Tal vez no haya existido un primer ministro laborista más insignificante que Keir Rodney Starmer. No es una metáfora, sino una definición; Starmer no significa absolutamente nada, política ni ideológicamente, para la mayoría de los británicos, incluidos, por cierto, sus electores, Cuando en julio de 2024 los laboristas por fin superaron la inacabable agonía de los conservadores, lo hicieron con un resultado contundente: 411 escaños de los 650 que integran la Cámara de los Comunes. Pero no conviene olvidar el sistema electoral inglés, por el que la elección se efectúa por un sistema de colegios electorales uninominales. Es obligado observar el voto popular y cuando se hace se evidencia que hace año y medio no se produjo ningún vuelco que hundiera a los conservadores, ninguna ola que llevara a los laboristas al poder.
De hecho, Starmer y sus compañeros obtuvieron 600.000 sufragios menos que Jeremy Corbyn en 2019. En términos globales, Starmer solo disfrutó del apoyo del 20% de los británicos en las urnas. Esa es una de las razones de su escasa popularidad, salvo ese fogonazo inicial de fama o famoseo que reciben los ganadores.
Keir Rodney Starmer, nacido en Londres es 1963, tiene aspecto de producto lácteo con cierto exceso de grasas poliinsaturadas. Sus orígenes sociales son de mesocráticos: el padre tenía una tienda de herramientas y la madre era enfermera. Cuando adolescente fue de izquierdas y militó en las Juventudes Socialistas del Laborismo, pero sin dejar de empollar brillantemente Derecho, licenciándose por la Universidad de Leeds a los 22 años.
Más tarde se especializó en Derecho Civil en Oxford. Starmer combinó una breve primera etapa profesional de ejercicio privado del Derecho – ni entusiasta ni triunfal– con cada vez más intensa ocupación a lo institucional, y así fue asesor jurídico de la Policía en Irlanda del Norte y hasta consejero de la Reina en el equivalente inglés de la Fiscalía General del Estado. Por supuesto, fue uno de los muchísimos laboristas jóvenes deslumbrado por el Nuevo Laborismo y por esa reluciente paparruchada que se llamó Tercera Vía, que no era, por cierto, un camino entre el capitalismo y el socialismo, sino un estrecho sendero entre la socialdemocracia aguachirlesca y el thatcherismo.
Al final todo parecía confuso: no era posible apreciar si Tony Blair era thatcherista de izquierdas o laborista de derechas. Cuando se fue al traste el partido, desconcertado y temeroso, se dirigió de nuevo a posiciones más reconocidamente izquierdistas bajo el liderazgo de Jeremy Corbyn, y a su lado estuvo Starmer, que fulgió como uno de sus principales colaboradores durante varios años en lo que se conoce como gobierno en la sombra.
A su estilo tranquilo y casi ordenancista el actual primer ministro se ha situado en el cada vez más desinflado espacio laborista en la derecha, el centro y la izquierda. Por eso reclama con apasionada hipocresía los legados de Blair y Corbyn simultáneamente. Lo cierto es que su ascenso en el partido fue meticuloso y ordenado, y cuando llegó, lo primero que hizo fue liquidar a Corbyn y a todo lo que oliese a corbynismo y luego reformar los estatutos del Partido Laborista para fortalecer su concienzudo control del mismo.
El Gobierno de los poslaboristas –algunos críticos así lo llaman– no ha logrado grandes éxitos para sacar al Reino Unido del estancamiento que padece desde la crisis de 2008-2014: desigualdades sociales y territoriales crecientes, productividad muy baja, salarios que no han recuperado la capacidad de consumo de 2007, caída en el gasto en educación pública, reducción de miles de camas en los hospitales públicos, mediocre inversión en I+D+ i comparada con alemanes y franceses. El Brexit ha resultado un fracaso, pero el primer ministro, partidario de un referéndum para regresar a la Unión Europa, tiene en contra a la mitad de los ciudadanos británicos. Cambios, muy pocos: ni económicos, ni redistributivos, ni siquiera fiscales. Starmer es un fervoroso defensor de la alianza militar y geopolítica con Estados Unidos y por eso se ha metido en el bombardeo de Irán, siguiendo a Washington y a Tel Aviv. Después, es cierto, ha tenido un pequeño ataque de pánico. Esos que llegan cuando te parece que te juegas todo tu futuro repartiendo cartas con dos chiflados.












