La experiencia de comprar una vivienda nunca ha sido sencilla. Hace cinco, diez, quince o veinte años… hacer frente a una operación de dicha envergadura siempre ha supuesto un reto, por la capacidad de ahorro, las relaciones con los bancos y, sobre todo, el contexto económico de cada época.
EL PERIÓDICO ha recabado los testimonios de cuatro personas, dos en Madrid y dos en Barcelona, que han vivido la experiencia de comprar un piso con unos 30 años de diferencia –unas a finales de los años 90 y otras en el presente– para comparar experiencias, plazos y necesidades de ahorro.
Liz (63 años): «Ahora mismo no tengo claro si podría comprar un piso»
Liz Sánchez, barcelonesa de 63 años, compró su piso en la zona de La Sagrera en 1993. Según relata, los precios «oscilaban entre los quince millones y los treinta, o incluso más». En aquel momento vivía en la zona de Virrei Amat, y su idea era permanecer allí, o como alternativa, en Sant Andreu.
Sin embargo, su expectativa quedó truncada por los altos precios. Tuvo que conformarse con la zona de La Sagrera. “En aquella época ya se hablaba de estación del AVE, pero era una zona totalmente dejada: aceras estrechas, sin comercios… no había ni un supermercado cerca”, recuerda.
Los pisos que le cuadraban eran inalcanzables. Tras mucho buscar, terminó encontrando una oportunidad en La Sagrera. Se trataba de una promoción de pisos de segunda fase, pues los primeros ya se habían construido. Compró el piso, un 4º interior por 16 millones de pesetas, sobre plano. “Al año siguiente, en 1994, nos dieron las llaves y llegó el momento de firmar la hipoteca”.
En cuanto a la entrada, la entrevistada recuerda que ascendió a cinco millones de pesetas. “Yo había ahorrado algo de dinero y mis padres nos ayudaron para poder comprar el piso”, recuerda. Su pareja de aquel entonces, sin embargo, apenas tenía ingresos. La elección de la hipoteca fue sencilla. “La promotora tenía una hipoteca con Caixa Catalunya, e hicimos una subrogación”. Liz destinaba una quinta parte de sus ingresos al pago de la hipoteca, que firmó con tipo variable.
Entonces llegaron los problemas. Cuando se separó de su pareja, en el año 2006, se vio en la tesitura de tener que comprarle la parte del piso que a él le correspondía. En aquel momento ya rondaba su cabeza la idea de cambiar de barrio, pero no pudo por los precios. “No me podía permitir empezar de nuevo”, lamenta.
La fórmula que encontró para salir de aquel brete fue volver a hipotecarse, para darle el dinero a su pareja y quedarse con la totalidad de su piso. “En ese momento, me volvieron a dar un interés variable, pero aumentó el porcentaje dedicado a la hipoteca de lo que yo cobraba, casi un 40% de mi sueldo”, recuerda.
Volviendo atrás, confiesa que cree que le ha ido bien, pero ahora mismo no tiene claro si podría acceder a una vivienda. “Veo alquileres que paga gente cercana que me parecen una barbaridad, hasta 1.300 euros por un piso viejo en Santa Eulalia”. Respecto al valor actual del piso, con la idea de la estación de AVE tomando forma, no duda en que podría venderlo por, al menos, 500.000 euros, aunque nunca lo ha tasado.
Laura (32 años): “La única forma de llegar a ver un piso era pedir fiesta en el trabajo”
Laura Berrio llevaba unos 6 años viviendo con su pareja en un régimen de alquiler «razonable» –visto lo que les rodeaba entonces–, cuando se decidieron a comprar. Llevaban años ahorrando y, la volatilidad del mercado, junto al temor a que el precio subiera en cualquier momento o a divisar relativamente cerca su 35 cumpleaños (fecha límite para acceder a determinadas ayudas), les animó a ello. Les costó más de un año encontrar un piso, y otros casi tres meses cerrar con el banco la hipoteca para pagarlo. Hace menos de un mes que son propietarios de un inmueble en Barcelona.
