Jorge Dezcallar es embajador de España
Las guerras de Ucrania e Irán son la prueba más evidente de que el orden geopolítico multilateral nacido en 1945, que nos ha dado ochenta años de paz y prosperidad, está dando sus últimas boqueadas como ya intuyera Kissinger antes de morir en 2023. China y Rusia llevan años tratando de destruirlo porque dicen que favorece la hegemonía de EEUU con un reparto de poder y unas reglas que ya no se corresponden con el mundo actual, menos homogéneo que el de 1945 cuando las Naciones Unidas sólo tenían 53 miembros, mientras hoy tienen 193 países de las más variadas procedencias culturales. La reunión de Tianjin de la Organización de Cooperación de Shanghai el pasado septiembre no ha dejado dudas sobre esta voluntad de cambio, que Donald Trump impulsa cuando piensa que también a Estados Unidos le perjudica el orden internacional que ayudó a crear y a mantener.
Lech Walesa dijo que con un acuario se puede hacer una sopa de pescado pero no al revés, y eso es lo que ocurre cuando se trata de acabar con un mundo sin saber muy bien con qué reparto de poder y con qué reglas reemplazarlo. Una decena de características definen a mi juicio el mundo que se nos viene encima:
1. Regreso de los nacionalismos y de los hombres fuertes: Xi, Putin y Trump son buenos ejemplos. Con ellos vuelve también el unilateralismo en la toma de decisiones.
2. La seguridad nacional lo justifica todo. Cuando Trump quiere apoderase de Groenlandia por razones de seguridad utiliza el mismo argumento que Putin en Ucrania o que Xi en el Mar del Sur de China.
3. El regreso de la violencia y de la misma guerra, proscrita por las Naciones Unidas cuya carta reserva al Consejo de Seguridad el monopolio del uso de la fuerza con la sola excepción de la legítima defensa. Venezuela es un ejemplo reciente. Como también Ucrania, Gaza e Irán.
4. Hay una militarización del pensamiento político, los países se rearman, regresa el servicio militar a muchos países, EEUU vuelve al Department of War, y se ha derrumbado toda la arquitectura de seguridad nuclear.
5. Vuelven las esferas de influencia entronizadas por la Doctrina Monroe de 1823, la Conferencia de Berlín de 1884 (reparto de África), y la Conferencia de Yalta de 1945. Regresamos al pasado, EEUU, China y Rusia parecen estar de acuerdo en repartirse el mundo como en 1984 de Orwell.
6. La utilización de la energía como arma, como muestra hoy el Estrecho de Ormuz y los ataques de unos y otros sobre infraestructuras energéticas del golfo Pérsico.
7. Una concepción transaccional de la política exterior como un juego de suma cero con menosprecio de las organizaciones internacionales y de las alianzas militares: el Consejo de Seguridad está bloqueado, Washington ha abandonado 66 organizaciones internacionales, y alumbra una Junta para La Paz que es otro torpedo contra la ONU.
8. Decae el Derecho Internacional: los poderosos no lo respetan (Trump dice regirse por su conciencia) y sancionan a los jueces que quieren imponerlo desde la Corte Internacional de Justicia y el Tribunal Penal Internacional.
9. La globalización retrocede porque las disputas comerciales, tecnológicas o por tierras raras distorsionan el comercio y afectan a las cadenas de valor. Hoy la seguridad en el suministro se impone al beneficio.
10. Las potencias hegemónicas no cooperan para la resolución de problemas globales como el cambio climático, la necesaria regulación de la Inteligencia Artificial, la proliferación nuclear, pandemias, migraciones, pobreza, terrorismo internacional, etc.
11. La población mundial ha crecido seis mil millones durante el siglo XX, pero hoy dos de cada tres personas viven en países con tasas de fertilidad inferiores a las de reemplazo y hacia 2060/2080 la población mundial comenzará a decrecer con fuerte impacto sobre la economía y defensa de muchos países.
12. Sobre el horizonte asoma el riesgo de confrontación entre Estados Unidos y China en lo que Graham Allison ha llamado la Trampa de Tucídides.
No es una perspectiva halagüeña, en especial para una Europa con su motor franco-alemán gripado, afectada por la crisis energética que llega del Golfo, que sabe lo que tiene que hacer (informes Draghi y Letta) pero que hasta ahora no se ha puesto a hacerlo, y sobre la que pesa el ascenso de populismos partidarios de la renacionalización de políticas y contrarios a la necesaria integración. Cuando un mundo muere y el otro todavía no acaba de nacer estamos en «la época de los monstruos» como diría Gramsci. El desastre de Irán solo nos lo recuerda.
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