Reconozca que Giorgia Meloni le cae menos antipática que cuando ascendió cuatro años atrás a primera ministra (ver más adelante), o nada de esto tendrá sentido. Se convirtió en la mujer más odiada de España en un mitin a voz en grito de Vox en Marbella, en vísperas de las penúltimas andaluzas, donde el veredicto fue que exageraba incluso a Macarena Olona. No se reparó tanto en que había hablado media hora en castellano, cuántos políticos españoles pueden devolverle la moneda.
A la ultraderecha, perder una votación es un contrasentido, porque las urnas se cierran en vez de abrirse. Sin embargo, la entusiasta de Mussolini le ha cogido apego a la democracia, y se montó un referéndum abstruso sobre la separación de jueces y fiscales. Si le consultas al pueblo una pregunta enrevesada, se pronuncia sobre la autora de la propuesta. Y salió no, el desaire inaugural a la primera autócrata occidental, Margaret Thatcher no se atrevió a tanto.
Italia inventó a Trump, salvo que lo llamó Silvio Berlusconi. Su hija Marina Berlusconi amenaza ahora la continuidad de Meloni, con el pretexto del referéndum fallido. Sin embargo, el auténtico idilio transatlántico de la primera ministra (ver más adelante, pero ya se acerca) tuvo como galán a Joseph Biden. Fueron Ginger Rogers y el abuelo de Fred Astaire.
En una escena memorable, Meloni aguarda en soledad al aire libre ante las cámaras, mientras Biden busca infructuosamente la puerta que le conduzca hacia la italiana. El reencuentro es digno de Hollywood, la estrella diminuta pronuncia sonriente y en perfecto inglés una frase llena de cariño a su enamorado protector impuntual:
—No se hace esperar a una dama.
(Aquí llega el género lingüístico). El castellano habla orgulloso de ‘la primera ministra’, salvo que España nunca ha tenido ninguna. En Francia retuercen en ‘señora ministro’, y la líder de Fratelli exigió el título masculinizado de ‘el primer ministro’. Se alineaba con Berlusconi burlándose de la ministra de Defensa española que revistaba las tropas con el panzone, la embarazada Carme Chacón.
Meloni ha afilado los colmillos tras perder el referéndum, como si la suavización de sus modos correspondiera a un estupor pragmático.
Compartió ruedas de prensa con Pedro Sánchez, porque el asimétrico cordón sanitario solo destierra a Vox, y ambos deben revalidarse en 2027. Desde la derrota en la consulta italiana, también comparten el sobresalto de que cada tropezón se interpreta como un síntoma de elecciones anticipadas.
Hoy se gobierna a trompicones, a trancas y barrancas, el bofetón del 54 por ciento de los votantes ha interrumpido el tránsito acelerado de Meloni hacia la democracia cristiana. Ya había depositado flores en la tumba de los partisanos que aplastaba su caro Mussolini, ningún viraje es inverosímil en la alta política.
Meloni es la única gobernante triunfal en el trío de las grandes damas, como diría ella misma, de la ultraderecha. Viene escoltada por Marine Le Pen, a quien se le discute judicialmente la carrera electoral, y la Alice Weidel de Alternativa por Alemania, anclada en los porcentajes de Vox.
Por definición, la ultraderecha debería ser monolítica, inamovible, sin matices. Tal vez las mujeres que encabezan la floración extremista también propiciarán su endulzamiento, porque sorprende escuchar a Le Pen asombrándose de que «nadie ha explicado para qué es esta guerra«. Meloni se ha beneficiado asimismo de la dédiabolisation o ‘pérdida de satanización’ que caracteriza a Reunión Nacional en Francia. La primera ministra italiana dispara la disyuntiva sobre si el poder cambia o si se ha de cambiar para mantener el poder.
Antes de pisar la mina del referéndum, Meloni había asimilado el adagio «haces campaña en poesía, gobiernas en prosa» que acuñó Mario Cuomo, el legendario gobernador de Nueva York de evidente origen italiano. Pese a su categoría indiscutible y a la acogida popular, nunca concursó a la Casa Blanca por temor a que se investigaran sus posibles conexiones con la mafia.
Este perfil se oscurece en su ocaso, porque también hay capítulos a explicar en los orígenes de Meloni, una primera ministro italiana con un padre que fue condenado por narcotráfico en Mallorca. Cada mes se anuncia la llegada a la isla de otro periodista transalpino, que desentrañará los vínculos de Francesco Meloni con la hija que asegura que rompió amarras con su progenitor, tan radicalmente como acostumbra.
La familia sigue siendo el ingrediente esencial de la política latina.
El narcopadre, la todopoderosa hermana Arianna Meloni, el novio Andrea Giambruno que aprovechaba el vínculo para conquistar a otras mujeres.
Esto no se le hace a una dama, pero Georgia Meloni milita de ultrasuperviviente.













