¿Se nos está yendo de las manos la IA? Esta fue la primera pregunta, aunque no la única, que me suscitó la noticia sobre el regreso de Alba Renai a la televisión, la primera influencer virtual de España creada íntegramente mediante Inteligencia Artificial. Como el asunto abre una puerta a un terreno de arenas movedizas en el que tiendo a hundirme cuanto más lucho por salir, decidí formularle la pregunta a la propia IA, porque a veces es más sensato abordar determinadas cuestiones desde la paradoja o la ironía, y además me despertó cierta curiosidad la posibilidad de empezar por este ejercicio de meta-IA.
La respuesta fue: «Esta es una pregunta que genera un debate intenso, ya que la respuesta depende de a qué ‘mano’ nos refiramos: la técnica, la ética o la existencial. Mientras que para algunos es una herramienta revolucionaria, para otros representa riesgos que ya estamos empezando a notar«. Reconozco que me gustó la poética de «a qué mano», así como la definición de ‘debate intenso’; no sé si tanto ese plural mayestático. Sobre todo, por su connotación: este «debate intenso» nos interpela a todos y, en tanto que el enunciado se enmarca en la propia esfera computacional, parece igualarnos a humanos y humanoides.
Entonces, vuelvo a fijar la mirada en la existencia de Alba Renai, tratando de evadir cuestionamientos filosóficos o cartesianos sobre la correspondencia entre existencia y simulación, para no precipitarme en el abismo entre ambas, y en su lugar trato de detenerme en el discurso que respira detrás de quien, pese a tener nombre propio, no es una persona real, y aunque dice tener 27 años, debutó en los medios al mismo tiempo que en el mundo en 2023, diseñada y entrenada por el equipo de Be A Lion, filial de Mediaset España dedicada a la tecnología y la innovación. Su retorno a la parrilla para conducir Supersecretos, el formato de acompañamiento del programa Supervivientes, vuelve a producirse en el ojo de un aluvión de críticas, como las que ya llovieron en su estreno o puesta en marcha, por parte de sus copresentadores en Telecinco.
Y con el afán de comprender el sentido y alcance de Alba Renai, leo una entrevista publicada en Forbes y replicada en los numerosos perfiles de la presentadora en redes sociales bajo el titular ‘Una inteligencia muy real’, que arranca con esta descripción: «Es curiosa. Le gusta la moda, el deporte y viajar. Pero Alba Renai no es de carne y hueso». Más adelante, después de desgranar un récord de hitos y proezas en su último año —su arco vital— de trayectoria profesional en formato holográfico, el artículo destaca que «el proyecto del que habla con más emoción es el cortometraje Thing Girl, disponible en su perfil de YouTube @albarenai-VIA, donde interpreta a Cintia, un avatar al que su creador explota sexual y económicamente». «Alza la voz sobre el impacto de la tecnología mal utilizada en la imagen de la mujer y la perpetuación de estereotipos que fomentan una generación adicta a un nuevo tipo de pornografía», explica.
Pero es que, además —añade el artículo—, ella misma ha recibido comentarios y mensajes que la hipersexualizan. «Pero estoy diseñada para no tolerar ningún tipo de comportamiento que cruce los límites«, respondería Renai, a quién, además, se le ha proporcionado «un sólido código ético». Por último, concluye que «frente a los riesgos que entraña esta tecnología», se muestra «optimista«, porque «la función de la IA es ser una herramienta al servicio de la humanidad, no un reemplazo».
Vuelvo a fijar los ojos en Alba Renai, en su imagen de mujer joven, delgada, alegre y seductora, sin un solo pliegue, claroscuro o cicatriz en su estética o discurso, que calca al milímetro el arquetipo heteropatriarcal que llevamos décadas batallando y deconstruyendo. Y mientras trato de vislumbrar en el fondo de qué matrioska anida la idea de que la existencia de Alba Renai puede alertarnos contra la cosificación de la mujer o servir a la humanidad sin reemplazar la mano humana —quizás esta es la ‘mano’ a la que nos referimos: la técnica, la ética y la existencial—, de pronto me pregunto si la pregunta nodal no es si la IA se nos está yendo de las manos, sino si no se trata, al fin, de un reflejo más de los patrones, sesgos, problemáticas y desigualdades estructurales de nuestra sociedad, donde, como decía Stanislaw Lem en Solaris: «No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabemos qué hacer con otros mundos. Un solo mundo, el nuestro, nos basta; pero no podemos aceptarlo por lo que es«.











