Para la procura el día debe tener más de 24 horas. Somos gestores, representantes, coordinadores, un último recurso para que la justicia no se paralice. Ahora nuestra rutina es el caos, en cada momento tenemos que adaptarnos, reorganizar, y aceptar que nuestro día a día es una carrera contrarreloj. Sentimos una sobrecarga, en cada momento priorizando lo urgente, sabiendo que no atendemos todo.
Y solo llegamos si olvidamos nuestro tiempo personal.
Subir a la luna…
Ser procuradora es vivir entre notificaciones, plazos, prisas, «fuegos que apagar» y decisiones que no siempre encajan con la idea de justicia que una lleva dentro. Hay días en los que todo pesa un poco más: la carga de trabajo, la sensación de ir siempre deprisa o de que todo sale mal o esa soledad extraña que se siente incluso rodeada de gente.
Porque sí, a veces uno se siente solo entre la multitud.
En esos días, cuando el ruido no es solo externo sino también interno, bajamos al bar de al lado. Se llama «Restaurante Luna Sandra» Aunque es algo más que un restaurante. Es una pausa. Un pequeño refugio.
Allí están Pablo y Laura. No hacen falta grandes discursos: una sonrisa, una broma a tiempo, una mirada cómplice, saber cómo te gusta el café, ponerte una rosquilla. Gestos sencillos, pero tan generosos que, sin embargo, tienen la capacidad de recolocar tu día. De recordarte que, más allá de los procedimientos, el correr de la vida y las injusticias que a veces duelen, sigue existiendo lo cercano, lo auténtico.
A veces Pablo ya lo dice todo con una frase sencilla que encierra mucho más de lo que parece: “no te lleves la comida, que te la pongo aquí y te la comes”. Y en esas palabras hay casi una invitación a parar, a cuidarse, a quedarse un rato más en ese pequeño refugio.
La comida también ayuda, claro. Es de verdad. Además, todo en un plato, como nos gusta. Como el trato. Como el ambiente. Como todo lo que ocurre allí. Y hay pequeños placeres que terminan de cerrar el círculo: unas manzanas asadas, un helado, el arroz con leche, sabores sencillos que reconcilian con el día.
Y, sin darnos cuenta, ese lugar se ha convertido en una especie de hogar intermedio. Un sitio donde no hace falta explicarse demasiado. Donde podemos simplemente estar y siempre eres bien recibido. Como si, al cruzar la puerta, subiéramos a la luna de verdad: un espacio aparte, ligero, donde todo pesa un poco menos y el mundo queda, por un momento, en silencio.
En ocasiones pensamos que necesitamos grandes cambios para sobrellevar la vida. Pero no siempre es así. A veces basta con un lugar, unas personas y un rato de calma para volver a empezar.
Y ese lugar está a la vuelta de la esquina…
Por Pilar Cimbrón. Procuradora













