Canarias, históricamente, ha sido una tierra de migrantes. Pablo Rodríguez, Antonio Rivero, Paolo Tuozzo y Lara Cabrera son cuatro de los jóvenes que han visto la necesidad de partir, en sus casos, a Canadá, Australia, Países Bajos y Madrid —respectivamente— para perseguir la vida que desean.
Pablo Rodríguez es un joven de 30 años de Granadilla de Abona, en el sur de Tenerife. Profesor de vocación, diversos problemas personales le hicieron dejar la facultad en el último año de Magisterio y cambiar la hoja de asistencia por la ficha de trabajo.
Enamorado perdidamente de la tierra que le vio nacer, compartió ese amor con la mujer de su vida: Arantxa Romeo, con la que comenzó a crear un destino común. Sin embargo, las condiciones laborales de la Isla comenzaron a asfixiar a la pareja: «En torno a 2023, encadenamos meses muy malos. Literalmente cobrábamos y estábamos en números rojos. Verme con 28 años pidiéndole a mis padres dinero para poder hacer la compra hizo un clic en mi cabeza».
La imagen que más recuerdo es la de ver toda mi vida metida en tres maletas
Arantxa, venezolana, ya había experimentado lo que es emigrar. Pablo, sin embargo, estaba muy apegado al olor del salitre y el calor de los suyos. Un conocido, atravesando una situación similar, sacó un nombre a la palestra: Canadá. «Este chico fue a Montreal, ciudad que descartamos al no saber francés, pero descubrí Calgary y, en menos de seis meses, empaquetamos toda nuestra vida y nos tiramos a la piscina», comenta. «La imagen que más recuerdo es la de ver toda mi vida metida en tres maletas».
En Canadá, Pablo encontró respuesta a su vocación: actualmente ejerce como maestro en una escuela. «En materia de sueldo, aquí vives muy bien, un profesor en España vive más ajustado. Era algo que veía muy lejano, pero gracias a irme, he encontrado la estabilidad en el trabajo que me apasiona».
Linfoma no Hodking
Pero la vida aún guardaba un revés bajo la manga. Al año de llegar, en medio del proceso de adaptación, fue diagnosticado con un linfoma no Hodking. «Fue un momento muy duro, porque estábamos solos. Pero yo tenía muy claro todo lo que había sacrificado y no iba a tirar la toalla por una enfermedad».
La peor parte la vivió su familia, «que sentía la impotencia de no poder estar» a su lado. Su lucha fue complicada, pero, por suerte, se saldó con una victoria que ha permitido a la pareja asentarse: «Amo a mi tierra como nadie, pero aquí tengo una calidad de vida que no hubiera ni soñado. Cuando volví de visita hace un par de meses, sentía que yo había avanzado mucho y la Isla seguía en el mismo punto». «Si las condiciones en el Archipiélago hubieran sido más estables, con sueldos decentes y una vivienda digna, no se me habría pasado por la cabeza irme», sentencia Pablo.
Antonio Rivero es un historiador de 28 años natural de Playa de Santiago, un pequeño pueblo pesquero de La Gomera. Tras completar el máster de profesorado que le posibilitó el acceso a su sueño de ser docente, decidió «regalarse una aventura» e ir a aprender inglés a Australia. «Elegí Gold Coast porque es una ciudad multicultural. Quería conocer la visión del mundo que tienen otros países y ver de qué soy capaz».
Tuve que coger el toro por los cuernos y empezar desde lo más bajo
Adaptarse fue una cima que le costó trabajo conquistar: «Llegué con un nivel de inglés muy pobre y sólo había salido de España en el típico viaje de fin de curso del colegio. Tampoco había trabajado en nada que no fuera relacionado con mis estudios, por lo que tuve que reinventarme», cuenta.
«Yo no fui con ninguna ayuda económica por parte de mis familiares. Tuve que coger el toro por los cuernos y empezar desde lo más bajo, como friegaplatos o limpiador, trabajos donde no se requería el idioma», recuerda. El ritmo de vida australiano es más frenético que el canario —los alquileres se pagan semanalmente—, pero gracias a su esfuerzo, fue capaz de subsistir y pagar la academia de idiomas empalmando un trabajo de ayudante de cocina con otro de repartidor de comida. «Siento que en España se castiga fiscalmente a aquel que necesita tener dos trabajos. Aquí eres dueño de tu tiempo y, si quieres trabajar 60 horas semanales, puedes hacerlo y ganar mucho más dinero».
Autosuficiencia
Al completar la academia, finalizó su visado y tuvo que volver a La Gomera. Tras su vuelta, decidió presentarse a las oposiciones y buscar trabajo como profesor de instituto, sin suerte: «Yo no quería volver, ya había vivido la aventura, pero al carecer de experiencia, no pude dedicarme a la docencia».
