Cada vez que aparece un dato sobre jubilaciones masivas de autónomos, hay quien lo interpreta como si fuera el certificado de defunción del pequeño comercio. Es un error. Lo que esas cifras reflejan no es la inutilidad del comercio, sino precisamente lo contrario, que una parte esencial de nuestra economía está llegando a una edad crítica sin que el relevo se haya organizado a tiempo. UGT y UPTA han alertado estos días de que más de 16.000 autónomos de Balears se jubilarán en los próximos cinco años, en un contexto en el que más del 17% del colectivo supera ya los 60 años. La cifra impresiona, pero no debería empujarnos al fatalismo, sino a la reacción.
Porque el problema no es que el pequeño comercio haya dejado de tener sentido. El problema es que durante años se ha actuado como si pudiera sobrevivir solo, sin políticas de transmisión, sin incentivos suficientes, con costes crecientes, burocracia asfixiante y una competencia muchas veces desequilibrada. Cuando un negocio viable cierra únicamente porque su titular se jubila y nadie le releva, no estamos ante una evolución natural del mercado. Estamos ante un fracaso colectivo.
Los datos de fondo desmontan el discurso derrotista. Funcas recuerda que las pymes, incluyendo a los autónomos, representan el 99,8% del tejido empresarial español y generan el 62,1% del empleo empresarial. Es decir, no estamos hablando de una pieza marginal o sentimental de la economía, sino de su base real. Y el Banco de España insiste en la importancia estructural de las pymes y en la necesidad de mejorar su acceso a la financiación. Cuando se habla del pequeño comercio, por tanto, no se habla del pasado, se habla del corazón económico del país.
La tesis de que «el pequeño comercio no tiene futuro» choca con la realidad cotidiana. La tienda de barrio sigue ofreciendo algo que ni las grandes superficies ni las plataformas digitales pueden replicar del todo, cercanía, conocimiento del cliente, capilaridad urbana, vida en las calles y servicio inmediato. En una comunidad como Balears, donde la actividad económica depende tanto de la densidad comercial, del tejido local y de la calidad del entorno urbano, perder pequeño comercio no solo significa perder negocios. Significa perder ciudad. Significa perder barrios. Significa perder autonomía económica local. Esa dimensión social y territorial del comercio de proximidad es la que demasiadas veces se ignora cuando todo se reduce a tamaño, escala o precio.
Naturalmente, defender el futuro del pequeño comercio no significa idealizarlo. No todo negocio es viable, ni todo establecimiento puede transmitirse sin adaptación. Muchos necesitarán digitalización, cooperación, reformas en su gestión y mejores condiciones de financiación. Pero precisamente por eso el debate serio no es si el pequeño comercio merece sobrevivir, sino qué hay que hacer para que los negocios viables no desaparezcan por abandono institucional o por falta de mecanismos de relevo. El envejecimiento que describe el Banco de España reduce el dinamismo del mercado laboral; la respuesta inteligente no es resignarse, sino facilitar entradas nuevas allí donde hay actividad, clientela y conocimiento acumulado.
Balears no necesita dar por muerto al pequeño comercio. Necesita entender que está ante una transición. Y toda transición puede acabar en decadencia o en renovación. Si se facilita la transmisión del negocio, si se apoya al autónomo consolidado, si se incentiva al joven que emprende, si se abre la puerta a quienes quieren invertir trabajo y arraigo en un establecimiento ya funcionando, el pequeño comercio no solo tiene futuro, tiene una oportunidad enorme. Lo que está en juego no es la nostalgia de un modelo antiguo. Lo que está en juego es si queremos una economía con raíces o una economía cada vez más uniforme, más dependiente y más vacía.
El pequeño comercio tiene futuro porque sigue siendo útil, cubre necesidades, es productivo y socialmente necesario. Lo que no tiene futuro es seguir tratándolo como si pudiera sostenerse solo mientras todo lo demás juega en su contra. El día que entendamos eso, dejaremos de hablar de pequeño comercio como una reliquia y volveremos a verlo como lo que realmente es, una infraestructura económica y cívica imprescindible.













