Se habla mucho estas semanas de ilusionar a los votantes de izquierdas, como si fueran personas desganadas que han perdido la alegría de vivir. Pero la verdad es que muchos potenciales votantes de izquierdas, más que desilusionados, están hartos desde hace tiempo de que las fuerzas que deberían trabajar por defender sus intereses antepongan los egos y enfrentamientos, mientras ven con temor cómo las extremas derechas (en sus distintas versiones y acabados) no paran de avanzar como apisonadora sobre el asfalto implantando su agenda reaccionaria.
Pero al igual que sucede en las parejas, la ilusión que la izquierda quiere recuperar se gana con una sana convivencia, a través de un horizonte compartido, por medio del respeto mutuo y sabiendo que hay una vida en común por delante, a pesar de las dificultades. Todo lo contrario de lo que los partidos de izquierda llevan años haciendo entre ellos y con sus votantes, más preocupados por el reparto de sus puestos en las candidaturas que por comprender y dar respuesta a los problemas de la gente en los barrios, cuando hace la compra o al tener que buscar un alojamiento.
Y mientras las izquierdas han dedicado cantidades ingentes de energía a pelearse, desacreditarse y enzarzarse en discusiones estériles sobre aparentes purezas ideológicas, la extrema derecha posdemocrática ha seguido avanzando con su agresiva agenda de erosión del Estado y de las libertades, llegando a sectores y grupos en los que nunca pensábamos que encontrarían apoyos. No es exagerado afirmar que una parte importante de esos votantes de izquierda desmovilizados y desilusionados dejaron de acudir a las urnas hartos y asqueados de tantas luchas y divisiones entre las fuerzas políticas que sienten que les han abandonado, viendo como elección tras elección eran incapaces, siquiera, de concurrir en candidaturas conjuntas o alcanzar alianzas que permitieran obtener representación y evitar su irrelevancia en un momento tan histórico como el que vivimos.
Quien ha sido capaz de leer y comprender este momento tan delicado ha sido Gabriel Rufián, un político singular que ha ganado un indiscutible protagonismo político y mediático en los últimos tiempos con sus intervenciones certeras, su lenguaje directo y un uso de las redes sociales cercano a la gente joven. La propuesta que Rufián ha hecho representa, sin duda, todo un revulsivo para las fuerzas de izquierda en España, históricamente divididas, emocionalmente peleadas y políticamente enfrentadas: lograr una formación de corte confederal que desde posiciones de izquierda asuma la plurinacionalidad de España para luchar e impedir, junto con el PSOE, el avance de los gobiernos de extrema derecha promovidos por PP y Vox.
Esta propuesta contiene numerosos elementos políticos novedosos, aunque también no pocos riesgos para su articulación, si bien, haber formulado una iniciativa de esta naturaleza que está removiendo el adormecido panorama en la fragmentada y dividida izquierda representa un importante revulsivo.
Que uno de los líderes del procés independentista catalán sea quien se atreva a plantear una iniciativa semejante a nivel de todo el Estado y asumir su posible liderazgo tiene un riesgo incuestionable, aunque también es una muestra del trabajo de pacificación que se ha llevado a cabo en Cataluña por la vía democrática, algo que con frecuencia pasamos por alto. Situar la plurinacionalidad en el centro del discurso de esta propuesta, a diferencia de lo que han hecho otras fuerzas de izquierda, es un paso importante para incorporar a la construcción del Estado a un abanico de fuerzas nacionalistas que vienen trabajando de manera importante en el impulso de una agenda social progresista en España, especialmente en momentos de crisis como las muchas que se han vivido. Al mismo tiempo, se plantea con claridad que hoy en día solo se podrá frenar el avance de la extrema derecha en España mediante acuerdos de gobierno con un PSOE que necesita de una izquierda vigorosa y con el que tienen que aprender a cohabitar. Y por último, también hay que mencionar la importancia de construir una fuerza unificadora e integradora que huya de los vetos, fobias y rechazos históricos que desde hace décadas se lanzan las fuerzas de izquierda.
Sin embargo, la simple posibilidad de que la extrema derecha llegue al Gobierno del Estado no sirve como revulsivo, ni para movilizar a todo el electorado descontento, ni mucho menos para disciplinar a unas fuerzas de izquierda que llevan tanto tiempo enfrascadas en divisiones y luchas intestinas, sin trayectoria de trabajo en común y recreándose en sus dinámicas partidarias egocéntricas. La simple suma de siglas y de liderazgos no basta para construir un proyecto político común, de la misma forma que el todo no es la simple suma de las partes, si no se acompaña de un proyecto compartido verdaderamente transformador que visibilice su capacidad real de cambio social.
“Menos pureza y más cabeza”, pregonaba Rufián recientemente al explicar su propuesta política, aunque me temo que para impulsar la movilización de esa izquierda desilusionada y desmovilizada se necesita mucho más que eso. Podrían empezar por articular un espacio de trabajo en común que visibilice el respaldo a la democracia, la paz, el estado y los servicios públicos, la convivencia y la justicia social, cercano a la gente y a los trabajadores y que comprenda sus miedos e incertidumbres.
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