‘Guía de lugares que ya no existen’. ¿A dónde nos guía ese título?
Aquí realmente no encierra gran cosa, es la guía de lugares que ya no existen. Es decir, de todos esos espacios en los que te sentiste en su momento feliz, o que dabas por hecho, y que según ha pasado el tiempo te das cuenta que ya no puedes regresar, porque no son iguales. Porque tú has cambiado, porque ellos han cambiado o porque nunca existieron aunque tú pensabas que sí. Siempre he tenido suerte en mis viajes y eso me hace ser como una especie de superviviente y mirar la posibilidad de que aquello que dejé atrás no lo vuelva a encontrar nunca.
La literatura es una especie de formol para esos sitios.
Más que como el formol, como el ámbar. Me fascina esa imagen del insecto que quedó atrapado hace millones de años en una gota de ámbar. Y las palabras hacen eso, las palabras fijan en el tiempo la sensación instantánea. Lo hace muy bien la poesía, pero también las cartas y las crónicas de viajes.
Espido Freire con su libro ‘Guía de lugares que ya no existen’ / MIGUEL ANGEL GRACIA
¿Necesitaba preservar algunos recuerdos de todos estos lugares?
La verdad es que no era tanto una necesidad como hacerlo de esta manera, desde una perspectiva literaria y no testimonial. Y, por otro lado, encontrar los nexos en común entre unos lugares y otros, darle un sentido a esas experiencias.
¿A qué tiene más miedo: a que dejen de existir como los recuerda o a que desaparezca el recuerdo?
Yo te diría a que desaparezca el recuerdo, porque mientras lo recuerdas existen. Es importante recordar que eso estuvo ahí. También soy escritora y la realidad a los escritores nos estorba bastante. Nos gusta mejorarla, moldearla, jugar a que tienes más poder del que realmente tienes.
«Para mí (con la guerra en Damasco) se había vulnerado un principio que me parecía que era sagrado, que era preservar la vida de inocentes.»
La transformación más traumática que cuenta es la de Damasco, provocada por el efecto de la guerra civil en Siria.
Hubo una temporada terrible entre el inicio de la gran recesión de 2008 y los siguientes años que incluyeron cambios, entre ellos las primaveras árabes diversas. Cambios importantes que en su momento pasaron casi inadvertidos, porque se sucedían con demasiada rapidez, no éramos capaces de relacionarnos entre sí y porque, además, la crisis golpeó de tal forma al sector cultural que bastante teníamos con seguir navegando. Pero, al volver atrás, yo recordaba una y otra vez ese viaje a Damasco, que fue en vísperas de que todo estallara. Era mi primera visita a Siria, fue la última, y me había impresionado muy positivamente la energía y la sensación de vitalidad que allí se veían. Para mí (con la guerra) se había vulnerado un principio que me parecía que era sagrado, que era preservar la vida de inocentes.
También impresiona cómo cuenta la riada de Bilbao en 1983. Quizás por la proximidad de las imágenes de Valencia, es muy potente ese pasaje.
Es indecente comparar dolores, pero sí que creo que afina la empatía y afina la sensibilidad. En la riada del 83, a los alrededores de mi pueblo murieron varias personas y el problema es que las vidas humanas no se recuperan, es atroz; el paisaje se recupera, pero no del todo, las industrias, la ruina que supone. Entonces, yo cuando estaba viendo aquellas imágenes espantosas, de Paiporta o Carcaixent, volvía otra vez ahí, a imaginarme nuestro territorio. Lo que pasa es que, a veces, el sufrimiento adopta formas más identificables que otras, funcionamos así. La literatura tiene que servir para eso también, para que no se olvide lo importante y para que tengamos presente qué es lo que nos une. Hay una hermandad básica que yo creo que debemos mantener.
«Todos los tránsitos o transformaciones implican un precio, lo que pasa es que no todo el mundo paga el mismo precio»
Bilbao resurgió de allí muy distinta, puede que mejor.
