«Cuento cosas y escucho bien», dice Ana Milán (Alicante, 1973) en su perfil de Instagram. Yo no sé si escucha bien, regular o mal, pero sí que no para de contar historias allá por donde va. Tiene anécdotas para todo tipo de foros y de personas. Y es de las que sientan cátedra cuando abren el pico. Siempre segura de sí misma, siempre con el consejo indicado para quien se le ponga por delante; porque tu problema lo ha tenido ella antes, y lo solucionó mucho mejor de como lo vas a hacer tú.
Hace poco que estrenó ‘Ex. La vida después’ en Cuatro, un programa de entrevistas que le sirve como excusa para sentarse con una semejante —otra persona divina de la muerte— para descubrir ante el vulgo el secreto del amor, de la felicidad y de lo que haga falta. Su primera invitada fue Rosalía, que lleva unos meses intentando venderse como monja, y hablaron mucho de la fe, claro. «Hay algo profundamente revolucionario en sentarse a hablar. Sin prisa. Mirándose a los ojos. Sin saber qué efecto tendrán en ti las palabras del otro», escribió el día que se emitía el primer programa. Si viviéramos todos con esta intensidad, habría cola en los puentes para tirarse al vacío.
La siguiente invitada fue Tamara Falcó. No va de monja, pero sí de niña pija católica, como bien saben. Lo interesante de esta historia es cómo encaja su marido, Íñigo Onieva, en su relato, pero tan solo dijo que su reconciliación fue el «milagro» de un santo. Lo que tú digas.
Ana Milán no siempre fue así. El gran público la conoció cuando interpretó a Victoria de la Vega en ‘Camera Café’, una profesional muy seca y más chula que un ocho. Lo hizo bien porque suelen caerle papeles así desde entonces. Otro de sus grandes trabajos fue el de Sandra de la Vega, la hija de uno de los fundadores de una revista en la telenovela ‘Yo soy Bea’, en donde termina trabajando de limpiadora sin que nadie se entere, ya que se pone peluca. Aquello fue demencial, como cuando nadie era capaz de reconocer a Clark Kent como Superman por el simple hecho de no llevar las gafas puestas. También tuvo su historia en ‘Física o química’. No sabría decir si su carrera iba para arriba o para abajo hasta que tuvo su aparición estelar en ‘Paquita Salas’. Eso sí que es un punto positivo.
La pandemia le vino muy bien. En aquellos meses de encierro, Milán comenzó a hacer directos desde casa en Instagram en los que contaba su vida a quien quisiera escucharla, que era mucha gente porque nadie podía salir a la calle. Entonces se descubrió a sí misma como narradora, con toques de ‘coaching’ para mujeres que anden un poco perdidas. Cada semana aumentaba en miles y miles sus seguidores. Cuando todo el mundo pudo volver a sus rutinas prepandémicas, la industria del entretenimiento ya tenía planes para esta actriz y creó una serie para Atresplayer llamada ‘ByAnaMilán’ en la que ella aparece en cada toma. Para mí lo preocupante es que se emitiera una segunda temporada.
Esta señora se ha convertido en la versión 2.0 de los libros de autoayuda que hablan de las personas vitamina. Si en los noventa se llamaba a la tarotista de madrugada, en estos tiempos lo que se hace es enchufarse al podcast de Ana Milán que, efectivamente, no tardó en llegar.
En 2022 lanzó ‘La vida y tal’ con el servicio de suscripción Podimo. No estaba sola, la acompañaba el simpático Sebastián Gallego, presuntamente buen amigo. Los dos llenaron un buen número de teatros a lo largo y ancho de la geografía española aconsejando al público —sobre todo, femenino— sobre qué hacer ante sus problemas personales, generalmente relacionados con su pareja. Consejos con vestidazo y mucho tacón. Bien de sofisticación. Bien de intensidad. Es innegable el magnetismo que tiene Ana Milán y la potencia comunicadora. Un servidor estuvo en uno de sus espectáculos y vi similitudes con una misa góspel.
El año pasado se rompió el dúo con Gallego. Según algún que otro tertuliano del que no me fío, se enfadaron y ella faltó a su cumpleaños, algo que para él es imperdonable. Ahora la intérprete sigue con el podcast y va cambiando de ‘amigo’ en cada programa. Así seguro que le duran más.
Y mientras sigue girando con el ‘La vida y tal’, va alojándose en hotelazos divinos que muestra en sus redes sociales con el ‘hashtag’ #publi. Hace unos días estuvo en el País Vasco. «Bilbao tiene ese punto de elegancia sin esfuerzo… como quien no necesita demostrar nada porque ya lo es», dice en su post, acostada en la cama con una taza de café y enjoyada viva. A mí me encanta Bilbao y su ‘Aste Nagusia’, pero algo me dice que Ana Milán y yo no nos hospedamos en los mismos lugares.













