Un nuevo informe basado en datos del Conflict and Environment Observatory muestra cómo el conflicto en Irán está desencadenando una cadena de degradación ambiental que afecta al aire, contamina el agua y altera ecosistemas enteros durante décadas.
Cuando pensamos en la guerra, solemos medir su éxito o fracaso en términos territoriales o políticos. Sin embargo, el reciente informe del científico del CSIC Fernando Valladares, basado en datos del Conflict and Environment Observatory (CEOBS), revela una dimensión mucho más persistente y silenciosa: el efecto en cascada de la degradación biofísica que no entiende de fronteras.
Uno de los impactos más impactantes ha sido la transformación del cielo en las grandes urbes. La destrucción de infraestructuras petroleras ha liberado densas nubes de hollín y otros contaminantes que, atrapadas por la trampa geográfica de los montes Alborz y los rascacielos, se combinan con la humedad atmosférica. El resultado es la lluvia negra: una precipitación de petróleo y hollín tóxico que cae directamente sobre más de 10 millones de residentes.
Esta situación ha provocado lo que los expertos llaman una «invasión respiratoria aguda». El material particulado fino penetra en los alvéolos, elevando el riesgo cardiovascular, mientras que los hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP) amenazan con causar mutaciones celulares a largo plazo. La Sociedad de la Media Luna Roja ya ha emitido alertas de confinamiento masivo para evitar la asfixia urbana.
El frente subterráneo: Química de guerra y persistencia
Bajo el suelo, el daño es igualmente severo. La destrucción de bases militares subterráneas con almacenamiento o lanzadera de misiles ha liberado propulsores de misiles altamente tóxicos (como UDMH e IRFNA) y espumas extintoras, contaminantes químicos permanentes (PFAS) que migran hacia los acuíferos.
La ciencia nos advierte sobre la matriz de persistencia de los explosivos. El TNT es altamente soluble en suelos arenosos y potencial carcinógeno. El RDX (Hexógeno) viaja intacto hasta el agua subterránea y se bioacumula en los cultivos, regresando a los humanos a través de la cadena alimentaria. El HMX es extremadamente persistente en las zonas de detonación.
Los devastadores efectos ambientales de la guerra contra Irán. / IA/T21
El «hilo de vida» del agua y el impacto global
A nivel regional, el conflicto amenaza el ecosistema del Golfo Pérsico, asfixiando arrecifes de coral y diezmando poblaciones de dugongos (vacas marinas) y tortugas verdes. Pero el impacto humano más crítico reside en las 450 plantas desalinizadoras de la región, de las que dependen 100 millones de personas. Un derrame químico o un apagón eléctrico en estas infraestructuras supone una falla sistémica inmediata en el suministro de agua potable.
Finalmente, la onda de choque es global. La guerra interrumpe la transición energética y genera un pico masivo de emisiones de CO2. “Si los ejércitos fueran un país, serían el cuarto emisor global de gases de efecto invernadero” según explica Valladares. A esto se suma la «sombra nuclear»: la incertidumbre sobre instalaciones como Natanz o Isfahán que, dañadas y sin supervisión de la organización de control de la energía nuclear, el OIEA, podrían estar sufriendo fugas radiactivas silenciosas.
En un escenario de secretismo estatal y colapso de la transparencia, la tecnología se convierte en nuestra única defensa. Herramientas como la red WISEN, que utiliza satélites e inteligencia de código abierto (OSINT), permiten cartografiar el daño en tiempo real antes de que la evidencia se desvanezca. La ciencia nos recuerda que la guerra no termina con el alto el fuego; “el ADN ecológico de la región ha sido alterado, y su recuperación será la verdadera batalla de las próximas décadas” avisa Valladares.











