¿Pero qué hace este hombre? Con la cara desencajada y realmente sorprendido, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte (La Haya, 1967), debió de soltar una frase como esta, o alguna parecida, cuando vio por televisión una de las imágenes de la semana: el primer ministro irlandés, Micheál Martin, llevándole la contraria a Donald Trump en el mismísimo Despacho Oval de la Casa Blanca. «Quiero decir que Europa es aún un lugar muy bueno y nuestra visión es que tenemos reglas robustas y justas sobre migración», le soltó Martin a Trump cuando el presidente norteamericano acababa de lanzar su perorata habitual sobre el mal camino por el que, a su parecer, transitamos en el Viejo Continente. Ahí, Micheál Martin le llevó la contraria. Y eso Rutte no lo puede comprender. No es que no esté de acuerdo. Simplemente, no le entra en la cabeza.
«Totalmente de acuerdo, Mister Trump. En Europa deberíamos seguir mucho mejor su ejemplo«. Esto, en cambio, debió de pensar Mark Rutte que habría respondido si él hubiera estado ante Trump en el lugar de ese primer ministro irlandés que nadie sabe quién diablos es. Y no es solo una suposición. A los mensajes de móvil me remito. «Señor presidente, querido Donald. Felicitaciones y gracias por tu acción decisiva en Irán. Fue algo verdaderamente extraordinario». Este mensaje de móvil, hecho público por el propio Trump, fue la primera gran prueba, ante el mundo, del carácter servil de Rutte. Pero no la última, ni la más sonrojante.
«Papá a veces tiene que usar un lenguaje duro«. Esta es la frase que perseguirá siempre a Mark Rutte. La pronunció, y se hizo viral, en una rueda de prensa de ambos dirigentes posterior a una reunión de la OTAN en junio de 2025. Delante de los periodistas, Trump se jactaba de su intervención en el conflicto entre Israel e Irán, diciendo que había tenido que intervenir «en una pelea dura entre dos niños en un patio de colegio». Y, sin pensárselo dos veces, Rutte soltó lo de daddy y, como el alcalde que interpretaba Pepe Isbert en ¡Bienvenido, Mister Marshall!, el secretario general de la OTAN invitó a todos los europeos a reírle las gracias al gran papá americano y esperó que solucionara todos los problemas. Berlanga nos haría reír mucho con una película sobre un político protestante holandés que lleva a su pueblo (la OTAN) a agasajar al gran líder que va a conducir el mundo por el camino correcto.
Lo de político protestante no es una licencia de las viejas películas cómicas españolas. Mark Rutte es el menor de ocho hermanos, criados con suma austeridad en el seno de una familia devota de la Iglesia reformada neerlandesa. Como buen calvinista, parece convencido de que no puede apartarse de la recta conducta moral que le inculcaron en casa, donde los jerséis y los zapatos iban heredándose de unos a otros y la disciplina era parte esencial de la educación. Buen estudiante, soñó con labrarse una carrera como pianista y, vinculado al partido liberal desde sus años en la Universidad de Leiden, acabó como jefe de personal en una multinacional antes de dar el salto a la política.
Años atrás, en su condición de primer ministro holandés, era conocida su férrea oposición a los rescates económicos y al trasvase de fondos de la Unión Europea a los «malgastadores» países del sur de Europa. O sea, nosotros… Y hoy sigue convencido de que daddy Trump es la solución. Este mismo año, cuando todo el mundo ha visto que la «pelea entre niños de colegio» es una guerra con muchos muertos, con el ejército norteamericano lanzando misiles a diestro y siniestro, Rutte continúa en sus trece.
«Y si alguien aquí piensa, una vez más, que la Unión Europea o Europa en su conjunto pueden defenderse sin Estados Unidos, que siga soñando. No puede. No podemos». Este es Mark Rutte hablando, o mejor dicho, predicando, ante la Comisión de Seguridad y Defensa del Parlamento Europeo el pasado 26 de enero. Para él, como para el alcalde franquista que interpretaba Pepe Isbert, no hay otra opción que esperar a que nos salve el papá americano. Para uno, porque el Plan Marshall traería el dinero que no había en la España en blanco y negro del franquismo; para el otro, porque de una Europa llena de mediterráneos pacifistas y, sobre todo, poco trabajadores y malgastadores no puede salir nada bueno en el campo militar. El problema para Rutte es que, con tanto elogio desmesurado, puede que el papá americano acabe pasando de largo de tu pueblo. Pero tampoco podíamos esperar que un protestante holandés hubiera visto las películas de Berlanga.











