En una industria cinematográfica azotada por la crisis, ‘Una batalla tras otra’ representa un ideal: es una película a la vez audaz y accesible, que ofrece el tipo de placeres viscerales que asociamos al cine de género pero también reflexiones sobre nuestro tiempo, y que demuestra el beneficio que la impronta personal de un creador puede aportar al engranaje maquinal de Hollywood. Sin embargo, eso mismo o algo muy parecido puede decirse de ‘Los pecadores’. ¿Por qué, entonces, fue la de Paul Thomas Anderson la película triunfadora de la ceremonia de anoche? Aquí van cinco claves para explicarlo:
Dominó la corriente de opinión
Desde su estreno el pasado septiembre, ‘Una batalla tras otra’ fue considerada por la crítica como la competidora a batir en la pugna por el más preciado de los Oscar y, a partir de entonces, la corriente de opinión empezó a ejercer su poder de persuasión. Meses después, ocupó el primer puesto en las listas que los medios especializados más prescriptores elaboraron con sus títulos favoritos del año, y desde entonces ha obtenido sendos premios a la mejor película en la gala de la Critics Choice Association, la de los Globos de Oro, la de la Academia Británica (BAFTA) y la del Sindicato de Productores estadounidenses (PGA). A la hora de emitir sus votos, buena parte de los académicos sin duda vieron en esa trayectoria una garantía de calidad.
Derrocha compromiso político
‘Una batalla tras otra’ es una obra política hasta la médula, y perfectamente profética gracias a su certera anticipación del segundo mandato de Donald Trump. Y probablemente esa militancia contribuyó a su victoria en un presente en el que mucha gente tiene miedo de alzar la voz, y en el que Warner Bros —la compañía que financió la película— está a punto de ser absorbida por su ‘trumpista’ rival Paramount Skydance. Adaptación libre de ‘Vineland’ (1990), la magistral novela de Thomas Pynchon, sustituye lo que en aquellas páginas es el desencanto que el fin de los años 60 trajo consigo por la furia antimigratoria de nuestro tiempo, e imagina una célula nacionalista cristiana que opera dentro del gobierno federal de Estados Unidos con el fin de hacer América grande de nuevo. Entretanto, nos recuerda que la mayoría de los fascistas son payasos de los que resulta fácil reírse, y nos advierte de que ellos se parapetan tras nuestra risa para cometer los actos más atroces. Deja claro que hay motivos para sentir indignación y espanto por el momento presente, pero también defiende que aún existe un futuro por el que luchar. Y, para hacer todo eso, en lugar de sermonearnos prefiere recurrir a dosis de dinamismo, energía maníaca, humor y sentimiento suficientes para erigirse en la película más puramente entretenida y emocionante de todas las de su autor.
El sistema de votación le fue propicio
Entre todas las categorías de los Oscar, la correspondiente a la mejor película es la única que funciona en base a lo que se conoce como votación preferencial, que exige a los votantes a ordenar todas las candidatas por orden de preferencia. Como consecuencia de ese sistema, vigente desde que en 2009 la Academia amplió de cinco a 10 el número de nominaciones en esa categoría con el fin de reflejar los gustos del mayor número posible de votantes, la película ganadora no necesita únicamente gozar del favor de la mayoría de ellos, sino que en realidad necesita gustar a todo el mundo, mucho o no tanto. Y es evidente que sigue existiendo un amplio sector de académicos de la vieja escuela para quienes resulta impensable que una película de vampiros —’Los pecadores’ es muchas cosas, y esa es una de ellas— salga triunfadora de una ceremonia de los Oscar.
Da a la Academia la oportunidad de corregirse
Después de negarle la estatuilla durante años a quien sin duda es el cineasta más aclamado de su generación —responsable de obras maestras como ‘Magnolia’ (1999), ‘Pozos de ambición’ (2007), ‘The Master’ (2012) y ‘El hilo invisible’ (2017)—, los votantes de la Academia de Hollywood no han desaprovechado una ocasión tan clamorosa para enmendar finalmente su error. Recuérdese que la segunda película de Anderson, la odisea ambientada en el mundo del porno ‘Boogie Nights’ (1997), fue la primera de su filmografía en recibir una nominación al Oscar, y desde entonces su nombre ha sido una presencia constante en las candidaturas a la estatuilla: ocho de sus diez largometrajes han sido nominados en alguna categoría y, hasta la gala del domingo, él acumulaba personalmente 14 nominaciones y ninguna victoria. En todo caso, conviene insistir en que lo sucedido este año no es un gesto compensatorio por años de ninguneo como el Oscar a la mejor dirección que Martin Scorsese ganó en 2007 gracias a ‘Infiltrados’, una película buena pero que no le llega ni a la suela de los zapatos a ‘Uno de los nuestros’ (1990) o ‘Taxi Drive’’ (1976). Puede que no sea el trabajo más incisivo de Anderson pero, entre muchas otras cosas, demuestra que sigue siendo un autor hambriento, curioso y dispuesto a empujarse a adentrarse en nuevos territorios.
Es arte virtuoso e intrépido
Aunque las quinielas previas a la ceremonia la consideraban la apuesta conservadora, solo un loco se atrevería a decir que ‘Una batalla tras otra’ va a lo seguro. Historia de un revolucionario derrotado que huye junto a su hija de un supremacista blanco decidido a destruirlos, es una película que despliega una interminable cadena de subtramas de tonos dispares anudadas entre sí por la sensibilidad inconfundible de su autor, basada a la vez en la férrea meticulosidad y el instinto más anárquico. Funciona al mismo tiempo como una epopeya paternofilial, como una sátira política, como una comedia disparatada, como una vibrante película de tiroteos y persecuciones, como un ‘thriller’ paranoico y como muchas cosas más, y resulta casi milagroso que lo haga con tanta finura. Mezcla el disparate con las emociones más intensas, convierte la tensión en absurdo, juega en todo momento al despiste con el espectador y, mientras tanto, sus dos horas y 42 minutos de metraje pasan volando en buena medida gracias a la colección de emocionantes secuencias de acción que incluye y a la capacidad de Anderson para aprovechar al máximo el talento de su magnífico reparto. Casi un milagro, en efecto.
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