“Al principio era mirar en plataformas para ir haciéndonos una idea de los precios, pero el problema acabó siendo lo agresivo que estaba el mercado: los anuncios no duraban más de 48 horas, conseguir que te cogieran el teléfono era difícil; que te dieran cita para ver un piso, todavía más, y tenerla no te garantizaba llegar a verlo”, recuerda Laura. “La única forma era pedir un permiso en el trabajo para ir a visitarlo en horas laborables, porque si tenías cita por la tarde, lo más normal es que te la cancelaran”, narra.
Lo frustrante era ver cómo, de mientras, los precios no paraban de subir. Hasta el punto que empezaron a considerar irse de Barcelona. “Nos lo planteamos, pero yo me resistía: ¿Por qué tengo que irme de mi ciudad? –se cuestionaba–. He nacido aquí, vivido aquí toda mi vida, tengo aquí todas mis relaciones… Y tengo los ahorros suficientes para una entrada, ¿por qué me tengo que ir?”.
Decidieron entrenar la paciencia y activar una estrategia basada en pelear solo por ver pisos que les encajaran de verdad. Así lo hicieron con el definitivo: lo pararon todo para visitarlo a primera hora e hicieron una oferta aquella misma noche. Aquel inmueble ofertado a unos 400.000 euros en Horta-Guinardó acabó siendo suyo, pero entonces empezó el periplo de la hipoteca.
“Ha sido un proceso de lo más estresante y con muy poca claridad de cuáles eran los pasos que teníamos que ir dando”, lamenta. Agotaron prácticamente los tres meses que tenían para encontrar ese préstamo, porque tras un primer cribado hecho por su cuenta, superar todo el papeleo y decantarse por una de las opciones, la oferta cambió de golpe por haber subido los tipos de interés. Y porque cuando decidieron acudir a una plataforma de intermediación, ésta daba con ofertas distintas de los mismos bancos a los que ya habían contactado. Consiguieron por esta vía, en cualquier caso, una oferta con tipos fijos de interés mejor a la que habían perdido en un principio y en el mismo banco donde ya ingresan sus nóminas. Destinarán, por cierto, aproximadamente una cuarta parte de sus ingresos a pagarla.
¿Cómo valora, entonces la experiencia de comprar un piso hoy? “Como algo realmente estresante y que debes convertir en tu proyecto prioritario”, resume. “Tienes que tener muy claro que serán unos meses muy intensos de búsqueda y que, una vez lo tengas, en realidad no termina nada”, concluye. Se refiere sobre todo a la hipoteca, aunque ya prepara el ‘excel’ de la reforma.
Pilar (55 años): «Para ahorrar hicimos economía de guerra»
Pilar Rodríguez, madrileña de 55 años, adquirió junto a su marido un piso en la Calle Téllez, situado en el barrio de Pacífico, al sur del Parque del Retiro, en 1998. El coste en aquel momento ascendió a 26 millones de pesetas, lo que al cambio, en la actualidad, se traduce en unos 170.000 euros. En 1998, los precios de la vivienda en Madrid comenzaron a repuntar. El Banco de España sitúa el periodo que comenzó en aquel año y acabó en 2002 como el inicio del tramo fuerte de repunte en la capital. La Sociedad de Tasación estimaba el precio medio de la vivienda en 249.300 pesetas por metro cuadrado. En cuanto a los tipos, sufrieron un abaratamiento fuerte: en diciembre de 1997 se encontraban en el 6,255%, mientras que en octubre de 1998 ya habían caído hasta el 5,4945%.
“Aquel piso lo compramos a base de privarnos de muchísimas cosas, con una economía de guerra tremenda. Salíamos al cine y nos llevábamos la lata en el bolso, y al otro día del fin de semana salíamos a dar un paseo”, relata, recordando aquellos tiempos y el esfuerzo que supusieron. En aquellos días, los tipos de interés estaban en torno al 6%. La hipoteca de la promotora la ofrecía el Banco Santander. Sin embargo, hallaron una mejor opción a través de un contacto personal. “El padre de una amiga mía trabajaba con Deutsche Bank, y a ella le daban buenas condiciones. Por eso llamamos, y cambiamos de hipoteca para hacerla con ese banco”, relata.
