El pederasta más famoso de la historia reciente, Jeffrey Epstein, sigue arruinando vidas después de muerto. Guarden sus lágrimas. No vamos a hablar de las jóvenes de 11 a 16 años que transportaba a enclaves paradisíacos para que sirviesen de esclavas sexuales a hombres poderosos a cambio de favores e influencia. Son celebridades de distinta importancia que le bendecían con su amistad las que están sufriendo los efectos de la onda expansiva provocada por la desclasificación de documentos relativos a las andanzas del magnate, quien se suicidó en 2019 en la cárcel de Manhattan donde permanecía encerrado por investigaciones de corrupción de menores.
Una es Sarah Ferguson, que llamaba al depredador «amigo fiel» para disculparse por no haber tenido más remedio que abjurar de él en público para lavar su imagen una vez fue condenado por delitos sexuales. La exmujer del exduque de York ha seguido a Andrés Mountbatten-Windsor, hermano del rey Carlos III, en su estrepitosa caída a los infiernos. Convertida en una apestada social, ninguna editorial desea publicar sus exculpatorias memorias para evitar que saque tajada del apestoso asunto y sus amigos no le dan cobijo tras ser desahuciada de Royal Lodge por la presión social.
Quién se iba a imaginar que la desenvuelta aristócrata que en 1986 se casó con el segundo hijo de la reina Isabel II, su favorito, iba a acabar convertida en una de las villanas más despreciables de la monarquía británica. Sarah Ferguson (66 años), melena pelirroja al viento y risa fácil, fue considerada un soplo de aire fresco en la vetusta institución. La mismísima Diana de Gales propició el encuentro con quien sería su marido y padre de sus dos hijas, Beatriz y Eugenia, aunque ambas cuñadas ya no se hablaban cuando la Princesa murió en un accidente. La pareja anunció su separación en 1992 por desavenencias, y la hizo efectiva cuatro años después tras el escándalo de la publicación de una fotografía de ella en topless mientras un amante le chupaba los dedos de los pies.
A pesar de ello, los York siempre mantuvieron una relación estrecha y vivían opíparamente en una lujosa mansión perteneciente a la Corona, haciendo vidas autónomas. Considerada por alguno de sus biógrafos la primera influencer entre los royals, se dedicó a cultivar acuerdos comerciales, colaboraciones en medios de comunicación y editar libros infantiles para mantener un alto nivel de vida. Se ha sabido que Jeffrey Epstein la apoyó económicamente durante más de quince años, y que ella llegó a pedirle que la desposara. También reclamó al financiero norteamericano pagos secretos destinados a sus hijas, hoy casadas y madres, y apartadas del núcleo duro de la monarquía por su tío el rey.
En 2010 Fergie, como se la conoce, acudió al programa de Oprah Whinfrey para dar explicaciones tras ser grabada por una cámara oculta pidiendo 40.000 dólares a cambio de acceso a Andrés de Inglaterra. Entonces aludió a sus problemas financieros como causa de semejante comportamiento.
Sarah Ferguson frecuentó al pederasta Epstein y le visitó en numerosas ocasiones junto a sus niñas de corta edad. Compatibilizó su labor de patrona de organizaciones filantrópicas de protección a la infancia con préstamos del depredador para las recurrentes penurias de sus despilfarros. Dispuesta a salvar su cara, declaró a un diario: «Aborrezco la pedofilia y cualquier abuso sexual infantil. Cuando pueda, devolveré el dinero y no volveré a tener nada que ver con Jeffrey Epstein nunca más». Luego se supo que acto seguido envió un mensaje al financiero para justificarse: «Sé que te sientes endiabladamente decepcionado por lo que has podido leer o escuchar, y te pido humildemente disculpas. Siempre has sido un amigo generoso, constante y supremo para mí y para mi familia».
Guarden sus lágrimas. Si las primeras revelaciones del caso pillaron a Ferguson en un lujoso spa de Irlanda, durante la defenestración y posterior detención de Andrés por la policía para averiguar si compartió secretos de Estado con el magnate se encontraba en un retiro en Suiza que cuesta 15.000 euros al día. La exduquesa errante no tiene domicilio, está desactivando sus empresas y sus riquísimos amigos, una es Priscilla Presley, ya no la invitan. Unos dicen que acabará en un reality de intriga psicológica; otros que emigrará a Emiratos Árabes donde cuenta con benefactores. Otra noble arrinconada que acaba en el desierto. Eso si la guerra de Irán no le estropea el plan de fuga.