Por ello, optó por empezar a trabajar como ayudante de camarero en un hotel en lo que surgía la oportunidad, pero no estaba cómodo con las condiciones. «Me vi con el salario mínimo y viviendo con mis padres cuando, en Australia, trabajaba la mitad de horas y era autosuficiente. Por eso volví, para ser independiente».
En esta nueva etapa, el punto de mira de Antonio está puesto en las minas de carbón. «Es cierto que trabajas muchas horas, pero puedes llegar a ganar hasta 1.800 euros semanales y la empresa te paga el alojamiento y la comida». Todo esto sin perder de vista su objetivo de ser profesor: «Aquí hay una gran demanda. Una vez terminé de dominar el idioma, ejercer la docencia en Australia es una posibilidad muy viable», concluye Rivero.
En mi caso, era casi una obligación emigrar para poder encontrar mejores opciones de vida
El siguiente caso es el de Paolo Tuozzo, un teldense de 26 años de descendencia italiana. Al finalizar sus estudios en Gestión de Recursos Humanos, una gran parte de su grupo de amigos coincidió en un destino para desarrollarse: Países Bajos. «Existe una gran comunidad de canarios en Países Bajos. En mi caso, era casi una obligación emigrar para poder encontrar mejores opciones de vida».
«En el sector terciario no ocurre, pero, en el resto, encuentras trabajo hasta debajo de las piedras», argumenta. En su primera etapa en territorio neerlandés, encontró su ocupación en una planta de logística.
Además, la adaptación no supuso un problema: «La experiencia en general fue buenísima. Es un país muy acostumbrado al extranjero que, además, tiene una gran comunidad hispana». «Hay un boom de popularidad debido a que es mucho más fácil acceder que a países como Suiza y tiene mejores salarios que Alemania».
Ritmo de vida
Hace seis meses, tras un año en territorio holandés, decidió volver a Gran Canaria temporalmente. A pesar de sus ganas de salir de nuevo, Paolo expone que «es un país donde, si no facturas, sufres. Es un ritmo de vida mucho más rápido, en el que tienes que hacer todo en un rango mucho más corto debido a la diferencia de horas de sol».
Aún así, el teldense no se propone quedarse porque considera que no puede cumplir todas sus ambiciones. En ese sentido, insta «a todo el mundo que tenga el gusanillo a, al menos en un periodo de su vida, salir a trabajar fuera para vivir experiencias».
Los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) reflejan que, durante 2024, 27.770 canarios partieron de las Islas en busca de oportunidades. Lara Cabrera fue una de las que salió en busca de herramientas para crecer.
Cuando me fui de las Islas, había un sentimiento de inferioridad en el sector artístico con respecto a la Península
Natural de El Médano, los vientos que caracterizan la localidad del sur de Tenerife la impulsaron hasta Madrid para perseguir su sueño de ser artista: «Cuando me fui de las Islas, había un sentimiento de inferioridad de los que nos dedicamos al sector artístico con respecto a la Península».
La llegada de Lara fue difícil. El sentimiento de soledad se sumó a la concatenación de trabajos precarios, en un campo en el que el que frena, pierde. «Nunca me he sentido tan sola como aquí. En Madrid soy un número más, en Canarias pertenecía a algo», recuerda. «Se genera un tipo de competencia que yo, con la edad con la que llegué, no comprendía. Somos muchos para un pastel tan pequeño, la gente se mata por trabajos con malas condiciones».
Resilencia
Pero la canaria no bajó los brazos a pesar de las dificultades. Harta de su situación, decidió hacer acopio de su valor y lanzarse a la piscina: creó GuanchArte Producciones, su propia compañía de eventos, espectáculos y creaciones dramatúrgicas. A pesar de su éxito, la necesidad de volver a las Islas no desapareció: «Siento que dejé de viajar yéndome a vivir a Madrid, porque cualquier día libre lo utilizo para volver. Tengo miedo de perder lo que soy, tengo miedo de que se olviden de mí».
«Todo lo que hago, digo y pienso va enfocado a volver. Trabajo más de lo que a veces puedo asumir para volver con un colchón», explica. Lara siente que debe allanar el camino para que ningún canario en su situación tenga que verse obligado a irse. Debido a esto, se encuentra creando proyectos con su compañía para ejecutarlos en Canarias: «Quiero volver para aportar todo lo que he aprendido a la cultura de las Islas. Yo sólo quiero trabajar de lo mío, ser feliz haciendo lo que hago y aportar a mi comunidad lo que tengo», sentencia la medanera. En su caso, con la vista puesta en regresar.
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