Creo recordar vagamente que la he citado alguna vez, pero esa carta de Quevedo, escrita a un amigo un par de meses antes de su muerte, viejo, cansado y deshabitado, se me antoja cada vez más descriptiva de lo que ocurre políticamente ahora mismo: «Muy malas nuevas escriben de todas partes y muy rematadas, y lo peor es que todos las esperaban así. Esto… ni sé si se va acabando ni si se acabó. Dios lo sabe; que hay muchas cosas que pareciendo que existen y tienen ser, ya no son nada, sino un vocablo y una figura». ¿Qué es lo importante y lo insignificante, qué es lo que está ocurriendo y cómo ha llegado a ocurrir? Las fuerzas que trabajan para impedirnos comprender nada son legión. Nada es lo que aparece ni lo que no parece. «La pregunta es quién es el que manda, eso es todo», le decía Humpty Dumpty a Alicia. Tenía razón, obviamente. Por ejemplo, la pasada semana, por primera vez desde que se tiene noticia, cinco ministros boicotearon durante un par de horas la reunión del Gobierno bajo la presidencia de Pedro Sánchez.
Esos cinco individuos –ministros y ministras de Sumar– no merecen más que desprecio cívico. Su gesto es el retrato de unos mocosos que actúan como si estuvieran por encima del respeto institucional debido a los Consejos de Ministros, a su deber, a los que trabajamos para que trabajen para todos. Hicieron esa necia chafarmejada porque están aterrorizados. Los resultados en las últimas elecciones autonómicas y la intención de votos que le auguran las encuestas los condenan a la irrelevancia. Entonces dan con la fórmula salvadora: endurecer el gesto, ponerse exigentes por lo que ayer mismo mostraban una paciencia mineralizada, filtrar que podrían abandonar el Ejecutivo, llegar tarde al Consejo de Ministros. No les va a servir para nada.
Y les caerá como pedrisco un fracaso ampliamente merecido. Representan un conjunto de izquierditas impotentes para encontrar soluciones (sueldos raquíticos, vivienda inaccesible, servicios públicos saturados, problemas de convivencia y orden público que no se quieren reconocer) que afectan cotidianamente a la mayoría social. Antes si protestabas por sus condiciones laborales eras un rojo. Ahora si protestas por tus condiciones laborales, por la corrupción, por la inseguridad ciudadana, porque te atienden mal en el ambulatorio, eres un jodido facha. Los que gobiernan han convertido la mentira en la nueva cocaína para mantenerse ellos despiertos y nosotros dormidos desde la mañana hasta la noche.
Al otro lado la noexplicación de Pedro Sánchez. Cuando los periodistas le preguntar por el retraso Sánchez casi se encoge de hombros y masculla ligeramente: «No sabía que los consejos de ministros tenían un horario para empezar». Oh, sí, presidente. Lo tienen. Figura en tu propia agenda, máquina. Esta insistencia en tratar a los ciudadanos como imbéciles incurables que solo le merecen un lapo le cuesta muy caro a Sánchez, pero ninguno de sus cientos de asesores, los que le preparan estas respuestas cargadas de endiosamiento, se molesta en contárselo. Ocurre también cuando le preguntan de nuevo sobre los infinitamente pospuestos presupuestos generales. Eso no toca ahora. Ahora debemos afrontar la guerra sin hacer la guerra.
Las medidas presentadas por el Gobierno se estudian (en sus costes y sus efectos) tres o cuatro días; otra cosa es que Sánchez haya arrastrado los pies. Nada tiene que ver, por tanto, con presentar los presupuestos generales. No hacerlo es un atentado contra una potestad básica del parlamento, es decir, contra la salud democrática del país. Tal vez no pueda convalidar su paquete de medidas en el Congreso de los Diputados porque ha desaparecido la mayoría parlamentaria que votó su investidura. Este maldito y agotador tinglado no da para más. La convocatoria de elecciones generales es cada día más urgente, es una reclamación política y ética que debería suscribir cualquier demócrata. Ya nos encargaremos de soportar, criticar y en su caso manifestarse y votar en contra del nuevo Gobierno si es necesario. Pero primero se van ustedes, apenas ya un vocablo y una figura.
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