Conviene entender a Lamine Yamal para descifrar a este Barça que ha convertido Europa en una psicotrópica pista de baile donde todo puede pasar. Lamine es un genio adolescente. Como tal se comporta –y debe comportarse– para mantener su esencia. Es el artista que hace caer de culo a su marcador con un control en un lugar irrelevante para engendrar el 1-0. Es el transgresor al que se le ocurre sacar una pelota de tacón junta a su área y provocar el gol rival. Y es también el chico valiente que se pide tirar el penalti de la redención (el del 3-2) para poder después sentarse sobre la valla, solo y con la pachorra de quien se sienta sobre el respaldo del banco del parque con el piti, para que el Camp Nou no tenga otro lugar donde mirar.
Lamine, con sus cosas, hizo y deshizo nudos en este Barça que pasa por ser el equipo más desvergonzado del continente. Un equipo que combate sus propias taras –las estepas a la espalda o la ausencia de laterales que defiendan– con pasión y talento, ansia competitiva y grandeza. El Newcastle, que debió pensar durante 45 minutos que podía tener alguna opción de alcanzar los cuartos de la Champions, acabó recibiendo una paliza de las que duelen por siempre.
No le había hecho falta a los hombretones entrenados por Eddie Howe imaginar condiciones climáticas similares a las de su St. James’s Park para amanecer a tono. Un viento gélido y desagradable barría un Camp Nou cuyos espectadores, con las bufandas azulgranas comprimidas en la tráquea, no vivían una eliminatoria de Champions desde aquel 3-0 de fogueo frente al Liverpool de las semifinales de 2019, antesala del hundimiento en Anfield.
Eran aquellos otros tiempos, con un Barça que estaba preparando su descenso a los infiernos en la barcaza de un Caronte con las gafas de niño bueno de Bartomeu. Este club de ahora, donde Joan Laporta ha validado masivamente en las urnas su autocracia, transmite una irreverencia adictiva que se retroalimenta del colmillo juvenil de los futbolistas, un equipo que prefiere el chupetón al beso.
Hansi Flick es mucho más que «un empleado de 61 años», sino el necesario mentor que sabe arrancar a sus jugadores cualquier complejo cada vez que pasan por el camerino (del peligroso 3-2 del primer tiempo al histórico 7-2 del final). Es quien ha dado el mando a Bernal, un Busquets que gobierna marcando, y es quien rearma a Raphinha, que fue quien inauguró el partido tras la primera treta de Lamine, quien forzó el penalti que todo lo cambió –agarrón de Trippier cazado por el VAR– y quien, en el segundo acto, todo lo sentenció –gol y asistencia a un Fermín que hizo lo de siempre, dejarse el alma–.
Pero entre los múltiples méritos que brotaron después de la escabechina en la banda derecha en el primer acto perpetrada por Hall y Barnes y los dos goles de Elenga, conviene detenerse en la insistencia de Flick con Lewandowski. El polaco venía de rematar a cámara lenta, y contra las piernas de un rival, cuando peor estaba el Barça. Pudo haber tenido Flick la tentación de quitárselo de encima, pero perseveró con él. Y Lewandowski, que aprovecha cualquier momento para quitarse la máscara y respirar, le agradeció el gesto con dos goles.
La hinchada, muerta de frío pero feliz y orgullosa, no pudo irse sin embargo en paz al ver cómo Szczesny volvía a campar por la hierba tras la lesión de Joan Garcia. Este Barça no está hecho para estar en paz.
Suscríbete para seguir leyendo