Todos los tránsitos o transformaciones implican un precio, lo que pasa es que no todo el mundo paga el mismo precio. Hubo muchas víctimas y tuvieron que enfundarse el dolor, la ruina o la desesperación como pudieron; esas son las historias que me interesan como autora y como persona, no las de triunfo y superación. Esto fue gran parte de mi infancia, se nos juntó el terrorismo, la crisis industrial, la crisis geográfica y la reconstrucción; aún así, no éramos niños infelices, es el adulto después el que mira a esos niños y se compadece. Muchas veces queremos proteger a las generaciones siguientes de lo que nos ha pasado y creo que es una mala política, creo que todo se puede explicar con las palabras adecuadas. Privar de tu experiencia a las generaciones que te sigan es una forma de egoísmo.
¿Tapar la memoria es una forma de egoísmo?
No tanto el olvido como el silencio intencionado, por bien intencionado que sea. No contextualizar es una forma de apartarnos de la veracidad de lo que ocurrió.
Y esos lugares de la historia de la literatura como Bath o Yorkshire. ¿Qué tienen de significativo en su imaginario?
Cada uno es diferente y, de hecho, cada uno es diferente dependiendo de en qué etapa vital te encuentres. Yo viajé a Bath y a York la primera vez cuando tenía 26 o 27 años y tuve una impresión completamente diferente a la que tengo ahora; porque no puedes volver a tener una primera impresión y, por otro lado, son dos lugares que prácticamente no han cambiado, sobre todo Bath, pero no tienen absolutamente nada que ver para mí cuando vuelvo. El regreso a esos lugares, donde voy prácticamente todos los años, es totalmente diferente y me dice más de mi temperatura emocional que del propio lugar.

Espido Freire presentó su novela en el edificio de Caja Rural de Aragón, en Zaragoza / MIGUEL ANGEL GRACIA
¿Alguna ciudad o lugar le ha decepcionado la segunda vez?
Pues tengo la suerte de que no, también es verdad que yo tiendo a visitar lugares que son muy bonitos y que tienen un gran patrimonio. Más bien al contrario, recuerdo que la primera vez que visité París, que tenía 15 años y fue para cantar, tuve muy mala experiencia. Durante años le guardé rencor a París, estaba convencida de que era una ciudad hostil, fría y fea, que lo es. Unos años más tarde regresé en junio y, de pronto, viví el otro París. Me di cuenta que ninguno de los París era real, que tenían que ver con qué estaba viviendo yo. A veces me he encontrado lugares a los que he vuelto y he dicho: “Hoy esta ciudad está en crisis”.
Y a Zaragoza. ¿Cómo la ha visto?
Zaragoza, mi impresión es que está en un momento especialmente bueno. Con la construcción en alza, eso no sé si es bueno o malo, pero se está renovando. He visto que toda la parte cercana del edificio del CaixaForum, por ejemplo, está con construcción nueva. La luz que tenéis, el cierzo también se encarga de ello, es una de las grandes ventajas, es una ciudad en la que siempre el sol y la luz están llegando de una forma o de otra. Aunque no soy objetiva porque es una ciudad a la que tengo mucho cariño y siempre me ha tratado bien, ahora hacía unos meses que no venía y me ha dado una impresión, no sé si es cierta o no, pero de vitalidad y de cierto optimismo.
Cada ciudad tiene una luz distinta.
Una memoria lumínica, sí. Pasé aquí (Zaragoza) bastante tiempo hace unos años y me acuerdo que fue la primera vez que me fijé en los edificios de distintas épocas, muchos que tenían ladrillos esmaltados y remates dorados. Siempre había mirado la ciudad a los ojos y, de pronto, empecé a mirar hacia las alturas, hacia las cúpulas, hacia los rincones, el edificio de Correos, Paseo Sagasta… Y descubrí esa sensación de que los mensajes, en Zaragoza, llegaban de lo alto, que tenías que estar pendiente con la mirada hacia arriba, no la mirada hacia abajo. Esa es una buena lección vital.
Suscríbete para seguir leyendo














