Solo unas horas después de que comenzarán los bombardeos sobre Irán hace dos semanas, miles de iraníes se echaron a la calle para celebrar la muerte de su bestia negra. Un ataque israelí había acabado en los primeros compases del asalto con el líder supremo, Alí Jameneí, el hombre que durante casi 40 años pilotó el régimen autoritario de los ayatolás. En muchas ciudades se escucharon vivas y ovaciones, se bailó en la calle y hasta se tiraron abajo efigies del «tirano», según los vídeos que circularon por redes sociales. «Esta es vuestra oportunidad para establecer un Irán nuevo y libre», dijo Binyamín Netanyahu a los iraníes, un mensaje también repetido por Donald Trump. Pero la euforia duró poco. Durante las siguientes noches no fue la oposición, sino los simpatizantes del régimen los que ocuparon las calles a instancias de sus líderes, mientras se reforzaba la seguridad y se amenazaba a la disidencia contra cualquier tentación. La primera ventana de oportunidad para forzar un cambio de régimen mediante una revuelta popular había pasado.
Como la comida rápida o la gratificación instantánea, las operaciones de cambio de régimen en el extranjero son más un vicio estadounidense que israelí. El Estado judío ha preferido históricamente dividir políticamente a sus enemigos y degradar de forma periódica sus capacidades militares para impedir que lleguen a representar una verdadera amenaza. A esa forma de gestionar el conflicto, se le puso nombre en Gaza: «segar el césped». Hasta que los brutales ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 cambiaron la trayectoria de la región. Israel pasó a invocar la «victoria total» como único desenlace posible en la Franja, una victoria que pasaba ineludiblemente por «erradicar» a Hamás.
Más de dos años después ni Hamás ha perdido el control del pequeño reducto de Gaza en el que se ha confinado a los palestinos ni ha sacado la bandera blanca, como pretendían los dirigentes israelíes y estadounidenses. Ni siquiera el despliegue de decenas de miles de soldados en la Franja o la devastación generada por una de las campañas de bombardeos más cruentas de la historia moderna han logrado la capitulación de la milicia palestina. Tal desenlace frente a un enemigo mucho más débil que Irán debería haber bastado para atemperar las ambiciones en el país persa, pero no lo hizo, lo que complica ahora la búsqueda de una rampa de salida para acabar con la guerra.
Conclusiones del espionaje
Sobre el terreno continúan los ataques de ambos países contra las estructuras del aparato represivo iraní con la intención de crear las condiciones para la pretendida insurrección popular. Pero el mensaje que llega de fondo de los dos países es otro: «el régimen no está en peligro» de caer y «retiene el control de la población», según publicó Reuters esta semana citando a fuentes conocedoras del último informe de la inteligencia estadounidense. Un análisis muy similar al que se hace en Israel. «Se tomó la decisión de crear las condiciones para que la gente tomara las calles», ha dicho a ‘The Wall Street Journal’, Amir Avivi, un exalto cargo del Ejército israelí. «Pero todavía no estamos ahí».
Ni Washington ni Tel Aviv han renunciado del todo al que era su objetivo soñado desde el inicio, pero particularmente la Casa Blanca lo ha ido diluyendo en su discurso, a medida que quedaba claro que el régimen iraní no ha perdido el control del país y ha sabido reemplazar con premura a su liderazgo decapitado. «No puedo decir con seguridad que el pueblo iraní tumbará al régimen, pero aunque no caiga será mucho más débil», dijo el jueves Netanyahu rebajando las expectativas. Algo parecido a lo que hizo Trump un día después: «Es un gran obstáculo para un pueblo que no tiene armas. Sucederá pero quizás no inmediatamente».
Infantería de Marines
Ambos líderes repiten cada día que les quedan sorpresas en la recámara. La opción de enviar a los kurdos a abrir un frente en el oeste de Irán no se ha activado hasta la fecha, después de que los propios líderes kurdos expresaran sus reservas sobre el potencial de éxito de la operación. Pero continúan las especulaciones sobre un posible despliegue de fuerzas especiales, y el viernes se conoció que el Pentágono ha despachado a una unidad expedicionaria del cuerpo de Marines a la región junto a un grupo naval de ataque anfibio. La clase de fuerzas que se requerirían en una operación terrestre.
¿La pregunta es para qué? Las voces que llegan desde Washington apuntan a varios posibles escenarios. Uno sería la toma de la isla de Kharg, situada en el golfo Pérsico, donde Irán refina el 90% del petróleo que exporta, esencial para mantener a flote su economía. Otro posible objetivo, pasaría por localizar y apoderarse del uranio enriquecido al 60% que Irán logró conservar tras el ataque del pasado mes de junio contra sus instalaciones nucleares. Una tercera posibilidad consistiría en fomentar el caos en las calles o proteger a la oposición para que intente tomarlas.
Teherán es consciente de que el riesgo no ha pasado. «Círculos de la seguridad iraní advierten que podría acercarse una fase de inestabilidad interna instigada desde fuera o una confrontación civil», escribió a finales de esta semana el analista iraní afincado en Alemania, Hamidreza Azizi. «Como respuesta, las autoridades parecen estar reforzando la seguridad interna, refinando los procedimientos de los basij y las fuerzas de seguridad y movilizando a los simpatizantes del gobierno para mantener el control de los espacios públicos», añadió. Los basij son una milicia paramilitar de voluntarios al servicio de la Guardia Revolucionaria,
Lo que parece claro es que tanto EEUU como Israel han perdido el control de los tiempos de la guerra. Es Irán quien los marca ahora con los costes onerosos que ha impuesto sobre los mercados energéticos y los países árabes del Golfo. Solo hay que ver las reacciones de Trump, que en función de cómo vaya el precio del petróleo o la reacción de las bolsas, da casi por terminada la guerra o anuncia que seguirá hasta la destrucción total de la República Islámica. Falta ver ahora si Trump se dejará enfangar un poco más en el lodo iraní. Una de las respuestas podría venir de esa unidad de Marines que se dirige a la región.
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