Dicen las malas lenguas que el 4 de octubre del 1957 alguien irrumpió en un despacho de la Casa Blanca y anunció a gritos que la Unión Soviética había lanzado un objeto esférico que estaba dando vueltas al planeta mientras emitía un pitido constante. La noticia horrorizó al entonces presidente Eisenhower quien, en plena Guerra Fría, temía que aquello pudiera ser un ataque soviético. Pero la realidad es que, según se descubrió más adelante, ese enigmático aparato era el satélite ruso Sputnik, el primer objeto artificial jamás lanzado al espacio.
El susto causado por ese lanzamiento abocó a Estados Unidos y a Rusia a una feroz competición para ver quién tenía más capacidades técnicas, económicas, industriales (y militares) para conquistar la frontera espacial. Mucho se ha hablado de cómo la Guerra Fría impulsó la primera carrera a la Luna. Pero ahora, medio siglo más tarde, mientras asistimos al despegue de Artemis, todo apunta a que el arranque de la segunda gran carrera espacial arranca en un contexto aún más complicado y marcado, sobre todo, por el caótico e imprevisible huracán Trump y su lucha frente a China.
Como decía Carl Sagan, hay que conocer el pasado para entender el presente. Sobre todo en el caso de historias que se repiten como es el caso de la carrera espacial. En la década de los sesenta, en los albores de los programas espaciales, Washington y Moscú se enzarzaron en una competencia científica y tecnológica para intentar demostrar su «superioridad» y, de forma sibilina, demostrar que su complejo industrial y potencia militar era superior a la de sus contrincantes. En 1958, tan solo unos meses después de que Rusia lanzara su primer satélite al espacio, Estados Unidos fundó la NASA. Después, en 1961, cuando se supo que los soviéticos habían enviado un hombre al espacio, Yuri Gagarin, John F. Kennedy pronunció su histórico discurso prometiendo que enviaría un hombre a la Luna en menos de diez años. Y a partir de ahí, ambas superpotencias se volcaron en la causa para ver quién conseguía plantar antes su bandera. Porque al fin y al cabo, más allá del relato simbólico, conquistar el espacio también era un claro símbolo de poder político y estratégico.
En la primera gran carrera a la Luna se movilizaron hasta 300.000 millones de dólares con el respaldo de la clase política, económica, industrial de la época y, sobre todo, el apoyo de la mayoría social
El despegue de la primera gran carrera hacia la Luna movilizó entre 15.000 y 30.000 millones de dólares de la época que, al cambio, corresponderían a entre 150.000 y 300.000 millones de dólares actuales. Esta ingente inversión económica fue posible gracias a que tanto Moscú como Washington contaban con el respaldo mayoritario, por no decir unánime, de toda la clase política, económica e industrial de su entorno y, sobre todo, con el apoyo de la sociedad. Las encuestas de opinión de la época, de hecho, muestran que en el arranque del programa Apolo casi el 70% de los ciudadanos estadounidenses se mostraban favorables a invertir lo que hiciera falta en la carrera espacial para ganar la pugna frente a Rusia. Pero después, una vez logrado el primer alunizaje y la imagen de Armstrong pisando la Luna, el furor por el espacio empezó a disiparse y la gente empezó a mostrarse molesta con este tipo de proyectos tan costosos. Fue entonces cuando, una vez perdido el elemento de competición y el apoyo social, y con conflictos como la guerra del Vietnam en auge, la carrera espacial se empezó a desdibujar del todo y ya nadie quiso viajar a la Luna.
La nueva carrera lunar
Medio siglo más tarde, en un mundo radicalmente distinto, todo apunta a que estamos asistiendo al despegue de una segunda carrera a la Luna en la que, lejos de aspirar a plantar solo una bandera, se compite para crear las primeras colonias humanas permanentes en el suelo lunar y hasta posibles plataformas para saltar a Marte.
En este caso, la pugna es entre Estados Unidos y China y, en cada caso, sus respectivos aliados tanto políticos como empresariales. Pekín afirma que cuenta con un plan «a cien años vista» para colonizar el espacio, avanzar en proyectos de minería espacial y crear un centro de investigación en la Luna antes de 2030. Todo ello, con el respaldo unánime de Xi Jinping y de todo su gobierno. En Estados Unidos, en cambio, los programas de exploración espacial han cambiado mucho en los últimos años, sobre todo en función del gobierno, y ahora, con la llegada de Trump, están sometidos a un caos sin precedentes.
China ha presentado un plan a cien años vista para conquistar el espacio y afirma que movilizará de forma constante recursos, mientras Estados Unidos lleva años cambiando su estrategia
La semilla del programa Artemis se plantó a comienzos de la década de 2010, durante la presidencia de Obama, cuando se replantearon los objetivos de la exploración espacial tripulada y se sentaron las bases para un eventual regreso a la Luna. En 2017, durante el primer mandato de Trump, se formalizó la creación del programa Artemis con el objetivo explícito de enviar astronautas al satélite terrestre. Posteriormente, durante la Administración de Joe Biden, el programa se mantuvo como eje central de la política espacial.
En 2025, tras el regreso de Trump a la presidencia, se produjo un verdadero terremoto. El republicano primero impulsó una política de recortes presupuestarios en la NASA. Después, influido por Musk, planteó priorizar la exploración de Marte sobre la Luna. Y finalmente, tras la pelea con el fundador de SpaceX, volvió a respaldar la estrategia de enviar astronautas a la Luna y avanzar hacia el establecimiento de una presencia humana permanente allí. Aunque sigue habiendo la duda de si esta promesa se cumplirá o cambiará de nuevo ante el siguiente enfado de Trump.
A diferencia de lo que ocurrió en los años sesenta, cuando había un verdadero fervor social por el espacio, el arranque de esta nueva carrera espacial está pasando desapercibido para la opinión pública. En gran parte, porque coincide con una situación geopolítica compleja marcada por multitud de crisis simultáneas. Las misiones a la Luna arrancan teniendo de telón de fondo conflictos como la guerra de Irán, las disputas por el petróleo y el gas, el miedo a una recesión económica global, el sangrante conflicto árabe-israelí y un sinfín de problemáticas humanitarias, sociales y hasta climáticas que configuran un escenario de incertidumbre constante. En este entorno, la exploración espacial compite por la atención de la gente frente a preocupaciones más inmediatas y tangibles para la ciudadanía. Y eso ha hecho que, al menos por ahora, el sueño del espacio y de una segunda carrera a la Luna esté perdiendo parte de su magia.
Suscríbete para seguir leyendo













