Cuando Aldous Huxley publicó en 1946 una nueva edición de su ya famosa novela se jactaba en el prólogo por el cumplimiento de muchas de sus profecías distópicas. Tres años más tarde aparecería Nineteen Eighty Four, a la que daría respuesta en 1958 con su Brave New World Revisited, aparecido ya después del éxito de Orwell. Aquí, Huxley lanza una afirmación irrebatible hoy: “en el futuro inmediato, los métodos punitivos de 1984 cederán el sitio a los estímulos y manipulaciones de Un mundo feliz”.
Incluye por ejemplo todo un capítulo, “El arte de vender”, que parece inspirado proféticamente en Donald Trump. Sin embargo, en cuanto a una cosmovision estratégica hay que quitarse el sombrero ante su competidor, pues cada día se vuelve más cierto el mapa descrito en 1984, con el dominio de tres potencias: Oceanía, el imperio fundamentalmente anglosajón, formado por las islas británicas, toda América, Australia y Nueva Zelanda y el sur de África; Eurasia, suma de la Unión Soviética y la Europa continental; y Asia Oriental con China, Japón y Corea al frente.
Junto a esos cumplimientos, que confirman las ideaciones también de otros como Zamiatin, Bradbury, Nabokov o Skinner, no decae la inspiración de nuevas distopías contemporáneas. La realidad, mutable y sorprendente, al tiempo que confirma muchos presagios, va mucho más allá en la vorágine distópica. Lo que da mucho juego para la aparición de nuevas propuestas narrativas que, con originalidad y sello propios, incrementan el repertorio y acreditan la vigencia del género iniciado por Zamiatin con Nosotros en 1921.
En otra de mis “fes de errores” recordaba una obra rescatada por la irrupción de Trump, Esto no puede pasar aquí, que Sinclair Lewis publicó en 1935. En ella Franklin Delano Roosevelt pierde las elecciones ante el candidato Bergellius “Buzz” Windrip, un populista de extrema derecha que propaga su propuesta premonitoria del “America First”.
Ahora Lionel Shriver sitúa el escenario norteamericano de su novela Manía, publicada en 2024 y enseguida traducida al español (Anagrama, 2025), entre dos fechas, el decenio de 2010 y 2027, para representar sendos panoramas distópicos pero identificables con la sociedad norteamericana. En el primer tramo se produce la renuncia de Barak Obama a presentarse, y su sustitución por Joseph Biden. Y en el segundo, se abre de nuevo la caja de Pandora porque tampoco su sucesor es postulado como candidato dejando abierta la puerta a alguien como el Bergellius de Lewis, un “candidato infalible”: “Es grosero. Es insensible. Es un patán. Es el colmo del mal gusto. Está gordo. Mejor aún, tiene por defecto en la cara esa expresión de bruto, y no lee. Además, es un gran punto a su favor que carezca de experiencia en política exterior. Y también que no haya sido nunca elegido para ningún cargo político”.
Pero lo más interesante de Manía es la descripción no de una sino de dos distopías antagónicas, conformadoras de dos concepciones transversales de la sociedad, llevadas como es propio del género a sus últimas consecuencias, pero no por ello ajenas a lo que está ocurriendo en este siglo. La primera de ellas se inspira en la subcultura woke cuyo ascenso y predominio se atribuye al Partido Demócrata. Su fundamento es el principio de la paridad mental: la corrección política impone el mantra de lo que el tango nos advertía: “Todo es igual, nada es mejor, / lo mismo un burro que un gran profesor”. En consecuencia, la pedagogía es considerada una “herejía jerárquica”, y cualquier expresión verbal que implique valoración distintiva convierte a quien la pronuncia en “persona de odio”, denunciable ante las autoridades como le sucede a la protagonista con su propia hija Lucy, “la pequeña informante neo-Stasi de nuestra familia”.
La novela presta, así, especial atención al mundo educativo, que en los primeros niveles parece obedecer a los postulados teóricos de la “escuela comprensiva”, y en las universidades contempla la existencia policial de “Oficinas de Igualdad cognitiva” junto a clases de “aceptación intelectual” y “sensibilidad semántica”; esto, la pura “higiene verbal” de la corrección política nacida en los campus norteamericanos en el siglo anterior, centrada ahora en la represión de cualquier reconocimiento de la autoexigencia y el esfuerzo intelectual. De hecho, Obama, “ese piquito de oro”, cava su propia fosa por dar la impresión “de creerse más inteligente que el ciudadano medio”. Y como resultado de tal perversión de los valores, se produce el caos de una sociedad en donde los médicos no saben medicina, los mecánicos ignorar su oficio y el empobrecimiento brutal del lenguaje remeda el newspeak orwelliano.
Pero Manía, el título de las memorias de Person Converse que contribuyeron a la caída de la Paridad Mental, dará paso a una nueva distopía que ella misma denunciará también en 2027 con un artículo de The Atlantic. El efecto del péndulo ha conducido a la imposición de la denominada “Clausula de aptitud”, consagrada en una nueva enmienda a la Constitución de los Estado Unidos, la vigésimo octava. La última a la fecha se había aprobado en 1789 para variar la remuneración de los miembros del Congreso.
Ahora se trata de que los votantes registrados y todos los candidatos a cargos públicos deberán acreditar un cociente intelectual mínimo de 115, lo que deja a más de un ochenta por ciento de los posibles electores alejados de las urnas. Y se propugna que todos los estadounidenses lleven su CI tatuado en la cara interior del antebrazo. La paridad mental sucumbe, pues, ante esta cláusula de aptitud índice de un supremacismo intelectual que no se puede considerar ajeno a las elucubraciones de un Elon Musk ni a las derivas parafascistas de la posdemocracia trumpiana.















