Tras la estampa inédita del año pasado del canto del Miserere en la plaza de la Catedral, en esta ocasión el Jesús Yacente volvió a la plaza de Viriato, en andas y lento caminar de los cargadores mientras resonaban las voces del coro. La imagen de este 2026 fue de nuevo atípica, en este caso por las obras del Parador de Turismo que condicionaron la presencia de público, menor de lo habitual en esa zona de la plaza, con la valla blanca de la obra visible.
Los cerca de 150 hermanos y cantores cumplieron con el ritual y comenzaron a entonaron, a las dos menos diez de la madrugada, el «Miserere meus dei…» que rompió el silencio con el que el público recibe ese cortejo de entierro de Cristo que imita la procesión del Yacente.
Previamente, el desfile salió del convento del Tránsito, como ya hiciera hace tres años, para emprender un recorrido en el que brilló más aún si cabe la plasticidad de la comitiva, al recorrer calles estrechas del casco histórico. Estampas de gran belleza, como el paso en penumbra bajando por el arco de Doña Urraca o la empinada subida por la costanilla de San Antolín adentrándose en el barrio de La Lana, contribuyeron al aura de una procesión icónica de la Pasión zamorana. Lo ajustado del recorrido hizo que mientras la cabeza llegaba de nuevo a la calle Feria, solo unos metros más adelante se encontrase la cola con el Yacente.
El paso por dos veces por San Bartolomé dio cuenta de la dificultad, tanto de bajar como de subir esa cuesta, especialmente dura para los tres penitentes que llevaron arrastrando al hombro las pesadas cruces de madera de 33 kilos. La de penitencia, que está solicitada hasta el año 2084 y que este año llevó un hermano del Yacente que la pidió hace más de dos décadas; y luego las dos de los mayordomos, ya cerca de la llegada del Yacente y de los hermanos del último cordón. La disposición por cordones y la rotación cada año para ir más adelante o atrás en el desfile según el color es una de las singularidades de esta procesión.
Además, como establece la hermandad, los de nuevo ingreso que desfilan por primera vez tienen el privilegio de procesionar detrás del Cristo muerto. Este año, gracias a que el tiempo acompañó, no fue necesario utilizar la urna acristalada a la que se recurre los años en los que la lluvia amenaza, para resguardar la talla de realismo desgarrador, esculpida en madera en el siglo XVII por Francisco Fermín.
El Yacente fue llevado en andas, este 2026 con el sudario blanco, en una mesa con parihuelas de color rojo, guiado por David Rivera como jefe de paso, que tuvo que dar indicaciones a los cargadores en los tramos de mayor dificultad, como en el paso por el arco de Doña Urraca.
El desfile rememoró un año más el recuerdo de los fallecidos de la hermandad, con el libro de difuntos. Igualmente, los niños más pequeños, con los doce años ya cumplidos, se encargaron de llevar la corona de espinas y los clavos de plata.
La campanilla del viático puso otro de los elementos característicos de la noche del Jueves Santo, en la que los caperuces de estameña blanca más altos de la Semana Santa, de 90 centímetros, volvieron a recorrer la ciudad en un triste desfile junto al Yacente. Ten piedad de mí, oh Dios.














