La tortuga y la liebre

Viven en el campo, en un pueblo de Berkshire, no muy lejos de Londres. Ella admira las cualidades de su marido, su clarividencia, seguridad, apostura, pero, a veces, se siente algo inferior y temerosa de no corresponder adecuadamente ante sus opiniones y reacciones, corteses, pero tajantes. Además, la relación de Imogen con Gavin, su hijo, es más bien distante por parte de este, ante la admiración que siente por su progenitor.

El conflicto está muy matizado en cuanto a la conducta de los protagonistas, bien caracterizados, a los que hay que añadir a otros personajes, como algunos amigos del matrimonio o de uno de los dos cónyuges, y a Tim, hijo de unos vecinos y compañero de juegos de Gavin, que admira a Imogen, pues en ella encuentra el afecto que falta en su familia; y, sobre todo, a Blanche Silcox, mujer emprendedora y segura de sí misma, causante de la separación matrimonial.

Sufrimiento, incomprensiones, imprudencias, silencios, que llevan al penoso desenlace: «el tejido de la vida conyugal está hecho de detalles sin importancia», leemos en la pág. 307, y el descuido de esta premisa irá minando la relación entre marido y mujer, por vanidad, miedo, cobardía, egoísmo… No hay violencia, pero esto no evita el dolor ni el daño que causa la ruptura, sobre todo en Imogen.

Cuidada ambientación, con buenas descripciones del agradable lugar en el que viven los Gresham, con un final que sorprende al lector tanto como a la protagonista.

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