Carcasas, bengalas y «pals», activadas con un interruptor por Carmen Prades, coreografiaron, a base de fuego y color, los instantes previos a la «cremà» de la falla municipal de 2026. Esa que se ha ganado el carácter de icónica por el golpe de imagen que supuso ‘Hope’, con su Chaplin soldado de pacotilla haciendo un llamamiento a la paz. Como tantas veces, pólvora y fuego en València adquirieron otra dimensión y conforme pasaban los primeros minutos del espectáculos, los puntos de luz y fuego se iban extendiendo sobre la figura principal de la falla, cuya cabeza permanecía estratégicamente iluminada.
Lo que en Convento fue un visto y no visto, aquí se fue prolongando por minutos, todo previsto, hasta que, finalmente, a los cinco minutos de previo, la bola de fuego se hizo presente alrededor de la parte superior del remate. Como en cuesta abajo, aquello ya no tenía remedio y el monumento fue desapareciendo a ojos vista.
Hubo un tiempo en el que las fallas icónicas se veían desaparecer a la vista de todos. Como aquella Estatua de la Libertad de Vicente Luna que más de medio siglo atrás, fue desprendiéndose de su corteza de madera hasta que ya no pudo más y se vino abajo. Aquí, con los nuevos materiales, incluso los más ecológicos, todo eso hay que intuirlo por la fogata y la humareda. Para cuando éste fue despejando, del Chaplin más famoso de la era moderna en nada había quedado y solo pervivía el armazón de madera. Entre una lluvia de pavesas, que eran tan previsibles que en el balcón municipal se había retirado la tela que embellecía el nuevo balcón de seguridad que hay en el balcón municipal.
En apenas 25 minutos se pasó de la primera carcasa a empezar a dejar en nada el monumento, con el himno ya cantado.
Una noche larga
No fue la última falla quemada en la ciudad de València la noche del 19 de marzo de 2026. Quedaba por delante una larga noche en los cuatro puntos cardinales de la ciudad. Aunque mirando el reloj resultaba asombroso pensar que la municipal y cientos más, siendo las once y media de la noche, ya eran historia. Es de las mejores cosas que dejó la pandemia: el adelanto del horario de la «cremà», que visto ahora con perspectiva, vuelve a cuestionar por qué las Fallas estuvieron tanto tiempo en Babia: ¿por qué quemar las fallas infantiles a las diez de la noche y a la una la municipal grande, cuando todo podía hacerse dos horas antes? Y así es ahora, evitando un día, el de San José, en el que la ciudadanía, fallera o no, está ya agotada, cuando no harta, de una fiesta de intensidad imposible o insoportable.
Cenizas, agua y cansancio
La plaza, que durante tantas noches acogió a Carmen Prades y la corte en momentos más reconfortantes, los espectáculos pirotécnicos de fin de semana con las que celebraban la felicidad de una fiesta que se prolonga durante semanas, ahora se convirtió en una noche, si, espectacular, pero pringosa, por la mezcla de cenizas, o lo que sea, agua y cansancio.
La comitiva bajó al suelo de la plaza cuando el fuego se había apaciguado. Acompañadas por la alcaldesa y el president de la Generalitat -este año ya no hubo circo como el año pasado, cuando Carlos Mazón apareció de repente y se armó la marimorena, con espectáculo televisivo nacional incluido- el armazón de madera acabó rindiéndose. Para anunciar la fiesta que cierra una página e inicia otra. Como tantas otras veces. Mientras, Chaplin se fundía a negro con su particular «The End». Con la esperanza «Hope» de que vuelvan algún día.








