Trump colocó este martes al frente del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) a un aliado fiel, Markwayne Mullin, con un encargo claro: mantener la línea dura contra la inmigración que define su agenda, pero sin repetir los escándalos que acabaron con la salida de Kristi Noem. El nuevo secretario juró el cargo en la Casa Blanca, en una ceremonia presidida por el presidente y con la fiscal general, Pam Bondi, encargada de tomarle juramento.
Mullin asume en un momento especialmente delicado. El departamento arrastra una crisis de imagen tras las polémicas de la etapa de Noem, en especial las redadas masivas de enero en Mineápolis, en las que murieron dos ciudadanos estadounidenses por disparos de agentes federales. A ese desgaste se suma el impacto del cierre parcial de la Administración, que ha dejado a miles de empleados trabajando sin cobrar y ha provocado escenas de caos en aeropuertos de todo el país por la falta de personal.
Nada más asumir el cargo, Mullin trató de proyectar una imagen de autoridad y de gestión. «No me importa de qué color político sea tu estado. No me importa si es rojo o azul. Al final, mi trabajo es ser secretario de Seguridad Nacional y proteger a todos por igual, y así lo haremos», declaró en el acto.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, observa mientras el recién nombrado secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, pronuncia un discurso en el Despacho Oval de la Casa Blanca, en Washington D. C., el 24 de marzo de 2026. El Senado de Estados Unidos confirmó el lunes a Mullin como nuevo jefe del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), organismo que se encuentra en plena crisis tras un cierre parcial del Gobierno, mientras trabaja para aplicar las medidas de dureza en materia de inmigración. / JIM WATSON / AFP
Dureza y control
Antes de su llegada al cargo, Mullin ya había defendido el compromiso de la Administración con la represión de la inmigración irregular, aunque también había intentado marcar un tono algo más ordenado que el de su antecesora. Entre otras cosas, sostuvo que, bajo su mando, los agentes no entrarán de forma general en viviendas sin una orden judicial y que el departamento reforzará la colaboración con cárceles y prisiones.
En su intervención, el nuevo secretario insistió en que piensa volcarse por completo en esa tarea. “Voy a estar luchando los 365 días del año; nadie va a trabajar más que yo”, afirmó. “El presidente me ha confiado esta responsabilidad y fracasar no es una opción”.
Sin embargo, Trump quiere preservar una de sus principales promesas de campaña: las deportaciones masivas. En su intervención en la toma de posesión de Mullin, se refirió a “la demente apertura de fronteras de los demócratas”, en su habitual queja sobre la herencia de su predecesor, Joe Biden, y aludió a supuestas “miles de muertes” a manos de personas sin papeles, sin aportar más detalles.
Crisis interna
Mullin también mencionó a los trabajadores del DHS que llevan más de 30 días acudiendo a sus puestos sin percibir salario debido al bloqueo presupuestario en el Congreso. Según dijo, esa situación demuestra “la dedicación” de quienes siguen protegiendo el país “gratis, por culpa de la política”.
El lunes, Trump ordenó incluso el despliegue de más de 100 agentes de inmigración para aliviar las largas colas en los controles de seguridad de los aeropuertos, una medida de urgencia con la que la Administración ha tratado de contener una crisis operativa cada vez más evidente.
El relevo tras Noem
La salida de Kristi Noem dejó tocado al departamento y obligó a Trump a mover ficha. La exsecretaria había quedado en el centro de una cadena de controversias, con las redadas de Mineápolis como episodio más grave. La muerte de dos ciudadanos estadounidenses disparó las críticas sobre el uso de la fuerza y aceleró el desgaste de una gestión que ya venía marcada por una política migratoria agresiva y por un clima constante de confrontación.
La apuesta por Mullin responde a ese contexto. La Casa Blanca confía en que aporte orden a una estructura muy tensionada y que lo haga sin alterar la orientación política del Gobierno. El mensaje de Trump es claro: la ofensiva migratoria continúa, pero ahora bajo la dirección de un hombre leal que deberá evitar que el departamento siga siendo sinónimo de escándalo.
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