Luis García, que cada vez que puede deja claro lo feliz que es en la Isla, anunció –con la autorización de la UD Las Palmas– la existencia de una oferta de renovación aún sin respuesta. El técnico la medita y, por ahora, guarda silencio. En los despachos no hay prisa –al menos de puertas hacia fuera– y se transmite una calma medida. El compás de espera forma parte de un escenario ya conocido en la entidad. El entrenador toma ventaja y resulta comprensible que su contestación se dilate.
Su continuidad parece ligada al objetivo principal: el ascenso. Si no se alcanza, habrá que ver hasta qué punto mantiene la voluntad de seguir al frente del proyecto. Llegado ese punto, el futuro dejaría de depender del club para convertirse en una decisión estrictamente personal. Aun así, su perfil, reforzado por el trabajo diario, basta tanto al presidente como al director deportivo para sostener la idea de prolongar el vínculo.
En el pasado reciente, García Pimienta vivió una situación similar y la percepción de falta de ambición en el proyecto, en aquel momento en Primera División, terminó empujándole a hacer las maletas rumbo al Sevilla.
Por otra parte, el ruido que emerge del vestuario amarillo de vez en cuando tampoco es nuevo, aunque sí recurrente en la UD Las Palmas. Cambian los protagonistas, los momentos y los matices, pero el fondo se repite: una convivencia compleja entre las distintas capas del club que no siempre encuentra un encaje natural.
En ese contexto aparecen figuras con peso y jerarquía como Jonathan Viera y Jesé Rodríguez, futbolistas en ocasiones cercanos al presidente que, en determinados momentos, trasladan su visión y su preocupación. Con todo, hay una línea que no conviene cruzar: desautorizar al entrenador supondría una señal de debilidad institucional, y la UD Las Palmas en eso lo tiene claro.
Viera puso en su día el foco en la gestión de García Pimienta. La entidad, sin embargo, optó por respaldar al técnico. Lo hizo de forma visible tras la victoria en Villarreal por 1-2, un gesto que derivó en su renovación, aunque el tiempo acabaría dibujando otro desenlace: la salida del jugador de La Feria.
El caso de Jesé presenta paralelismos. Sus declaraciones, especialmente tras la eliminatoria frente al Tenerife, evidenciaron un contexto que no colmó sus expectativas y el club decidió no prolongar su etapa. Conviene subrayar un punto relevante: su llegada esta temporada no respondía a una apuesta firme de la dirección deportiva. Luis Helguera no lo tenía como prioridad; fue una decisión impulsada desde instancias superiores. Un patrón que recuerda al de Viera, donde el componente simbólico y emocional pesa tanto como el deportivo. Además, de cara al nuevo proyecto, son perfiles que no encajan en la planificación. Ambos, eso sí, han dado la cara por el equipo y por el entrenador cuando ha tocado asumir galones, y su compromiso con el escudo no se discute; de ahí que algunos comportamientos resulten difíciles de entender.
A partir de ahí, el foco se desplaza hacia la gestión de Luis García y las dinámicas internas del vestuario. Pero ni el técnico ni la dirección deportiva pueden asumir responsabilidades que exceden su ámbito: la limitada presencia de futbolistas canarios responde a una política estructural del club, no a decisiones del día a día. La cantera es otro plano, con sus propios tiempos y condicionantes.
En ese equilibrio, la figura del presidente vuelve a ser clave. Su apuesta por Helguera como estandarte es firme: es su hombre de confianza, con contrato en vigor por tres años más y margen suficiente para sostener las líneas maestras. Una posición que delimita el marco de actuación del resto.
Lo mejor que puede pasar, por el bien de todos, es que los fichajes de Helguera marquen diferencias sobre el césped; que Luis García acierte con las alineaciones y lea bien los cambios; que Jonathan Viera encuentre ese último pase que rompe los partidos; y que Jesé haga lo más difícil: convertirlo en gol. Porque, por encima de cualquier ruido o enfado, siempre debe estar Las Palmas.
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