuando estaban desprevenidos.
Normativas más estrictas
Entre los presentes había quienes miraban atrás y recordaban una forma de celebrar la mona que hoy ya no es posible. “Antes veníamos a la zona de la ermita del Rosario, y aquello era otra cosa”, rememora uno de ellos que incluso recuerda cómo incluso se instalaban tiendas de campaña y se hacían barbacoas, en unos tiempos en los que encender fuego estaba permitido hasta que se restringió por protección del litoral, trasladaba José Javier Baeza, de Santa Pola.
Convivencia
Ese carácter inmutable de la cita, entre dunas, pinos y niños correteando con pelotas, lo defendió especialmente una familia en la que conviven varias generaciones y que forman parte de la Hoguera Sant Blai de Dalt de Alicante. José Espín, el miembro más veterano, llegaba a aportar incluso una pincelada histórica: “La mona viene de la ‘muna’ árabe, o sea que hablamos de siglos de tradición”.
Para él, poco ha cambiado: “Se sigue viniendo con los hijos y los mayores a pasar el día, no ha cambiado casi nada”. Sus hijas, sin embargo, introducían un matiz más contemporáneo: el valor de la desconexión. “Es como volver a antes, al campo, a estar juntos sin el móvil”, coincidían las jóvenes.
Aunque el Clot fue uno de los epicentros, no todas las familias optaron por la pinada, ya que había una parte que buscaba tener más espacio libre aprovechando que todavía no hay masificación en las playas, como apuntaba Tomás García y Sandra Martínez, que decidieron este año cambiar el escenario por el Carabassí.
“Queríamos algo diferente. Hace sol y apetece playa”, explicaban. Eso sí, costaba más ver a familias al completo con la mona entre la arena, como era el caso de Yonger Taboada y Katherine Gómez, venidos de Venezuela y que, residiendo en Elche de la Sierra, acudían con sus hijas para, simplemente, pasar un día de playa aprovechando el festivo, ya que exponían que en su país de origen no tienen costumbre de la mona.
Esa preferencia por la costa también la compartieron otras familias, que buscaban evitar aglomeraciones. «Nuestro plan era madrugar, prepararlo todo, comernos unas patatas fritas, tomarnos una Coca Cola con la mona y para casa a comer», apuntaba un grupo de vecinos ilicitanos. En conclusión, una jornada que se vivió de formas infinitas pero en la que la esencia estaba en todas: compartir.
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