La noche del pasado sábado, en el muelle de Llanes, la rutina de cierre en un restaurante acabó convertida en una escena límite, de esas en las que apenas hay tiempo para reaccionar y todo depende de un gesto. Ricardo García Piedra, cocinero de “La Marina”, estaba terminando de recoger el establecimiento con sus compañeros cuando un marinero, que pretendía regresar a su barco amarrado en el puerto, cayó al agua al intentar descender por las escaleras del muelle. Daban las 23.45 horas y el hombre, según fuentes policiales, se encontraba «en evidente estado de embriaguez».
Dos compañeros de Ricardo habían decidido acompañarlo hasta la embarcación por el estado en que se encontraba. Poco después, uno de ellos regresó para pedir ayuda. Cuando Ricardo llegó al muelle, se encontró primero con su compañero “fuera del agua tiritando”, y enseguida entendió que el marinero seguía dentro del mar. “Me asomé y lo vi flotando, así que bajé a sacarlo”, relata.
El salto
La maniobra estaba lejos de ser sencilla. El mal estado de la mar, la falta de defensas de la embarcación y un amarre mal realizado lo convertían todo en una trampa, porque la nave golpeaba contra el muelle y amenazaba tanto al marinero como a cualquiera que se acercara a socorrerlo. En ese escenario, Ricardo no dudó. Con formación en rescate y salvamento adquirida en Cuba, tomó una decisión instintiva y calculada: “Si yo no me tiro, se hubiera muerto”.
No fue una reacción improvisada, sino una mezcla de experiencia, sangre fría y conciencia. El propio Ricardo lo explica con una frase que todavía arrastra consigo desde aquella noche: “Si no lo hacía, se me iba a quedar en la conciencia que lo podía haber salvado. Aún se me viene a la cabeza”. Se echó al agua, alcanzó al marinero y fue esquivando las embestidas del barco mientras utilizaba la parte interior de la escalera del muelle para protegerlo y ayudarse a ascender. Con la ayuda de su compañero, que permanecía arriba, logró izarlo hasta la embarcación y ponerlo a salvo.
Después del peligro
Tras el rescate llegaron los servicios de emergencia y la Policía Local. El marinero, que no llevaba documentación y presentaba un «evidente estado de embriaguez”, fue evacuado en ambulancia al HUCA con un golpe en la cabeza y lesiones en costillas y una pierna. El compañero de Ricardo que había intervenido, también tuvo que ser trasladado al centro hospitalario, con la clavícula y una costilla rotas. “Está pendiente de una operación” explica García, mientras que el marinero continúa ingresado.
Ricardo asegura que no ha podido ver todavía ni al marinero ni al patrón de la embarcación, un pesquero profesional con matrícula de Santoña que sigue amarrado en el muelle llanisco. “He intentado ver al patrón, pero no me ha dado la cara. Lo que hice, lo hice porque quise, pero no me han dado ni las gracias”, afirma.
Un hombre querido
Quien conoce a Ricardo en Llanes no parece sorprenderse de lo ocurrido. Vecino de la villa desde hace 15 años, de origen cubano y con raíces paternas en Robledo de Cereceda, en Piloña, es de esas personas que han acabado tejiendo una red de afectos a fuerza de cercanía cotidiana. Pasear con él por la localidad es comprobar cómo lo paran una y otra vez para saludarlo. “Es una grandísima persona, lo quiere todo el mundo”, afirma Coté Rodríguez, vecina de Llanes.
Ese prestigio discreto, el de la gente que no necesita exhibirse para hacerse querer, ayuda a entender también la reacción de aquella noche. Ricardo no aparece en este episodio como un héroe de pose grandilocuente, sino como alguien acostumbrado a actuar cuando hace falta. En su caso, además, el mar no es un decorado, sino una escuela de vida.
Una vida en el mar
Antes de instalarse en España, tras casarse con una española, Ricardo había intentado salir de Cuba hasta en siete ocasiones, tratando de alcanzar las costas de Florida en embarcaciones. Su biografía está atravesada por el agua y la resistencia. “Yo me crié en el mar”, dice él mismo.
En uno de aquellos intentos vivió un episodio que hoy parece un remoto anticipo de lo sucedido en Llanes. Después de siete días en una balsa, “azotada por fuertes corrientes”, uno de sus compañeros cayó al agua y sufrió una mordida de tiburón en una pierna. Ricardo lo rescató, pero no lograron alcanzar su destino. “Al final la corriente nos llevó de vuelta a Cuba”, recuerda.
Cuando el sábado vio a un hombre flotando junto al muelle, Ricardo reaccionó a lo aprendido, a la experiencia en el mar. Vio un instante decisivo, uno en los que la vida de otro depende de que alguien dé un paso al frente. Y lo dio, sin esperar nada a cambio, con la naturalidad feroz de quien sabe que hay momentos en los que no intervenir también deja marca.
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