Parece una broma, un guiño o una casualidad, pero tras las polémicas palabras de Timothée Chalamet despreciendo por viejunos al ballet y la ópera, llega Rosalía y le da tremendo zasca elevando el ballet clásico a un momento sacro y místico en la apertura de su primer concierto de la gira ‘Lux Tour’, celebrado anoche en Lyon (Francia). Convertida en delicada bailarina. Así se ha presentado sobre el escenario la diva catalana. No ha sido un gesto casual, sino el inicio de una evolución visual muy definida, que ha recorrido todo el espectáculo: del ballet y lo sacro a lo cortesano y lo rave.
Un momento de la actuación de ‘Berghain’ y el cuadro de Goya ‘El aquelarre’. / INSTAGRAM
Un espectáculo lleno de referencias culturales, desde el momento en que Rosalía, enmarcada como en un lienzo, canta ante los fans, móviles y linternas en mano, como las hordas de turistas en el Louvre fotografiando ‘La Gioconda’; o cuando, tras el final techno de ‘Berghain’, se apiña con sus bailarines con una cornamenta negra alada, recreando la imagen del famoso cuadro de Goya ‘El aquelarre’.
Rosalía ha evolucionado su estética: ha dejado el casco y el látex de motera, y se ha envuelto en velos, tutús y alas con plumas.

Rosalía, al inicio de su concierto en Lyon, con un tutú XL. / Getty Images/Gareth Cattermole / EFE
Imagen de pureza
La primera imagen del concierto lo ha condensado todo. Con un tutú rosa empolvado, rígido y de corte clásico, y zapatillas de ballet, Rosalía ha fijado un punto de partida basado en la disciplina y la pureza. La silueta, limpia y sin artificio, ha proyectado una fragilidad controlada, casi conceptual. El ballet no ha sido una cita estética, sino una idea de origen.
A partir de ahí, el vestuario ha virado hacia una dimensión mística y espiritual. Las líneas se han vuelto más sobrias, más verticales, con una presencia contenida que ha sugerido recogimiento. Rosalía ha construido una imagen cercana a lo sacro, conectando con esa iconografía de santidad que atraviesa la era ‘Lux’. En este registro se reconoce el eco de la alta costura conceptual que ha rodeado su imaginario reciente, de Schiaparelli a Dior o Balenciaga.
Drama y teatro
El siguiente giro ha introducido el contraste: una estética cortesana, expansiva y teatral, con referencias a una María Antonieta contemporánea y cañera con peluca blanca rococó incluida. La silueta ha ganado volumen, especialmente en caderas, gracias a un miriñaque, y el vestuario se ha vuelto más ornamental. Rosalía ha exagerado el gesto, ha dramatizado el cuerpo, y ha llevado la feminidad hacia el territorio del personaje. Es un lenguaje que dialoga con el exceso controlado de Vivienne Westwood o el dramatismo histórico de Alexander McQueen, firmas a las que la artista recurre últimamente.
El recorrido ha desembocado en una energía más nocturna y actual, donde el vestuario ha permitido mayor libertad de movimiento: ‘boxers’ de satén combinados con sujetadores cónicos, en rosa, que recordaban a aquellos que Jean Paul Gaultier le hizo a Madonna. Sin romper la coherencia, ha aparecido un pulso más cercano a lo rave, más físico, menos simbólico, que ha cerrado el arco estético iniciado en el ballet. Al final, se ha calzado unas alas de ángel, y con ellas ha volado del escenario.
Frente al armario híbrido y urbano de ‘Motomami’ -látex, prendas técnicas, guiños biker-, ‘Lux’ se ha construido como una transición continua de estados. Cada ‘look’ ha empujado al siguiente, articulando una narrativa clara: de lo clásico a lo espiritual, de lo aristocrático a lo nocturno.
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