Respecto a las condiciones hipotecarias, Pilar cuenta que el banco les pidió una entrada del 30% de la vivienda, que pudieron dar gracias a los ahorros que acumularon durante tres años, entre 1995 y 1998. De aquellos tiempos, recuerda que comenzó a trabajar en abril de 1995, y que nueve meses después, en diciembre, ya tenían una cuenta ahorro vivienda abierta, un producto financiero pensado para destinar fondos a la rehabilitación o compra de vivienda. La gran ventaja de este instrumento consistía en que podían aprovecharse ciertas deducciones fiscales en el IRPF.
No les fue difícil obtener la hipoteca, dado que ambos eran en aquel momento trabajadores del estado, con nómina fija. En el caso de Deutsche Bank, el contrato estipulaba que la cuantía de la hipoteca no podía superar el 60% de los ingresos, por lo que la mensualidad quedó fijada en 120.000 pesetas, unos 720 euros de ahora, para una totalidad de unos 15 millones. A los ocho años, sin embargo, ya habían logrado amortizarla.
También preguntaron en otros bancos, por comparar, y descubrieron que en la Caixa daban la hipoteca por el máximo del 75% de los ingresos. “¿Si pagas un 75%, entonces de qué comes?”, recuerda Pilar de aquella etapa. Al final, la vivienda de la Calle Téllez lograron venderla 12 años después por 350.000 euros, el doble de por lo que la compraron.
Pablo (24 años): «Sin trabajar en el banco probablemente no habría pensado en comprar»
Pablo Neira, gallego, de 24 años, compró un piso en el barrio madrileño de Marqués de Vadillo a finales de 2024. A los 22 años comenzó a trabajar en un banco, lo que le permitió empezar a pensar en comprar. Considera que las personas que han nacido en Madrid tienen «una diferencia importante» con respecto a los que vienen de fuera a la hora de comprar un piso. «Muchos pueden permitirse vivir más tiempo en casa de sus padres y destinar ese dinero al ahorro. Eso facilita el proceso de compra», declara.
Gracias a las condiciones ligeramente ventajosas que le proporcionaba su empleador, consiguió una hipoteca que le financiase el 100% del importe del piso. Por confidencialidad, no puede compartir el importe exacto de los tipos, pero recalca que es «variable en función del Euríbor», «muy competitivos respecto al mercado». El proceso duró «unos tres meses». Cuando le concedieron el préstamo y la comunicaron el límite al que se podía a acoger sin tener que pagar una entrada, «ligeramente superior al que le darían a cualquier cliente», empezó a buscar. Para financiar cada mes el pago de su hipoteca, destina «aproximadamente» un 30% de sus ingresos.
Respecto a si habría pensado en comprar si no hubiese trabajado en el banco, es claro. «Siendo realista, probablemente no. Trabajar en banca me ha dado dos ventajas clave: entender bien todo lo que implica el proceso de comprar una casa, desde la parte financiera hasta los trámites; y poder acceder a unas buenas condiciones, que han sido determinantes», relata.
«Lo enfoqué con cabeza», explica. «Sabía cuál era mi margen y me moví dentro de él. Como mi padre es albañil, no me importaba como estuviera el piso por dentro: sabía que la reforma y los gastos asociados a la compra del piso, como los honorarios de las agencias, irían de mis ahorros». «Gracias a que no buscaba un piso en el mejor estado en interiores, pude encontrar algo que se adaptaba a mis necesidades por un precio razonable». Cuando encontró un inmueble que cumplía con sus expectativas, tasado alrededor de 200.000 euros, y tomó la decisión de dejar de vivir de alquiler, pues para él suponía algo «caro, inestable y dinero que nunca recuperas».
Sin embargo, Pablo considera que, al margen de los precios, absolutamente desorbitados, los impuestos, limitan la compra de vivienda para los jóvenes. «A pesar de que en Madrid las cargas no son tan altas, del 6%, en territorios como Catalunya o la Comunidad Valenciana oscilan entre el 10 y el 11%. Me parece una locura», apostilla.
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