«Tú vienes a mí con una espada y con una lanza y con una jabalina, pero yo voy a ti con el nombre de Yaveh de los ejércitos, el Dios de las líneas de batalla de Israel, a quien tú has desafiado con escarnio»
Libro de Samuel
Mira por dónde, la guerra de Irán y el Golfo Pérsico en curso -parece una definición más completa- reactualiza la historia bíblica favorita de los israelíes: la del gigante filisteo Goliat derrotado por el pastor israelita David, quien le dispara con su honda. David contra Goliat. Esto es: el oponente pequeño y débil se enfrenta a un adversario mucho más grande y más poderoso.
Trump y Netanyahu -o Netanyahu y Trump- han querido que, en la reedición de esa historia, el lugar del pastor de Belén, futuro rey de Israel, sea ocupado por Irán, mientras que el del gigante filisteo sea representado por la alianza de EEUU e Israel.
La honda de David se ha transmutado. Es el control del estrecho de Ormuz, a la vera de las costas de Irán, por el gobierno de Teherán. No solo porque por allí se exporta el 20% del petróleo y gas mundiales, sino también porque desde allí sale el 30% de los fertilizantes que se consumen en el mundo, esenciales para la producción agrícola.
El embajador Dennis Ross, miembro de The Washington Institute for Near East Policy (Instituto de Política para el Oriente Próximo), y exasesor de cinco administraciones estadounidenses -la última en el Consejo de Seguridad Nacional durante la presidencia de Barack Obama-, ha sostenido esta semana, en un estudio especial del banco Goldman Sachs, que el tema clave para determinar qué va a pasar es el control del estrecho de Ormuz.
«Trump probablemente ya habría declarado la victoria y puesto fin a la guerra de no ser porque Irán controla el tránsito por el estrecho de Ormuz, lo cual tiene el potencial de causar un daño considerable a la economía global. Mientras no se rompa ese bloqueo, EEUU no puede poner fin a la guerra unilateralmente».
Ross considera que la mediación -posiblemente facilitada por el presidente ruso Vladimir Putin- es la vía más rápida para poner fin a la guerra si EEUU no logra recuperar el control del estrecho.
«Pero no existen las condiciones para iniciar esa mediación en este momento», señala.
En el análisis de Goldman Sachs se incluyen las reflexiones del vicealmirante Kevin Donegan, excomandante de la Quinta Flota de la Marina norteamericana.
«Los convoyes jamás podrían restablecer los flujos de petróleo a niveles normales, solo se podría restablecer el 20% de los flujos. Para que los flujos de petróleo vuelvan a los niveles previos al conflicto, se requeriría que Irán dejara de hostigar a los barcos, lo cual implica incentivos y presión por parte de todos. Restablecer los flujos no es apretar un interruptor, ya que recuperar la confianza en que el tránsito será seguro llevará tiempo», explica.
Sin embargo, hay otra circunstancia que es necesario incluir en el análisis del riesgo geopolítico-económico que han desencadenado Trump y Netanyahu hace un mes y un día al desencadenar el ataque, quizá animados por la posibilidad de asesinar al ayatolá Alí Jamenei, objetivo cumplido que, sin embargo, lejos ha estado -como vendía Netanyahu, y Trump compró- de provocar el levantamiento popular de los iraníes y el consiguiente cambio de régimen.
Y ese otro factor es la participación de los hutíes de Yemen en esta guerra, aliados de Irán, que, precisamente, este sábado 28 de marzo, han entrado en combate con el envío de un misil a Israel, una acción que era frecuente durante la guerra de Gaza. Su entrada en esta guerra, según han informado, es una respuesta a Israel tanto por su virtual ocupación del Líbano como por los bombardeos a Irán.
Trump declaró la guerra a los hutíes en 2025, pero desistió de continuarla.
Ahora Irán contempla la posibilidad de añadir a su control del estrecho de Ormuz el bloqueo del estrecho de Bab el-Mandeb: canaliza el 10% del petróleo y gas que nutre la demanda mundial. Un bloqueo que quedaría a cargo de los hutíes.
Bab el-Mandeb está situado en la entrada sur al Mar Rojo y es un pasaje de 29 kilómetros entre Yemen, de un lado, y Djibouti y Eritrea, por el otro. Por allí circulan los contenedores entre Asia y Europa. Los barcos cisterna navegan a reducida velocidad, a merced de la plataforma costera de misiles, drones y ataques desde pequeñas embarcaciones.
Los barcos que dejan el Golfo Pérsico salen por el estrecho de Ormuz, atraviesan el mar Arábigo, ingresan en el Golfo de Adén y pasan a través de Bab el-Mandeb para llegar al mar Rojo, salir hacia el canal de Suez y enfilar hacia Europa y otros mercados.
Los peligros de un agravamiento son tales que Trump ha vacilado dos veces después de dar un ultimátum de cuarenta y ocho horas con la amenaza de bombardear todas las infraestructuras energéticas de Irán el sábado 21; luego dio otros cinco días de plazo, prórroga basada en la invención de una negociación inexistente con Irán, y finalmente, con la extensión del ultimátum por otros 10 días, desde el pasado jueves 26 de marzo.
Trump busca una salida, parece evidente.
¿Pero existe esta salida, llegados al punto en que estamos, sin reconocer que ha empezado una guerra que no puede acabar?
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