Amalia Montealegre, la médico de la localidad toledana de Talavera de la Reina herida grave en el accidente ferroviario de Adamuz, ha abandonado este lunes el hospital de Huelva en el que ha permanecido ingresada, aunque primero estuvo en la UCI del Hospital de Córdoba. Amalia es una de las pocas supervivientes del vagón 2 del Alvia, siniestrado el pasado 18 de enero. Fue la última en ser rescatada y estuvo cuatro horas atrapadas entre los restos del tren. Aún tiene un largo camino de recuperación, pero lo hará en casa. Tendrá que someterse a dos intervenciones más. Ella se mantiene fuerte y asegura que ahora mismo su prioridad es que le faciliten los trámites que quedan por delante, por ejemplo, la tarjeta de movilidad reducida, que asegura que no se la dan hasta dentro de seis meses.
«Yo no necesito explicaciones por parte de nadie, no necesito el perdón de nadie. Lo que necesito es que ahora faciliten todos los trámites que quedan por delante. Necesito ahora una tarjeta de movilidad reducida, que me han dicho que no me dan hasta dentro de seis meses o un año«, ha asegurado en declaraciones a su salida del centro hospitalario. Su urgencia es que se reconozca su falta de movilidad y pide que sea ahora, no dentro de meses. «La tarjeta la necesito ahora, que es cuando no puedo andar y cuando estoy peor en una silla de ruedas, porque no puedo casi estar sentada un rato porque el sacro y las lumbares me duelen mucho», avisa sobre su situación, pidiendo que se puedan agilizar todos los trámites burocráticos.
«No sabían si iba a salir»
Amalia llegó al hospital «muy grave». «No sabían si iba a salir del quirófano», narra esta médico superviviente del accidente de Adamuz en el que fallecieron 46 pasajeros. Su experiencia estos meses ha sido buena. «La experiencia con las enfermeras, los auxiliares de clínica y las celadoras ha sido increíble, me han tratado como si fuera su familia, me han tratado con un cariño y un cuidado que de verdad que se lo agradezco muchísimo porque si no esto habría sido muy difícil de pasar», rememora en declaraciones a la Agencia Atlas. Sus palabras son de agradecimiento hacia todos sus compañeros, médicos y enfermeros, de la plantilla sanitaria.
Esta superviviente de la tragedia ferroviaria del pasado enero se ha llevado mucho tiempo desconectada de la realidad. “He empezado a utilizar ahora el móvil, hace unas semanas, y la tele pues me he tragado todos los documentales y ‘realities’ que había en la tele, pero lo que son noticias no he visto», admite. «Yo no necesito explicaciones por parte de nadie, no necesito el perdón de nadie, yo lo que necesito es que ahora me faciliten todos los trámites que quedan por delante, yo necesito ahora una tarjeta de movilidad reducida que me han dicho que no me dan hasta dentro de seis meses o un año”, insiste. Amalia cuenta que se ha puesto en contacto con el Ayuntamiento de Huelva y no le han facilitado nada. «Por parte del seguro está siendo una lucha absolutamente todos los días», añade. «Lo que menos te apetece estando en una cama en un hospital es tener que estar peleándote con un seguro para que te den la sesión de rehabilitación», lamenta.
«Pude llamar a mi madre y decirle estoy viva»
Su familia no ha dejado de apoyarla, pese a las dificultades de vivir fuera de Andalucía. «Yo al final aquí en Huelva vivo sola, mi madre vive en Talavera y mi madre, mi tía y mi tío pues han tenido que irse turnando». Su madre se tuvo que pedir una baja de empleo y sueldo para poder estar cuidándola en Huelva. «Lógicamente para ellos también ha sido muy duro», cuenta, ya que ella es hija única.
Los primeros momentos fueron de gran incertidumbre. «Los teléfonos de Renfe que pusieron para dar información sobre los accidentados no funcionaron. Mi familia y mis amigas llamaron durante esa noche un montón de veces y no recibieron ningún tipo de noticia de que estuviera viva. Cuando iba en la ambulancia le pedí al médico del 061 si me podía dejar a mi madre para decirle que estaba viva y de esa manera fue como se enteró». Su recuperación todavía será larga. Por delante le quedan un par de operaciones y más de un año de convalecencia mientras se recupera. Ahora mismo no puede andar. Tendrá que llevar el corsé de tres a seis meses y luego «pues más o menos a partir de un año, o sea un año o más». Su suerte, cuenta como médico y sabiendo su diagnóstico, fue poder llegar viva al hospital. «Si me hubiera dormido, pues seguramente no hubiera sobrevivido», admite. A sus 31 años está acostumbrada a su independencia, lleva 11 años viviendo sola, y ahora necesita a su familia para todo. «Me voy a casa y va a ser lo mismo. Mi madre se viene a vivir conmigo. Lo más duro al final es perder tu independencia y tu dignidad íntima», admite, sin perder de vista que lo más importante, claro, es que está viva y puede contarlo.













