¿Quieres ser libre? Atrévete a decepcionar

Hace ya algunos meses, Anagrama publicó Elogio del fracaso, de Bradatan, un maravilloso ensayo gracias al cual los lectores pudimos tomar conciencia de ese otro lado de la realidad, el menos amable, y de su poderosa fuerza inspiradora.

El filósofo rumano explora la riqueza de la debilidad, de la vida precaria. Y sostiene, apelando al ejemplo de personajes tan insignes como Cioran, Mishima o Gandhi, que, si orientamos nuestra mirada solo hacia esas dimensiones que el sol ilumina, sin atender a las sombras o las borrascas, corremos el peligro de perder todo lo que hace la vida ciertamente humana.

En esa apología del fracaso, lo que más se aprende es a adoptar una actitud humilde con la que acceder y recibir todo lo real. No se trata de una forma de comportarse excepcional, sino aquella sobre la que los sabios de todos los tiempos y todas las latitudes más han incidido.

“Al orientar nuestra mirada solo hacia esas dimensiones que el sol ilumina, sin atender a las sombras o las borrascas, corremos el peligro de perder todo lo que hace la vida ciertamente humana”

Bradatan parece coincidir con Laurent de Sutter, un pensador belga que acaba de publicar en español Decepcionar es un placer, bajo el sello Herder. Sutter se inspira en un filósofo posmoderno –Deleuze– para reafirmar el yo, dando poder al individuo frente a las reivindicaciones, a veces demasiado abusivas, de quienes lo rodean.

E incluso va más allá, pues se percata de que esa hostilidad hacia la decepción, que el ciudadano de a pie siente en su día laboral, familiar, íntimo, inhibe las respuestas libres incluso en el ámbito de la política, a la hora de obedecer la ley o de seguir las normas. No es que proponga la revolución, pero sí señala que el miedo a decepcionar puede llevar a aceptar la injusticia.

De acuerdo con Sutter, haríamos mal si pensáramos que todo se reduce a una cuestión psicológica. La cuestión es mucho más profunda, ontológica. En su libro muestra que vivimos en un marco que sojuzga, con unas raíces en el terreno de las instituciones y con indudables derivaciones teológicas. Se refiere, en este sentido, a la polémica sobre el libre arbitrio en la que contendieron dos grandes del espíritu, Lutero y Erasmo, y al entramado normativo que, por herencia de la religión, influye tanto desde un punto de vista social como metafísico.

No menos importancia reviste las consecuencias de este modo de actuación, ya que, si tanto desde un punto de vista individual como social operamos solo de acuerdo con las exigencias que los demás nos imponen, se pierde la posibilidad del progreso y el avance social.

Sutter escribe al modo posmoderno y en algunas de sus consideraciones estira demasiado la madeja hermenéutica. Ahora bien, pone de manifiesto la manera en que la presión social acorrala nuestra individualidad, es decir, en palabras de Ortega, explica el empuje de la masa sobre la autenticidad y originalidad de la persona tomada en singular.

A juicio del belga, si no nos atrevemos a decepcionar, desaparecerán las oportunidades y las posibilidades. Por otro lado, a diferencia de Bradatan, pesimista, Sutter sí que propone una visión más esperanzadora. Según indicaba en una entrevista, asumiendo la decepción de los demás, podemos de un lado explorar lo que está en nuestra mano hacer; por otro, anima a no tener miedo a lo que no está reglado y a aventurarse en lo desconocido.

“Si tanto desde un punto de vista individual como social operamos solo de acuerdo con las exigencias que los demás nos imponen, se pierde la posibilidad del progreso y el avance social”

Me alegré mucho el otro día al visitar a mi amigo Rafa, que también ha publicado un libro que va por esta línea, Hay que decir que no (Biblioteca Online), donde escribe: “Pocos se aventuran a rechazar las imposiciones de unas organizadas minorías sobre la mayoría. Hay que decir que no a la manipulación que puede darse tanto en las mayorías como en las minorías organizadas. Decir que no a la (in)cultura de la cancelación que es un bozal para la libre creación del pensamiento y del arte”.

Como explica su autor, no todo no es negativo, ni todo sí positivo. A veces nuestras negativas esconden cobardía, cinismo, falta de libertad y, sobre todo, incapacidad para asumir nuestras responsabilidades. Las grandes tragedias de la historia, los grandes crímenes son fruto o resultado de esa apatía de la negación o de nuestro deseo de no ofender a quien maneja el timón del poder.

Estos tres ensayos se complementan muy bien; cada uno enriquece la lectura del otro. Me quedo, como conclusión, con uno de los últimos capítulos del libro de mi amigo, donde anima sobre todo a decir que sí a la verdad y al bien.

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