Una de las mayores trampas de las profesiones vocacionales es, precisamente, que el propio sistema que las ampara (que tendría que valorarte, cuidarte o protegerte) se aprovecha sin piedad de la pasión y el amor con el quisiste dedicarte a dicha actividad laboral. Este es el caso, por ejemplo, de numerosos docentes, enfermeros, médicos o similares que son maltratados como profesionales, a diario.
En el ámbito de la educación, todos los niveles están afectados en distinta medida por unos modelos ineficaces de enseñanza que desquician al profesorado, desmotivan al alumnado o endiosa a progenitores en el caso de que el alumnado sea aún menor de edad.
Muchos docentes sufren una dinámica general que los desgasta convirtiéndolos, en algunos casos, en administrativos, psicólogos, cómplices o amigos -casi padres o madres- de su propio alumnado si tienen una mínima sensibilidad con ellos. Entre nosotros, creo, que el colectivo dedicado a la Enseñanza Secundaria Obligatoria (ESO, institutos) tienen que lidiar a diario con más problemas, al coincidir con en el momento más frágil y desquiciado de la evolución de un ser humano: la adolescencia. Batallan con informes infinitos, tutorías de locura, evaluaciones titánicas, criterios absurdos, alumnos desmotivados y padres que, en ocasiones, son todo lo contrario a un apoyo. Los profesores y maestros se forman para enseñar. Repito, aunque parece muy obvio: nuestra profesión es ENSEÑAR. También educar, en parte, pero no es curar ni es administrar. Muchos profesores incluso tienen ratios bajas, pero resulta que de esos veinte alumnos que tienen que atender diecisiete tienen diagnóstico con problemas de aprendizaje, atención u otras singularidades. ¿Cómo se enseña en estas condiciones? Es que tienen que hacer milagros.
Este sistema de pura ficción no funciona, está fallando, destrozando al profesorado y, con él, la formación de su alumnado. No es cuestión de sueldo, que también, pero sobre todo es cuestión de garantizar a los profesionales poder ejercer su profesión. No podemos permitirnos un colectivo que odie ir a clase, que esté deseando jubilarse o medicado.
Ojalá y el movimiento que ha empezado en Girona se expanda porque todo el país debería estar movilizado con el fin de forzar un cambio real, coherente, que obligue a un pacto de estado que garantice el futuro de nuestro alumnado ya sometido a una serie de dinámicas contemporáneas con las que nunca habíamos luchado.
Qué lastima que miremos para otro lado y ningún partido político esté centrando su programa de actuación en este asunto. Así que, para guerra olvidada, la de las aulas.
*Artista y catedrática de la Universidad
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